Opinión
El espejismo de Doñana

Por Juantxo López Uralde
Activista ecologista, fundador y coordinador federal de Alianza Verde
Doñana resplandece. Las aguas caídas en los últimos meses han inundado las marismas como hacía tiempo que no se veía. Las aves abundan nuevamente, y el Parque Nacional recupera una apariencia saludable. Volver a ver inundados lugares secos desde hacía años genera esperanza en que la recuperación es posible. Pero detrás de esta imagen, los problemas del ecosistema perduran. Si no se actúa, estaremos solo ante un espejismo de lo que podría volver a ser Doñana si se actuara contra las causas estructurales de su degradación.
Los problemas de Doñana están fundamentalmente relacionados con la gestión del agua. La sobreexplotacion del acuífero produce un agotamiento progresivo de las aguas subterráneas que se manifiesta en la desaparición progresiva de los humedales. Un estudio científico reciente publicado en la revista científica Science of The Total Environment, demostró que el deterioro del sistema de lagunas de Doñana es generalizado. Se ha constatado que el 59% de las lagunas de mayor tamaño de Doñana no se habían inundado al menos desde 2013. Según estos datos, el 80% de estas lagunas se secaron antes de lo esperado por la precipitación y la temperatura observadas y el 84% tuvo un área de inundación menor de lo que se había previsto en función de los mismos parámetros, lo que indica que la actividad humana está alterando el equilibrio natural de las lagunas. Es decir, los datos confirman que Doñana se está secando.
Hay diversos factores que influyen en esta sequedad creciente. Unos tienen que ver con el cambio climático, la sequía y el aumento de la evaporación y la evapotranspiración como consecuencia del aumento de las temperaturas. Pero también la acción humana más directa, a través de la extracción de agua subterránea para los cultivos de regadío en el entorno de Doñana tiene mucho que ver con la crisis que está sufriendo el Parque.
En una visita reciente al entorno de Doñana, pudimos observar la expansión de nuevos cultivos de regadío. En concreto diversas fincas alrededor del Parque Nacional están siendo compradas con fondos de inversión que las dedican al cultivo intensivo de olivos en regadío. Cientos de hectáreas están siendo ocupadas por esos cultivos de alto consumo de agua, así como fertilizantes y herbicidas. Estamos ante una nueva amenaza que se expande por el norte de Doñana sin control alguno, utilizando las aguas del río Guadiamar, que deberían llegar al Parque.
El río Guadiamar tiene una importancia capital para Doñana. Históricamente los principales aportes a la marisma procedían precisamente de este río que llegaban desde el norte al Parque. Sin embargo en los años 70 el río fue desviado para alimentar la agricultura intensiva, dejando las marismas dependientes de las precipitaciones anuales. Desde entonces, la degradación progresiva de Doñana no se ha frenado.
Precisamente la Unión Europea promueve la renaturalización de los espacios naturales perdidos a través del Reglamento UE 2024/1991, conocido como ley de Restauración de la Naturaleza que establece objetivos jurídicamente vinculantes para recuperar ecosistemas degradados en toda la Unión Europea. El caso de la renaturalización del Guadiamar es uno de los más urgentes en España, ya que está directamente vinculado con la salud de Doñana. La propuesta de las organizaciones ecologistas es clara: un plan para salvar las marismas que incluya el retorno de los caudales del Guadiamar, y la restauración integral de su cuenca. Se trata de que el agua del Guadiamar vuelva a alimentar las marismas.
Otra amenaza creciente es la de los vertidos mineros. El anuncio de la Junta de Andalucía de permitir la reapertura de la mina de Aznalcollar ha desatado las alarmas. Un reciente estudio de la Universidad de Sevilla alerta de la acumulación de metales pesados (zinc, cadmio, arsénico) en los sedimentos del Guadalquivir, que vienen de vertidos mineros autorizados procedentes de la mina de las Cruces. Esta acumulación de metales puede verse agravada si finalmente se permite el vertido desde la mina de Aznalcollar. La degradación de la calidad del agua del Guadalquivir se suma a los problemas de escasez ya mencionados.
Doñana tiene solución, pero requiere de decisiones políticas valientes que apuesten por la supervivencia de la marisma, aunque para ello haya que poner límite al regadío intensivo a las puertas del humedal. La decisión es trascendente y, sobre todo, urgente.
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