Opinión
Electoralismo

Por Pablo Batalla
Periodista
Es extraña, si uno lo piensa, la acusación de "electoralismo", como la que ahora se hace contra el Gobierno de coalición por negarle el apoyo al Gran Jefe de Washington en su declaración de guerra a Irán. Es extraña si uno lo piensa, pero no solemos pensarlo. Electoralismo es una de esas palabras connotadas negativamente y que funcionan automáticamente. Hay que correr a negar que se es electoralista; nadie quiere ser o parecer electoralista. Es extraño si uno lo piensa, pensémoslo: ¿qué rara culpa es, en democracia, esta de hacer algo que al electorado le agrade? ¿Qué se pide exactamente cuando se exigen supuestas "convicciones de estadista" que pasen por encima de los deseos de la nación soberana?
La nostalgia del absolutismo y la dictadura, de la no-democracia, no suele expresarse abiertamente. A veces, de hecho, el que la tiene cree no tenerla. Pero esas meigas existen y, cuando se corporeízan, procuran vestirse lo más de gala posible, lo más aseaditas. No piden cirujanos de hierro, sino eso: "estadistas", "decisiones difíciles", "convicciones". Las que tenía José María Aznar, que apoyó otra guerra yanqui en contra de la opinión de más del noventa por ciento del país; de un pueblo que pagó aquella decisión que él no había tomado, poniendo en Atocha y El Pozo del Tío Raimundo la sangre del 11-M. Las de Primo de Rivera, las de Franco.
Nostalgia del absoluto, decía George Steiner. Nostalgia del religado de la religión y su exigencia de almas puras, que pasen el corte del Juicio Final. ¿Deberían importarnos cuáles sean las convicciones de Pedro Sánchez; si está, o no, sinceramente en contra de la guerra de Irán o se le opone por mero interés privado y electoral? ¿Debería importarle la pureza de su alma a alguien más que a él mismo y a Cristo bendito? No en democracia, asunto, no de almas, sino de ciudadanos; no del interior místico de los seres humanos, sino de su exterior y la organización de su vida en común. A un presidente democrático del Gobierno hay que pedirle que cumpla con aquello que la mayoría que lo sustenta espera de él, sin que importe un ardite la nobleza o innobleza de su motivación. El ciudadano debe juzgar acciones y resultados, no intenciones; y evitar con la movilización y los votos la única preocupación que sí hay que tener hacia el "electoralismo": que el presidente cambie de opinión cuando deje de interesarle. No dejará de interesarle si el pueblo votante le exige preservarla; si su interés electoral sigue siendo el mantenerse en ella.
La antropóloga Manuela Cantón, autora de un impresionante libro titulado La imaginación en llamas: un viaje antropológico a través de las espiritualidades contemporáneas, cuenta que su interés en las espiritualidades no convencionales y descentralizadas —del espiritismo al vudú, pasando por el culto mexicano a la Santa Muerte— se topa muchas veces con el desprecio hasta de sus colegas. No es serio eso, dicen; no es religiosidad propiamente dicha y solo merece alguna nota al pie en estudios que hablen de lo serio; lo serio son las religiones organizadas, con biblias, con papas, con parroquias y confesionarios, con rabinos y sinagogas, con imanes y llamadas a la oración desde la torre de la mezquita. El éxtasis de un pastor en un templo pentecostal en una nave industrial del extrarradio, el trance de una médium, el misticismo deshilvanado de un seeker de lo new age, no son dignos de la especialización de un erudito. Dice Cantón, en conversación con el que escribe, que:
"Sobre esto de Rosalía y otras cosas, leo muchos artículos serios que acaban denostando el hecho de que se recupere la religión sin compromiso, sin asumir la tradición completa, de manera descontextualizada. Hay un componente claramente peyorativo en ese tipo de descripciones, y me encanta que eso lo haga gente que probablemente sea atea. Hay un subtexto de nostalgia de las religiones monoteístas, fuertes, opresivas de algún modo; una especie de nostalgia del látigo; un rechazo a que la gente busque a su modo y a que, cuando se aburra, busque otra cosa diferente. Parece que es mucho mejor que un sacerdote entre en tu casa a pegarte por que no lo quieres en casa cuando te vas a morir, como pasaba con aquellos espiritistas que eran cristianos, pero no clericales, y no querían curas en su casa".
Nostalgia del látigo: eso es, de eso va; y, efectivamente, la tienen los habitantes del búnker nacionalcatólico, pero también mucha gente que se piensa demócrata impecable. Yo le pido a Sánchez que siga siendo electoralista de este electorado que no me cabe duda de que nunca aprobará por mayoría una invasión imperialista.
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