Opinión
El presidente Aznar y el limbo

Por Ramón Soriano
Catedrático emérito de Filosofía del Derecho y Política de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla
El presidente Aznar ha pronunciado palabras altisonantes en el Foro “La guerra que perdimos”, que se está celebrando en Sevilla, suspendido meses atrás por la polémica levantada cuando el novelista Uclés declinó participar debido a la presencia de Aznar y Espinosa de los Monteros. Aznar acostumbra a intervenir en los momentos de grandes acontecimientos políticos, como el presente: la convocatoria de elecciones generales de 29 de noviembre de 2026.
Aznar acusa de fraude electoral al presidente Sánchez
Refiriéndose a la “ley de nietos” Aznar ha declarado que “es un intento de alterar el censo para obtener ventajas electorales”, ocultando que esta ley es un desarrollo de la ley orgánica de Memoria Democrática, aprobada por nueve partidos políticos en el Congreso de los Diputados. Demasiado echarle la culpa solo a Sánchez, ¿no, presidente Aznar?. Demasiado, cuando la “ley de nietos” es exigida por un precepto de una ley orgánica, ¿nos tomamos en serio las leyes orgánicas, presidente Aznar, que exigen mayoría absoluta? ¿Sánchez es equivalente a una mayoría absoluta del Congreso? Y hablando de la “ley de nietos”, remito al lector/a a mi artículo El Tribunal Supremo suplanta al Parlamento en la “ley de nietos”. Nunca como hasta ahora un Gobierno español había cosechado la enemiga a un tiempo de la oposición política parlamentaria y altas instituciones judiciales del país.
Por otro lado, tiene una varita mágica Aznar para saber a quién va a votar el biznieto, como él dice, del español exiliado, que ni siquiera ha pisado suelo español, como él reconoce. ¿No será lo más probable que el biznieto no se moleste en votar, porque España le cae demasiado lejos en la distancia y en sus intereses personales?
Nadie debería hacer una acusación de fraude electoral sin pruebas fehacientes, porque produce un daño descomunal a la confianza de la ciudadanía en el sistema político.
Aznar declara que la repetición de la actual coalición de Gobierno llevaría a la supresión de la monarquía española y su sustitución por la república
“La monarquía que hemos conocido se terminaría”. “No se vota una alternancia en el Gobierno, sino una monarquía o una república”. Palabras de Aznar.
Una cuestión teológica muy controvertida es si el limbo existe, qué condiciones rodean a sus habitantes y quiénes van a este lugar celestial de segunda categoría. Según la mayoría de los teólogos los niños/as fallecidos no bautizados son los seguros candidatos a residir en el limbo. De ahí que la expresión "estar en el limbo" significa estar en un lugar incierto, indefinido, estancado, nada conectado con la realidad, o estado psicológico de alguien despistado, ensimismado. El presidente Aznar parece residir en el limbo. No ahora, sino desde hace mucho tiempo, aunque -todo hay que decirlo- frecuenta más el limbo desde las elecciones generales de 2023, que se llevó por delante a su compañero de partido, el presidente Rajoy, e instaló en la Moncloa al presidente Sánchez; desde entonces se prodiga en los medios y baja más a menudo del limbo para decirnos los males que nos acechan si no le hacemos caso.
Los vaticinios de Aznar, además de sorprendentes, no son creíbles. Y al proclamarlos en su papel de oráculo del PP demuestra no solo un desconocimiento de la realidad social y su evolución, sino que no conoce la Constitución, que debe orientar la política de la máxima autoridad del país.
Dice Aznar que si vuelve a gobernar el actual Gobierno la república está a la vuelta de la esquina y desaparecerá la monarquía. ¿Cómo, presidente? ¿Es posible que dos Cortes sucesivas -Cortes formadas por el Congreso y el Senado- puedan derribar a la monarquía y poner en su lugar la república, cuando se exige que aprueben el cambio por mayoría cualificada de dos tercios de cada una de ellas? Estamos hablando de dos tercios del Congreso, dos tercios del Senado, dos tercios del Congreso venidero, dos tercios del Senado venidero. Cuatro veces dos tercios de las más altas cámaras de representación política del país. Unas Cortes inician el proceso con la propuesta de sustitución de la monarquía por la república, se hacen el harakiri y desaparecen y las nuevas Cortes electas confirman la propuesta de las Cortes fenecidas. ¿Cuándo y cómo generar las circunstancias favorables, políticas y sociales, para que estas cuatro mayorías super-cualificadas y sucesivas se puedan producir? ¿Cuándo y cómo si obtener la mayoría de mitad más uno (mayoría absoluta) en el Congreso es una hazaña?
Como quizás algún lector/a crea que estoy exagerando, voy a transcribir los preceptos constitucionales que se tienen que aplicar con éxito para que se cumpla el vaticinio de Aznar. Para que no haya dudas.
Artículo 168.1 de la Constitución: "Cuando se propusiere la revisión total de la Constitución o una parcial que afecte al Título preliminar, al Capítulo segundo, Sección primera del Título I, o al Título II, se procederá a la aprobación del principio por mayoría de dos tercios de cada Cámara, y a la disolución inmediata de las Cortes".
Artículo 168.2 de la Constitución: "Las Cámaras elegidas deberán ratificar la decisión y proceder al estudio del nuevo texto constitucional, que deberá ser aprobado por mayoría de dos tercios de ambas Cámaras".
Pues bien, en el Título preliminar antes citado aparece el art. 1.3, que expresa: “La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria” y el Titulo II antes citado se titula precisamente “De la Corona”.
Doble candado de protección de la Corona.
Seamos serios, presidente Aznar. Sus partidos de origen, Alianza Popular (AP), y la Unión de Centro Democrático (UCD), liderados por Fraga y Suárez, ataron bien corto y fuerte a la Corona, situándola en la parte sustancial e inamovible de la Constitución, que exige la imposible reforma constitucional agravada, que he explicado antes y rubricado con los enunciados de los preceptos de nuestra Constitución.
Es frecuente leer en los comentaristas -no solo de derecha o centroderecha sino de la izquierda socialista- que la transición española a la democracia fue una excelente transición, espejo en el que se miran todos los países del planeta. Que fue un ejemplo de negociación, en el que todos los partidos políticos cedieron.
Se suele poner como ejemplo de este espíritu cívico de consenso la aceptación por comunistas y socialistas de la reinstauración de la monarquía y de liberales de derecha y centro del control y las limitaciones de la propiedad privada y de la economía. Expresándolo en términos constitucionales, los primeros aceptaron el Título II (De la Corona) y los segundos permitieron el Título VII (Economía y Hacienda) de la Constitución española.
Sí, efectivamente, los partidos políticos cedieron respecto a su inicial ideología y pretensiones, pero en el marco de un extraordinario desequilibrio y desproporcionalidad, en el que AP y UCD ganaron mucho más que perdieron. Y en su cuenta de haberes se cobraron una pieza de extraordinaria relevancia, la permanencia in aeternum de la monarquía, pieza de caza que entregaron dócilmente Izquierda Unida (IU) y sobre todo el republicano desde los tiempos de su fundador, Pablo Iglesias, Partido Socialista Obrero Español (PSOE).
Los padres de la Constitución nos hicieron tragar a muchos la rueda de molino de la monarquía. Sabía el presidente Suárez -él mismo lo dijo en una entrevista- que la restauración de la monarquía no superaba un referéndum, y bien que la protegió, sacándola del debate constitucional. Metieron a la monarquía en el texto constitucional, con una casi imposible sustitución futura por la república, y nos ofrecieron el texto completo de la Constitución para votarlo en referéndum. Si querías salir de la negrura de la dictadura y abrazar un régimen democrático, la monarquía iba con tu voto positivo. Dos en uno: democracia y monarquía. Todo en un solo voto. Modélica solución del problema anulando la voluntad política de la ciudadanía.
La monarquía española no va a caer si se reedita el actual Gobierno de coalición tras las elecciones del 29 de noviembre de 2026. El presidente Aznar ha sido torpe en su declaración, porque su mensaje anima a votar a un porcentaje alto de españoles/as enfadados por la aludida “trampa de los Padres de la Constitución”. Le ha salido el tiro por la culata. Se ve que sigue todavía en el limbo.


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