Opinión
El efecto bumerán de la utilización partidista del CNI

Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
El pulso entre el Ministerio del Interior y el de Defensa, salpimentado con la vieja rivalidad que atribuye la leyenda a sus dos titulares, magistrados ambos, Fernando Grande-Marlaska y Margarita Robles, está siendo utilizado por la (ultra)derecha con la crisis de Ceuta en una de las clásicas y simplonas estrategias del PP -y ahora también de su referente Vox- consistente en apoderarse de las instituciones uniformadas del Estado, a las que, como saben, sólo la derecha defiende, quiere, protege, financia y no sé cuántas mentiras más. Tal defensa patriótica, claro, desaparece cuando, por ejemplo, 62 militares mueren en el accidente de un Yakolev de dudosa funcionalidad que se estrella en Turquía, en 2003, y hay que silenciar a las familias de las víctimas con estrategias miserables desde el Ministerio de Defensa; enterrar rápidamente a los muertos, aunque sus restos destrozados vayan mezclados en los ataúdes, eso sí, cubiertos de rojigualdas en un espectáculo obsceno, y silenciar las investigaciones internas y periodísticas que confirman el riesgo consciente en el que fueron desplazados desde Afganistán los militares españoles.
O cuando hay que utilizar para la causa partidista al Centro Nacional de Inteligencia (CNI) tras los atentados islamistas del 11 de marzo de 2004, como admitió quien era su director con el Gobierno de Aznar, Jorge Dezcallar, para seguir insistiendo en la tesis de que el atentado lo había cometido ETA y no fanáticos islamistas para ganar la inminentes elecciones.
Incluso, cuando se recurre criminalmente a la cúpula de la Policía Nacional y a fondos reservados -que pagamos usted y yo- para intentar destruir pruebas que afectan a la causa abierta -y confirmada- por financiación ilegal del PP, para fabricar en la UDEF documentación falsa contra rivales políticos (“enemigos”, en el argot de la ultraderecha) o espiar y hacer la vida imposible a quien el presidente Rajoy o el PP en su conjunto consideraran una molestia, llámese inspector jefe Manuel Morocho, que investigaba la Gürtel y sus derivadas en la opulenta caja B del Partido Popular, o llámese comisario Rodolfo Ruiz, a quien la teoría de la conspiración del 11M alentada por el PP y su corte mediática hicieron la vida imposible a Ruiz hasta empujar a su mujer al suicidio, como él mismo ha contado, roto desde entonces y sin que nadie le pidiera perdón jamás.
Estos días, el PP pide la comparecencia de la directora del CNI, Esperanza Casteleiro, en la Comisión de Secretos Oficiales del Congreso, que se supone discreta y secreta como su nombre indica. Más allá de que aporte más o menos que el CNI haga que sale a la palestra para explicar qué supo y qué no sobre la llegada masiva de inmigrantes a Ceuta desde Marruecos, lo que está claro es que si el Gobierno conociera de la magnitud de lo que se venía a España en su frontera sur más delicada y no hubiera hecho nada, sí que tendríamos un problema, fuera de ministros a sueldo de Mohamed VI o Donald Trump o fuera de incompetencia suma y masoquista.
Que el CNI no es infalible ya lo sabíamos, como todo colectivo, institución u organismo que conforman y dirigen seres humanos, por muy preparados que estén -y lo están- y por mucha delantera que lleven a otros servicios de inteligencia europeos -que la llevan-. Hablamos del mismo CNI al que se le colaron los citados atentados del 11M, los del 17A en Barcelona, las urnas del referéndum ilegal del 1-O en Catalunya o esta dimensión inédita de la llegada de inmigrantes a Ceuta. Pero también, para ser justas, hablamos de unos servicios de inteligencia que han evitado innumerables atentados y actos violentos que ni siquiera podemos imaginar y que nunca conoceremos.
Aprovechar que el CNI no es infalible como estrategia partidista, cuando saben hasta las piedras del Congreso que esta organización funciona al margen de los vaivenes electorales, probablemente, como ninguna otra lo hace, es otra muestra más del poco criterio, un decir, que atribuyen PP y Vox a sus votantes, lo cual, visto lo visto, tampoco supone una gran deducción a estas alturas del devenir global. Eso, o que la ultraderecha pretenda decirnos que el CNI sabía pero no quiso decir al Gobierno, lo cual deja a nuestros espías a una altura aun más baja que la atribuida a sus votantes. Pero no, no vamos a pensar eso.
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