Opinión
El eco de la Semana Santa

Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
Mi particular balance de la Semana Santa, ya en frío, es bastante negativo. De malo, tirando a peor. La aspiración de construir un mundo mejor, aunque sea lentamente, se debilita año tras año entre el sonido fúnebre de trompetas y tambores, el olor a incienso y la imaginería de lágrimas y sangre.
La cosa ya empezó chunga cuando, por un azar del almanaque que dejó al desnudo nuestra verdadera catadura moral, vino a coincidir el final del Ramadán con el principio de la Semana Santa. Y algunos ayuntamientos que no son nada racistas y mucho menos islamófobos, sino acogedores y respetuosos con los ritos y creencias de todos sus vecinos por igual, no permitieron a los musulmanes celebrar su fiesta, que no es precisamente un macrobotellón de música a todo volumen generando toneladas de basura, del fin del Ramadán. El nuevo racismo del siglo XXI se llama islamofobia. El supremacismo es blanco, judío y cristiano, provoca guerras y mata a miles de niños, aunque sea Semana Santa. Una fiesta, la del Ramadán, que consiste simplemente en juntarse en silencio para rezar. Pues nada, se les prohibió el uso del polideportivo municipal, donde venían celebrándola sin problema, teniendo que marcharse a un parking de las afueras. Una explanada de mala muerte junto a la piscina municipal.
Ganas de joder y de demostrar su odio. Demostrarlo y fomentarlo. A ver si a la mínima, como ocurrió en Torre Pacheco este verano, nos matamos a palos. Recordándonos que el cuadro de Goya "Duelo a garrotazos", de hace 200 años, sigue muy vigente en la madre patria. Que no digo yo que deban dejar a los musulmanes apropiarse del espacio público, cortar las plazas y calles de la ciudad, los accesos principales, retirar los coches, terrazas, mobiliario urbano, llenar el pavimento de cera de las velas y un largo etcétera de inconvenientes, molestias y gasto público, TVE incluida, para celebrar las procesiones cristianas. No, tanto no, por favor. ¡Faltaría más! ¡Hasta ahí podíamos llegar con tanta igualdad! Simplemente un polideportivo para rezar con unas mínimas condiciones de dignidad.
Se da la paradoja de que en las zonas de mayor empleo inmigrante, fundamentalmente en la agricultura – Almería, Murcia, Huelva, Cataluña –, con mano de obra barata, silenciosa y disciplinada, esclavizada en muchos casos y sobreviviendo de manera inhumana, es donde mejores resultados obtienen los partidos antiinmigración. La paradoja es: me aprovecho de ti sacando un buen beneficio económico, te necesito para hacer los trabajos mal pagados que ya nadie acepta, me lucro con tu esfuerzo callado bajo el mar de plástico, pero no te quiero. Mejor ni verte. Mejor invisible en tu miseria. Mejor lejos de nuestro polideportivo, de nuestras calles, de nuestros bares y tiendas. ¡Largo de aquí! ¡Fuera!
A los pocos días, una vez que los musulmanes – imagina por un momento que todos los que estamos leyendo este artículo fuéramos ciudadanas/os españoles musulmanes – aceptaron que la igualdad de derechos en este Estado "aconfesional" es una milonga, y se resignaron pacíficamente, con ejemplaridad y mucha generosidad, a no usar polideportivos para la fiesta del Ramadán, explotó otra polémica. La Cofradía de la Purísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo de Sagunto – ¡Ay, la purísima sangre! – rechazó la inclusión de las mujeres como cofrades, impidiendo que puedan procesionar. "La tradición es la tradición y hay que respetarla" dice la Cofradía, creada en el siglo XV, tras ganar la votación por 267 contra 144. Bastaba con cambiar en sus estatutos la palabra "varones" por "personas". Así de sencillo. Pero un imposible para las mentes cuadriculadas, rancias, embutidas en sus capirotes.
Una discriminación por razón de sexo que atenta contra el artículo 14 de la Constitución. Aunque de nuestra Constitución no hay que fiarse mucho en esta materia – ni en otras, mira el derecho a la vivienda, a un trabajo digno bien remunerado –, porque le sale el ramalazo machista al menor descuido. Como sabemos, el artículo 57.1 sobre la sucesión de la Corona, da el trono al primogénito varón. Por eso el rey es Felipe, siendo el más pequeño de los hijos del innombrable, y no sus hermanas Elena y Cristina. Que aunque seamos republicanos y nos dé lo mismo uno que las otras pues no queremos a ninguno, también nos duelen las discriminaciones "sálicas". Un anacronismo que avala la desigualdad machista de España. Es lo que pensarán los cofrades de la Purísima Sangre, tan puros ellos e inmaculados: ¡Si la Constitución privilegia al hombre sobre la mujer, no vamos a ser nosotros menos!
Hay tradiciones buenas que hay que mantener y hay tradiciones malas e injustas que hay que erradicar. De no ser así, continuaríamos en el Paleolítico. Emparedando a mujeres mientras los hombres se van a las cruzadas, colocando cinturones de castidad y lanzando por el campanario cabras. Que me explique alguien qué placer puedes sentir, a no ser que seas un psicópata y un degenerado, viendo estamparse contra el suelo a una pobre cabra. ¡Tradición, dicen!
Así, con estos debates tan "intelectuales", llegamos a las vísperas de la Semana Santa con un partido de futbol internacional. El fútbol, deporte festivo y alegre, aunque de monopolio excesivo y cargante hasta la saciedad, que debería reforzar la amistad entre los pueblos, convirtiéndose en un símbolo de la vergüenza.
Ocurrió el 31 de marzo, en el campo del Español (Cornellá), en el partido entre España y Egipto. Ni más ni menos que contra Egipto, cultura milenaria de tan extraordinario valor y que tanto nos ha enseñado. Cuando unos energúmenos – no unos, sino muchísimos, por miles y organizados – gritan: "Musulmán el que no bote". Mientras los espectadores que lo presencian, en el estadio o por la televisión, personas civilizadas, sienten y sentimos una vergüenza gigantesca.
Los que gritan y exhiben banderas, son en su mayoría jóvenes. Igual que el mejor jugador del campo y probablemente del mundo, Lamine Yamal, que es también musulmán, español como ellos y musulmán, que paga más impuestos que todos esos descerebrados juntos, y que, ante los gritos, mira al suelo abochornado por ese espectáculo de odio racista. Un buen chaval que, en su inocencia, piensa que los cánticos cavernícolas son solo contra los egipcios y no contra él, aunque lo son también. Un odio hacia el diferente – el inmigrante, el negro, el musulmán, el pobre, el homosexual – que va inoculando la extrema derecha (Vox y sus adláteres) en nuestros jóvenes – malcriados, incultos, manipulables y mala gente – con notable éxito, que hace que sintamos vergüenza de ser españoles. La extrema derecha y los medios de comunicación que la blanquean permanentemente también. ¿Recuerdan el mensaje del pseudoperiodista Vito Quiles que cerró la campaña del PP en Aragón, que solo con nombrarle se me revuelven las tripas, ante una foto de Lamine Yamal y Nico Williams ganadores de la Eurocopa? "¿Pero qué selección española es esta? Parece una broma de mal gusto".
Yo esta España no la quiero. Yo no enseñé esto a mis alumnos, ni escribí libros para tan deleznable comportamiento. No la quiero porque además de vergüenza, me produce una inmensa tristeza y mucho miedo.
Mala nota a esta Semana Santa para ricos. Una Semana Santa privatizada y mercantilista: todo por la pasta. Al mejor estilo Judas Iscariote que vende a Cristo, a las Vírgenes y hasta a la madre que le parió. Estoy hablando del precio del alquiler de las sillas y los balcones. 200 euros la silla en Sevilla, Málaga, Córdoba, y 6.000 los balcones. Y de las vallas de celosía para que no puedan ver directamente las procesiones los que no paguen. ¡Como si la calle fuera suya, jajaja!
No soy religioso ni creyente, pero, con todo el respeto, me permito decir que el Jesucristo que procesionan las cofradías y que tanta emoción provoca, fue un adelantado a su tiempo. Con la expulsión de los mercaderes del templo, muy indignado por la mercantilización de la fe, volcando mesas y dando latigazos a diestro y siniestro, ya vaticinó los males del capitalismo. ¡El dinero que gobierna nuestras vidas y el planeta! Si ese mismo Jesucristo, un humilde carpintero palestino, que fue crucificado por defender un mundo justo e igualitario, viera el espectáculo en el que algunos han transformado la Semana Santa, repetiría, absolutamente enfurecido, las mismas palabras que gritó a los mercaderes: "Habéis convertido la casa de oración en una cueva de ladrones". E insisto, todo mi respeto para los que viven su Semana Santa con verdadera devoción. Pero exigiendo la reciprocidad que no se da.
Y la puntilla la puso la visita de la Legión a la planta de Oncohematología del hospital Materno Infantil de Málaga. Un toque de corneta y los legionarios, barbilla en alto, con todos sus correajes y archiperres guerreros, desfilando por un pasillo ante los niños enfermos de cáncer, sus padres y el personal sanitario, mientras todos cantan: "Soy un hombre a quien la suerte, hirió con zarpa de fiera; soy un novio de la muerte que va a unirse en lazo fuerte con tal leal compañera".
Escalofríos me dan, al recordar esas imágenes que me dejan ojiplático. Como si los niños no prefirieran que les llevaran unos payasos de circo, unos cuentacuentos, unos malabaristas o un mago, y no a los novios de la muerte que es su fiel compañera. ¿La muerte? ¿Con su cáncer?
La legión fue creada por Millán-Astray. El manco con parche en el ojo que gritó a Unamuno en la celebración del Día de la Raza (¡Ay, la raza!) en Salamanca: "Viva la muerte. Muera la inteligencia". A lo que el rector contestó: "Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho". Magnífico mensaje para el delirante Trump. Al genocida Netanyahu vencer no le basta, solo exterminar.
La Legión de Millán-Astray, íntimo de Franco que también fue comandante del Tercio de Extranjeros, hombre clave en la labor propagandística, nombrado por el Generalísimo como Jefe de la Oficina de Prensa y Propaganda en el Golpe de Estado, posteriormente procurador en Cortes durante cuatro legislaturas por orden directa de Franco, debería haber desaparecido al llegar la Democracia. Al menos haber cambiado de nombre con la entrada en vigor de la ley de Memoria Histórica. Ya que un vestigio y símbolo franquista de tal categoría, debería ser incompatible con una democracia plena.
Sin embargo, ahí están, cantando a los niños enfermos "Soy el novio de la muerte" en los pasillos de un hospital, llevando por el aire y rodeado de armas a un Cristo crucificado que predicó la paz. Cristos, vírgenes, legionarios, curas y militares, políticos y autoridades, mezclados en el totum revolutum de esta España "aconfesional", que no admite que la religión pertenezca al ámbito privado y no al público. Una mezcla, más allá del folklore y el fanatismo, difícil de comprender. “La tradición es la tradición y hay que respetarla”, dicen los cofrades de Sagunto. Aunque estemos en el siglo XXI y los anacronismos ya no se entiendan. Quizás por eso, me encuentro este cartel en una pastelería de Cádiz, junto a unos muñecos nazarenos, advirtiendo a los extranjeros para que no se confundan, creyendo que las procesiones que ven son el Ku Klux Klan: "SPANISH TRADITION" Y por si teníamos poco, el rey emérito a Sevilla a ver los toros. En jet privado desde Abu Dabi. ¡Ay, España!

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