Opinión
España, ¿la excepción europea ante el fascismo?

Por Toni Mejías
Periodista
La extrema derecha española no está gobernando a nivel parlamentario, pero no somos tan excepción europea como se pretende vender, porque en el día a día vemos retrocesos en los derechos de las minorías que van más allá de las dos Cámaras de las Cortes Generales. Un claro ejemplo es en lo relativo a la inmigración. El ascenso de Vox, de SALF y la derecha mediática han dibujado un Estado caótico donde los migrantes reciben todo tipo de ayudas, violan, roban, traen enfermedades y quieren imponer su cultura. La teoría del Gran Remplazo va ganando adeptos. Por ello, en un país con una crisis de vivienda bestial, con un bipartidismo corrupto, con unas ciudades decoradas y preparadas para el turismo, con una industria cada vez más inexistente, con una precariedad que continúa latente, con unos servicios públicos perseguidos y devaluados… uno de los principales problemas para los españoles, según las principales encuestas, son los inmigrantes. Los pobres, claro. Los alemanes, ingleses o estadounidenses pueden venir y mear en nuestro patrimonio que les haremos la ola y les pondremos otra copa.
Que un tercio de los españoles, según un estudio realizado hace unos meses por IPSOS, vea la inmigración como un problema, es lo que permite que un policía de Torrejón fuera de servicio asesine a un migrante por un supuesto robo de un móvil y, en vez de recibir un rechazo social unánime, tenga el apoyo de muchas personas. No solo de gente anónima, también del alcalde de Madrid que habla de "fatal incidente" como si asfixiar a un ser humano hasta la muerte fuera una catástrofe natural. Ninguna palabra dedicó a la persona fallecida ni a su familia. Solo un respaldo a la Policía y reproches la izquierda. Sabe que no le va a quitar votos. Sabe que ser racista en este país ya no es censurable, sino plausible.
Este racismo institucional y mediático es el que ha permitido que pase de puntillas en la actualidad informativa algo tan grave como lo sucedido el pasado viernes en Aldaia (València). Un grupo de unos 30 neonazis armados con machetes, bates de beisbol, gases lacrimógenos y dos perros pitbull —además de dos que simulaban ser de la Policía Nacional y, según testigos, parecían llevar un arma de fuego en el pantalón— expulsaron de una nave abandonada a un grupo amplio de jóvenes magrebíes que vivían ahí desde hace cuatro años sin causar ningún problema. Ante la falta de alternativa habitacional, era su único refugio. Esa nave fue adquirida hace poco por un particular que les dio hasta el 21 de junio para abandonarla. Una colaboradora de una ONG que conocía a los jóvenes y que fue testigo del desalojo violento, afirma que no pusieron problemas en abandonar el sitio, pero apuraron hasta el final porque no tenían donde ir.
No llegó el día 21. El 20 apareció el comprador con un grupo de neonazis y de forma violenta los echaron. También a la colaboradora de la ONG la golpearon y le amenazaron con pincharle las ruedas si no se iba de allí. Finalmente, con una excavadora, cogieron las pertenencias de los jóvenes y las sacaron del lugar. Terminaron su tarea y, antes de poder ser identificados, escaparon. Un pogromo a plena luz del día que no tendrá consecuencias para los agresores, pero que altera por completo la vida de los agredidos. Sobre todo, me llama la atención la poca cobertura mediática de los hechos. Imagino que la irrupción de Desokupa como un agente válido, que reciben dinero público y respaldo de partidos supuestamente constitucionalistas, permite que este tipo de agresiones fascistas no llamen la atención de los periodistas. Tampoco desde partidos de izquierda estatales he visto una condena y una mínima difusión.
El pasado domingo, en una población de la comarca de L’Horta Sud de València afectada por la DANA, pude ver cómo un grupo de 15/20 neonazis pertenecientes a Núcleo Nacional paseaban por mitad de la calle uniformados con total impunidad sin que a nadie les llamara la atención. Además, se dirigían a un barrio de ese municipio donde la mayor parte de la población es migrante y/o gitana. No sé cuál era su propósito, si dejarse ver, intimidar o qué buscaban. Pero que una tarde de domingo, mientras los niños juegan en las plazas, los adultos comparten una horchata y unos fartones y otros pasean tranquilamente, pueda marchar un grupo violento y ultraderechista sin que a nadie le parezca extraño ni ponga ningún tipo de impedimento, me parece un ejemplo de cómo no somos la excepción europea que queremos creernos.
Ser racista ahora mismo es una opción válida. Ser un nazi y presentarte a elecciones o ir por el barrio con simbología ultra no es condenable ni punible, ni siquiera socialmente. Tras el 15M los partidos de izquierda que surgieron tuvieron la oportunidad de hacer algo importante y revertir el orden establecido, pero entre los palos que les pusieron y los que se pusieron ellos mismos, se ha vuelto a ser un agente residual. En el nuevo contexto, la extrema derecha está aprovechando el descontento y a ellos les están poniendo la alfombra roja para que pasen sin mayor impedimento. Y el PSOE, mientras le sale (otra vez) la corrupción por las orejas, la única manera que tiene de combatirlo es gritar "que viene el lobo" para que Pedro Sánchez siga siendo el mal menor.
Pese a que todo pinta mal, me niego a aceptar que son mayoría y que vamos a normalizar los discursos de odio. Pero o aparcamos los egos y los sillones para combatir el fascismo creciente o ellos no temblarán en chafarnos. Ellos no harán eternas asambleas, no hablarán con la patronal, no buscarán el consenso ni pactar con la oposición. Irán a por nosotros. Frenémosles antes de que sea tarde y de que seamos menos.
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