Opinión
Embriones Ayuso

Por David Torres
Escritor
Unas veces da la impresión de que Ayuso gobierna para sí misma, aunque otras veces parece que gobernara exclusivamente para familiares y amiguetes. De pronto se saca de la manga un Proyecto de Ley que considera el embrión miembro de la familia y entonces ya no sabe uno qué pensar. Es evidente que se trata de un Proyecto de Ley escrito en futuro imperfecto, contabilizando a un feto de tres meses como personita con todos sus derechos. Para compensar este desbarajuste temporal, en Madrid, las personitas hijas de inmigrantes, de recién nacidas en adelante, se consideran bastante menos que un feto. Unos tienen un futuro espléndido por delante y otros un pretérito accidentado por detrás. Vaya lo uno por lo otro.
De seguir avanzando a través de la ampliación de derechos de los nasciturus, no se sabe hasta dónde podemos llegar a retroceder. Desde esta lógica tan particular cabe cuestionarse si -como decían los curas de mi colegio- una masturbación no podría considerarse genocidio, dada la cantidad de espermatozoides masacrados en el intento. De hecho, para Ayuso, igual que para tantos fanáticos de Netanyahu, el genocidio en Gaza es lo más parecido a una masturbación. Habría que preguntarle a León XIV qué opina de todo esto, aprovechando que anda ahora por Madrid, pero vete a saber qué contesta. De momento, nada más aterrizar en Madrid, ha visitado un centro de inmigrantes y personas sin hogar. Lo mismo va y dice que no le gusta la fruta.
En una visita previa que realizó al Vaticano a primeros de junio -un embrión de la visita papal, más que nada para ir preparando el ambiente-, Ayuso le aseguró al pontífice que “Madrid sabe acoger ciudadanos de todos los rincones de España y del mundo”. Lo aseguró sin cortarse un pelo, porque Madrid acoger sabe de sobra, lo que pasa es que a ella no le da la gana de que acoja más que millonarios venezolanos. Para demostrar lo bien que vive la capital los valores cristianos, le obsequió un libro personalizado con fotos donde se ve cómo celebran los madrileños la Navidad y la Semana Santa en distintos municipios de la Comunidad. Era conmovedor, muy bonito, aunque tampoco quiso abusar y llevarle fotos de cómo celebran las Navidades en la Cañada Real: al estilo del portal de Belén, con un frío mortal, sin calefacción, sin luz, sin agua caliente, sin burro, sin vaca, sin pastores y sin ángeles. Sería por no dejar mal al Vaticano.
Ejemplo supremo de ciudad limítrofe, como bien muestran sus representantes electos, Madrid disfruta en invierno de un frío navideño y en verano de un calor mesetario. Ante las protestas de alumnos y profesores, que se cuecen a fuego lento en las aulas públicas, el consejero de Cultura de la Comunidad, Mariano de Paco, ha señalado los efectos beneficiosos de las altas temperaturas a la hora de azuzar el caletre. En un alarde de modestia, él mismo se puso como ejemplo para demostrarlo, aunque hubiera bastado con exhibir un chorizo a la parrilla. “Les puedo asegurar que, en Murcia, cuando hace calor, hace calor”, dijo, sin temer que la gilipollez de tal aserto pudiera ser contraproducente. “Y aquí estoy y aquí estamos y no pasa absolutamente nada”, añadió bajo el chorro del aire acondicionado.
Las ocurrencias de Mariano de Paco al frente de la Consejería de Cultura son de tal calibre que no nos extrañaría descubrir que las hubiera alumbrado metiendo la cabeza en una barbacoa a doscientos grados. Directivas como promocionar la tauromaquia a tope o retirar las subvenciones al Museo del Prado y al Círculo de Bellas Artes bien podrían ser obra de un chorizo carbonizado. Aunque quizá el chorizo lo hubiera pensado un poco antes de torrarse. Con cerebros de esta estofa dirigiendo los destinos de la Comunidad de Madrid y las paridas que suelta Ayuso a diario, se entiende que los embriones sean considerados personas desde el momento mismo de la concepción. Algunos siguen en estado embrionario con cuatro y cinco décadas a cuestas.
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