Opinión
Educad a vuestros hijos de una vez, coño

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
El mejor invento durante mi infancia y pubertad fueron las mallas elásticas. Las había de tres tamaños: por encima de los tobillos, por encima de las rodillas y tipo pantalón corto de atletismo. Eran otros tiempos y solíamos vestir al gusto de nuestras madres y abuelas, que miraban aún con desconfianza la llegada de Zara a nuestra villa, y que preferían comprarnos la ropa en las boutiques -de barrio para los días ordinarios, las del centro para los días de guardar-. Y las tiendas seguían, por aquellos días, una estricta política de separación de géneros en las cuestiones del vestir. Faldas, pichis -cómo los odiaba- y vestidos para nosotras; cómodos pantalones, camisetas y vaqueros para ellos. Así que la llegada de las mallas fue todo un acontecimiento para mí, para mi hermana y para mis amigas. Una promesa de libertad. Podíamos hacer el pino, el puente, saltar a la comba, montar en bici, subir y bajar escaleras, patinar y subirnos a los árboles sin miedo a enseñar las bragas. Tendríais que haber visto nuestra cara de triunfo cuando Dani y sus colegas nos levantaron un día la falda en el recreo y debajo estábamos en mallas. No solo se acabó la humillación de aquel acto cotidiano, sino que las risas también cambiaron por fin de bando.
Como decía, eran otros tiempos y carecíamos de muchas palabras. No sabíamos, por ejemplo, que las mallas elásticas se llamaban leggings, que los pantalones cortitos eran culottes y que lo que nos hacían Dani y sus colegas -levantarnos las faldas, mirar por debajo de las escaleras cuando subíamos, tirarnos de los tirantes del sujetador...- era acoso sexual. Solo entendíamos el miedo, el asco y la rabia que sentíamos cuando nos pasaba y, sobre todo, entendíamos que detrás de aquello había, ante todo, una intención clara de humillarnos, de rebajarnos, de dejarnos claro cuál era nuestro sitio en el colegio y en la vida. Y como no teníamos palabras para verbalizar, entender y convertir en algo real, material, explicable y combatible lo que nos hacían, nos decíamos que esas cosas eran solo cosas de chicos. Lo que no dejaba de ser una verdad como un templo.
Porque desde luego esas cosas siempre eran cosas de chicos, de los chicos de clase, de los chicos del barrio o de los chicos del equipo de natación. Y no es que nosotras fuéramos unas santas, por supuesto que había bullying y pick me girls y misoginia entre nosotras -otras palabras que tampoco sabíamos que existían y que nos hubieran ayudado a corregirnos, a aprender, a querernos y a ayudarnos más entre nosotras-, pero el acoso sexual -la cultura de la violación que lo tolera, lo alimenta y lo justifica- era cosa de chicos.
Una dice las palabras acoso sexual, violación, e inmediatamente lo que se viene a la cabeza es el callejón oscuro, el extraño entre las sombras, los gritos, la navaja en el cuello, la resistencia -venga, enséñame tus heridas, pruébame que te defendiste-. Nunca se piensa en el amigo, en el hermano, en el tío, en el padre, en el monitor de atletismo, en el vecino, en el profesor, en el marido, en el insistir hasta que se cede, en el abuso de poder sin levantar la voz, en el dejarse hacer para no empeorar las cosas, en las risotadas cuando Dani te tocaba una teta, en la vergüenza que se siente cuando te suben la falda en el patio del colegio y todo el mundo te ve las bragas, en el miedo, en la humillación, en el asco, en el hartazgo, en las justificaciones, en las excusas y los golpes en el pecho de los “not all men”. Pero siempre un hombre, un chico, un colega, tu colega.
Y es que el patriarcado y la misoginia se sustentan sobre un entramado ideológico, pero principalmente mitológico, basado en supuestas verdades y evidencias científicas que solo sirven para justificar el statu quo, los privilegios masculinos. Una de ellas es la defensa de la división del trabajo entendido como un hecho natural. Una división, por tanto, basada en el binarismo de género y en las supuestas cualidades innatas de hombres y mujeres. Una construcción ideológica que se consolidó gracias a la historiografía del siglo XIX y a la mística victoriana que reducía la figura femenina a mero ángel del hogar -madre, esposa, cuidadora, tierna, entregada, virginal pero fértil-, y que ignoraba conscientemente que las mujeres de las clases populares siempre han trabajado. Mucho. Y muy duro.
Esta mística en torno a la división del trabajo, junto a la falsa premisa de que las mujeres odiamos el sexo y que carecemos de deseo sexual, ha reducido las relaciones entre hombres y mujeres a una mera cuestión transaccional. A un simple intercambio de servicios: las mujeres les cedemos nuestro cuerpo a los hombres a cambio de techo, comida, bienestar y protección. Pero este pacto nos obliga a ceder siempre ante el deseo masculino, que se presenta como abrumador e incontrolable. Y en esto consiste, ni más ni menos, la cultura de la violación. En entender el sexo como un derecho del varón, como acto transaccional que las mujeres nos vemos obligadas a padecer a cambio de que nos cuiden y de que nos protejan.
El feminismo, como doctrina filosófica, ha desmontado al fin la trampa del ama de casa, que consistió en convencer a las mujeres urbanas y de clase media de que siguieran trabajando pero esta vez dentro de los hogares -asumiendo toda la carga física y mental de los cuidados- y sin remunerar -por amor-. Como también ha destruido la mística del innato rechazo y la supuesta repulsión de las mujeres hacia el sexo, devolvíéndonos así nuestro derecho a ser -y querer ser- seres sexuales que desean y consienten activamente. Esto ha provocando una revolución social y política que ha rescatado a las mujeres de la cárceles en las que se habían convertido nuestras casas -y nuestros lechos- y que nos ha dado la agenda y el control sobre nuestras vidas, finanzas, cuerpos y camas. Pero a pesar de todo aún no hemos logrado acabar con la cultura de la violación que, como las cucarachas, se resiste a desaparecer.
Porque una vez destruido el corpus teórico patriarcal gracias al feminismo, el movimiento misógino regresa, en tiempos convulsos de cambios e incertidumbres, como teoría de la conspiración, como resentimiento y como revancha. Y esto es así en parte a causa de la brecha cognitiva y política que separa a las mujeres de algunos hombres y jóvenes que se resisten a entender que han perdido el derecho a controlar y usar a las mujeres a su capricho y voluntad. Pues una vez desmontado y destruido el mito patriacal de la dependencia y subordinación femenina, el sexo ha dejado de ser un privilegio y un derecho masculino para convertirse en un acto consensuado que se regula por el deseo mutuo y el consentimiento libre. Un acto que, por tanto, subvierte y destruye los principios y fundamentos del patriarcado y la retórica y la política misógina, dentro de la cual el movimiento incel se presenta como la versión grotesca y exagerada -aunque no por ello menos popular y peligrosa- de la cultura tradicional patriarcal de la violación.
Sin embargo, como sociedad nos cuesta entender que el feminismo aplica e implica también a los varones. Y así como el antirracismo está dirigido a las personas blancas, pues al fin y al cabo somos quienes hemos sostenido, justificado y nos hemos beneficiado del racismo, la discriminación y el colonialismo, también el feminismo ha de interpelar a los varones. Pues de nada nos sirve educar a las chicas y a las mujeres, si luego quedamos al albur de los caprichos y la violencia masculina que sigue entendiendo el acceso al cuerpo de las mujeres como un privilegio innato. Por tanto es una obligación social, y no solo institucional, educar a todos y a todas en el feminismo, que no es otra cosa que educar a todos y a todas en igualdad y en el respeto. Solo así acabaremos con la violencia sexual hacia las mujeres y las niñas y, por tanto, con todo lo que sostiene la cultura de la violación. Cuando todos y todas dejemos de decir que estas cosas son cosas de chicos como una excusa y lo empecemos a utilizar como una denuncia.

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