Opinión
La escuela antifascista bajo una tienda de campaña

Por David Bollero
Periodista
El pasado sábado se produjeron dos concentraciones en Sevilla. Una convocada por la formación fascista Núcleo Nacional, con apenas 300 participantes, según datos de la Policía Nacional; y otra antifascista, con cerca de un millar de personas. Los actos se saldaron con intervenciones policiales desproporcionadas, tal y como se aprecia en diversos vídeos que circularon en redes sociales y medios de comunicación. Más allá de este uso excesivo de la fuerza que, lamentablemente, se está convirtiendo en norma cuando se trata de manifestantes de izquierda, lo sucedido en Sevilla nos deja una lección muy clara: el movimiento antifascista cada vez es más amplio y con mayor capacidad de coordinación, incluso, espontánea.
El odio es un acelerante en cualquier crisis y esa es la baza que históricamente ha utilizado el fascismo para propagarse. En esa expansión, ha mutado y ha caído en profundas contradicciones porque, en función del contexto específico, amolda la realidad y su narrativa para sembrar la inquina. No obstante, en su recetario supremacista mantiene ingredientes esenciales como el racismo, el machismo, la homofobia…
El antifascismo, en cambio, es mucho más inmutable, porque su razón de ser es oponerse al fascismo. De hecho, cualquier demócrata que se precie debería declararse antifascista, de igual modo que feminista. El antifascismo se plasma en una actitud de autodefensa social contra quienes plantean un modo de convivencia excluyente.
Esta respuesta colectiva antifascista es extraordinariamente inclusiva, de modo que uno se puede ver desfilando en una manifestación sin haberse planteado siquiera colgarse la etiqueta de antifa, sencillamente, porque se opone a deportar a diez millones de personas de España por su origen, como exige Núcleo Nacional. El manifestante fascista, en cambio, acude porque se sabe de esa condición y, aunque no lo verbalice, se enorgullece de ello, como demuestra cuando realiza el saludo nazi sin el menor aspaviento.
Las movilizaciones que están teniendo lugar en plazas de toda España, con las acampadas como expresión reivindicativa, están dejando lecciones muy similares a lo que se vivió el pasado fin de semana en Sevilla. Ante las provocaciones y los insultos de la extrema derecha (que hubo un tiempo que era la antesala del fascismo y ahora son indistinguibles entre sí), ante sus amenazas constantes surge una imagen que se repite en todas las acampadas: brazos en alto al grito de “¡Aquí están los antifascistas!” o “¡Fuera fascistas de nuestros barrios!”.
Una estampa pacífica, pero firme y contundente, que termina por expulsar a los enemigos de la democracia. Pese a agrupar a una colectividad heterogénea y descentralizada – aunque existan agrupaciones muy consolidadas-, el movimiento antifa asume la consigna de la resistencia social pacífica, pero decidida a no dejar ningún resquicio para que los fascistas se apropien del relato. Se acabó el subestimar cualquier grupúsculo neonazi o dar margen a que, bajo el amparo de una libertad de expresión que si alcanzaran el poder no dudarían en destruir, se lancen consignas de cacerías humanas.
El hecho de que la defensa de la democracia y los derechos y libertades fundamentales sean los elementos aglutinadores de esta colectividad diversa que se une espontáneamente contra el fascismo dificulta que pueda ser combatido. Esa es su fortaleza y por lo que ni siquiera Donald Trump puede declarar al movimiento antifa una “organización terrorista”: no existe como tal, pese a que haya colectivos que se declaran abiertamente antifascistas, es una actitud, un modo de entender la convivencia que está mucho más extendido que el fascismo y que, como vemos en las acampadas por todo el país, da la cara y planta cara comunitariamente.
Bandas como Núcleo Nacional encuentran en la violencia su razón de ser, pues defienden la privación de libertades de quienes no consideran dignos de ellas. Frente a eso, surge una resistencia social que, en el caso español, defiende pacíficamente nuestra Constitución y ordenamiento jurídico. Resulta extraordinariamente motivador ver cómo las acampadas por la vivienda, sin ni siquiera haber tenido esa vocación, han vehiculizado también por toda España esa consigna antifa que señala y ridiculiza a los enemigos de la democracia con simbología nazi y ninguna solución real para nuestros problemas.
Asistir a la materialización del compromiso gestado bajo las tiendas de campaña de dar una respuesta común para confrontar a la extrema derecha es inspirador y está calando por toda España. Ver recoger sus pancartas y banderas cabizbajos a los cuatro gatos de Núcleo Nacional en Sevilla, frente a las mil almas antifascistas que coreaban “¡Aquí están los antifascistas!” abre la ventana a recuperar ese tiempo en el que presumir de ser tan rematadamente vil daba vergüenza y, como poco, se lo guardaban en su interior. Incluso en esos momentos, ese sentimiento mezquino latente hay que arrinconarlo hasta dejarlo sin mayor capacidad de reacción, y mucho menos de legitimidad, que sus ensoñaciones. Viendo orgullosamente la escuela antifa en que también se han convertido las acampadas y que se materializa en respuestas como la de Sevilla, vamos por el buen camino. Y por eso los ultras no pierden ocasión de amenazarlas.

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