Opinión
El eclipse (que no vi)

Escritora y doctora en estudios culturales
El eclipse (1962), de Michelangelo Antonioni, es una de mis películas favoritas. Recuerdo verla durante mis años universitarios en la Carlos III y sufrir un deslumbramiento que me hizo seguir, en retrospectiva, la trayectoria de aquel cineasta que moriría cuando yo aún no había terminado mis carreras. A lo largo de aquella época, la pulsión estética ocurría en los corrillos de una juventud curiosa que compartía CDs pirateados o libros en fotocopias cuando los ejemplares de la biblioteca se agotaban, pues no podíamos permitirnos el gasto que generaba una sed de aprendizaje perpetuo. Mi eclipse, el de la fabulosa Monica Vitti, a quien después me encontraría reverenciada en Rayuela (1963), de Cortázar, como el buscador de fortunas da con una pepita de oro, sería siempre cinematográfico, y quizá por esa razón ha abundado mi indiferencia frente al apagón momentáneo del sol que ha suscitado tanta algarabía. No se trata de desdeñar la unicidad del fenómeno –entiéndanme, me parece curioso–, pero la vida está tan llena de momentos irrepetibles al borde de lo sublime que, precisamente éste, no me causaba ningún fervor; así que me dirigí del corazón a mis asuntos y leí hasta que se aposentó la noche verdadera.
Debo confesar que ciertos parámetros ya conocidos –a menudo, criticados– infundieron una primera desgana; me refiero, claro está, a la deglución del eclipse por parte del turismo. Dónde observarlo y fotografiarlo, esa correría inexplicable por reservar el alojamiento más apropiado y comprar las gafas homologadas, mientras los telediarios la priorizaban por encima de catástrofes humanitarias y necesidades sociales impostergables, me producía cierta desazón. "Sólo es un cielo que se oscurece" –pensaba–, pero, ¿no albergará más interés el que se enturbia con el humo de los incendios o la Dana atronadora? Si hay que levantar la vista, prefiero mil veces el Don’t look up del meteorito, o el alzad la mirada del papa; a mi juicio, desencadenan más conocimiento. Pero, como no todo responde a un afán pedagógico en la vida –admito ciertas dosis de placer– a veces titubeaba y me reprochaba a mí misma esa carencia de fascinación. ¿Será posible, Azahara? "Es que me da igual" –respondía, firme, la otra mitad de mi cerebro, y así dejé marchar la oportunidad única señalada, su fanfarria y desembolso económico como la hoja seca del árbol que cae sobre la acera. De hecho, tal vez la hoja me importe más, y aquí creo que se ancla la raíz de mi apatía, en la constatación de que, para sentir realmente la experiencia, ésta debe haber sido previamente untada por el menjunje empresarial, rentabilizada, aderezada con un bombo que la belleza a secas no necesita.
¿Cuántos instantes transcendentemente preciosos nos regala el mundo? Todos los días, un motivo para el agradecimiento, una bandada de mariposas en el estómago, me atrevería a afirmar. Porque si aquella película de Antonioni contribuyó a un primer despertar en la admiración del arte fílmico, antes llegaron mi síndrome de Stendhal literario –con Martín Gaite, Kafka, o Virginia Woolf–; la prosternación casi reverencial ante el arco apuntado de Notre-Dame o los de herradura de mi Córdoba; mucho después, la habilidad de maravillarme frente a una tomatera: desde la semilla al fruto, el proceso de cuidar al ser vivo que te da de comer se me antoja un milagro. Así que un eclipsillo, comparado con el gozo cotidiano que engendran humildes piedras testigos de civilizaciones o el funcionamiento, a ritmo de luz y agua, de una flor, apenas causa cosquillas, pues, además, tanto el monumento como –sobre todo– la planta no disponen del aparato mediático que los encuadre, directamente, en nuestro campo de visión.
Alguien me dijo que la culpa era mía: "Eso te pasa por ser PAS (Persona Altamente Sensible)". Y la manía por etiquetarnos se me agolpó en la garganta y me provocó tos. Yo opino que, más bien, hemos perdido socialmente la capacidad para el asombro que nos brindan las cosas más sencillas, como el abrir y cerrar de ojos que corrobora nuestro latido o el beso furtivo de un amante, simplemente porque no son rentables. Si cada esquina de la pantalla preferente nos indica que el valor de algo radica en su cuantificación monetaria –dentro de la cual incluyo la economía de los likes–, entonces lo gratuito emocional, lo inefable lento y sorpresivo no sale a cuenta. Pero es que yo hallo en esas nimiedades un deseo que aún no ha sido canalizado hacia el precio concreto, la libertad absoluta; y mi cuerpo vibrátil acompaña la sensación de que vale la pena desvivirse así. Por tanto, me alegra el disfrute colectivo que ha suscitado el eclipse; me entristece, a la vez, ser una de las pocas almas –unpopular opinion– que no necesita el constante estímulo del boato digital para disfrutar de una gema cualquiera oculta en un macetero, o un fotograma. Como antes: qué bonita fue la sorpresa cotidiana, imagina, ¡un verso de Lorca! Ahí sí que se encapota el sol y nacen otros miles.

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