Opinión
Quien no escucha a la víctima, participa

Periodista y escritora
No se han parado a leer los testimonios de las mujeres. No se han interesado por el insoportable número de mujeres que cuentan cómo, de niñas, su abuelo, su padrastro, su padre, su tío o su hermano les tocaban los genitales. No se han interesado por los miles de mujeres que se han sentido paralizadas por el miedo, en shock, ante la agresión sexual de un amigo, de una pandilla, de su monitor o su profesor. No se han detenido a leer a todas, una barbaridad de mujeres que relatan cómo el médico o el enfermero aprovechó su autoridad y la confianza de ellas para agredirlas. No han prestado atención a los miles de mujeres que cuentan cómo las agresiones sexuales que vivimos les han destrozado la vida, y las de sus hijas e hijos.
Se critica el método, se difunden amenazas, se inventan debates bizantinos, se retuerce cualquier argumento idiota… todo menos escuchar, leer a las mujeres que le han echado valor, porque hace falta muchísima valentía, para narrar las agresiones sufridas. Me tiene pasmada cómo han aparecido aquí y allá debates inanes sobre si las redes o el anonimato son buenos, malos o mediopensionistas y en cambio nadie está analizando, difundiendo, incluso debatiendo (si es eso lo que les gusta) que la mayoría de las mujeres que relatan la violencia sexual la vivieron de niñas. La inmensa mayoría.
Ah, pero el problema es el método. Cobardes, eso es lo que son. Cobardes que optan por la ceguera. Mirar o no mirar, escuchar o no escuchar. Ahí reside todo. Escuchar a las víctimas, a las mujeres, es un acto de voluntad. Decides hacerlo o decides no hacerlo. Pero has de saber que, si decides no mirarlo, en ese acto va implícita tu participación.

Ahora ya no pueden decir que no lo sabían, que no tienen datos, que cómo iban a imaginarlo… Ahora solo pueden decir que no les gusta que las mujeres narremos lo que nos han hecho. Así de simple. Y, al no mirarlo, al no prestar atención a los testimonios, dejan en evidencia que lo que les molesta no es que nos agredan sexualmente de forma habitual, eso les trae sin cuidado, porque si no, estarían interesándose por todo lo que estamos relatando. Lo que de verdad les molesta es que lo estemos contando.
Y sin embargo, de repente, un día, cuando le sale de la punta, aparece Íñigo Errejón y dice solamente dos palabritas: “denuncia falsa”… y el mensaje cunde y lo ocupa todo. No hay más que añadir.
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