Opinión
¿Qué esperar de la visita de Trump a China?

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
La visita de Donald Trump a Pekín se produce en uno de los momentos más delicados para el equilibrio internacional desde el final de la Guerra Fría. Mientras Oriente Medio vuelve a arder alrededor de Irán y el estrecho de Ormuz se consolida como uno de los principales puntos de fricción geopolítica del planeta, la rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China entra en una nueva fase de confrontación estructural. Ambas dinámicas no pueden analizarse por separado. La crisis regional y la pugna sistémica entre Washington y Pekín comienzan a formar parte de una misma ecuación. Y precisamente ahí reside la verdadera trascendencia política de la reunión entre Trump y Xi Jinping.
China observa la escalada con una mezcla de prudencia y oportunidad. Pekín necesita estabilidad en Oriente Medio, es relevante mencionar en este punto que buena parte de sus importaciones energéticas atraviesan el estrecho de Ormuz y cualquier interrupción sostenida del tráfico marítimo tendría consecuencias directas sobre una economía ya afectada por la desaceleración global y las tensiones internas. Porque para China, la estabilidad energética continúa siendo una cuestión de seguridad nacional.
EEUU ha llegado a esta reunión con poco para negociar y mucho para pedir, y a pesar de la disposición china a colaborar en una eventual desescalada esto no implica un cheque en blanco para Washington. Pekín podría estar dispuesto a ayudar a contener el conflicto utilizando su influencia sobre Teherán y su creciente capacidad diplomática en la región, pero no lo hará de forma gratuita. Xi Jinping entiende que el actual contexto ofrece una oportunidad estratégica extraordinaria para aumentar la capacidad de presión de China sobre Estados Unidos.
Y el centro de esa presión tiene un nombre: Taiwán.
Desde hace años, Washington ha incrementado su respaldo militar y político a la isla, considerada por Pekín una provincia rebelde y un asunto irrenunciable de soberanía nacional. Para China, Taiwán no es simplemente una cuestión diplomática, es la línea roja militar. El límite que ninguna administración estadounidense debería cruzar si pretende evitar una confrontación directa entre las dos principales potencias del planeta. Y ese es precisamente el mensaje que Xi está trasladando a Trump en Pekín, el que plantea que las relaciones entre China y Estados Unidos dependen de Taiwán. Y no se trata únicamente de una advertencia retórica. Se trata de una redefinición de los términos de la relación bilateral. Xi le está marcando el ritmo a Trump en Pekin.
La ecuación china resulta relativamente clara, si Washington necesita cooperación para estabilizar el Golfo y evitar una expansión regional del conflicto con Irán, China exigirá contrapartidas estratégicas. No necesariamente concesiones públicas sobre Taiwán, pero sí una reducción de determinadas provocaciones militares en el Indo-Pacífico, mayor cautela diplomática respecto a la isla o incluso cierta flexibilización en el terreno tecnológico y comercial.
En otras palabras, Ormuz empieza a entrelazarse directamente con Taiwán (y con Malaca)
La diplomacia china lleva años presentándose como defensora del multilateralismo, la estabilidad y la no injerencia. Pero detrás de ese discurso existe también una lógica de poder profundamente realista. Pekín ha comprendido que la creciente exposición estratégica estadounidense puede convertirse en una ventaja para China. Especialmente en un momento en el que Washington necesita aliados y mediadores para gestionar crisis que ya no puede controlar unilateralmente. Y la guerra alrededor de Irán ha acelerado precisamente esa percepción.
Desde la perspectiva china, el conflicto ha debilitado la posición disuasoria de Estados Unidos más rápido de lo que Washington parece dispuesto a reconocer. El desgaste militar, el coste económico y la dispersión de recursos estratégicos proyectan la imagen de una superpotencia distraída, sobrecargada y sin capacidad de maniobra. Una potencia obligada a repartir simultáneamente atención y capacidades entre Oriente Medio, Ucrania y el Indo-Pacífico. Y ahí Pekín observa con atención y espera.
Porque allí donde Washington percibe todavía capacidad de liderazgo global, China empieza a detectar síntomas de agotamiento imperial. Y está aprovechando al máximo esa oportunidad. Cada nueva crisis que obliga a Estados Unidos a intervenir fuera de Asia reduce parcialmente su margen de maniobra frente a China en el Pacífico. Cada escalada en Oriente Medio desplaza recursos militares, atención diplomática y capital político que Washington necesita para contener el ascenso chino. Los costes del fracaso estratégico de Trump en Irán comienzan así a acumularse mucho más allá de la región.
La paradoja resulta evidente. Trump construyó buena parte de su capital político sobre una narrativa de fuerza, unilateralismo y restauración del poder estadounidense. Sin embargo, la realidad geopolítica actual obliga a Washington a negociar desde una posición más vulnerable de lo que admite públicamente. Y Xi Jinping parece plenamente consciente de ello y, feliz también.
Por eso la reunión en Pekín no puede entenderse simplemente como una cumbre bilateral convencional. Lo que se está discutiendo allí son las nuevas reglas que regirán el sistema internacional y los límites de la hegemonía estadounidense en transición hacia un orden crecientemente multipolar, y quizás, la famosa trampa de Tucídides se haga realidad.
El concepto, popularizado por el politólogo Graham Allison, describe el riesgo de guerra que emerge cuando una potencia ascendente desafía a una potencia dominante. La referencia histórica procede de la Guerra del Peloponeso cuando el ascenso de Atenas provocó el temor de Esparta y terminó desencadenando un conflicto devastador. Según esta lógica, el principal peligro no reside únicamente en las decisiones concretas de los líderes, sino en las dinámicas estructurales de competencia, miedo y percepción de amenaza. Y Xi Jinping parece precisamente estar lanzando precisamente ese mensaje a Trump.
Porque el riesgo ya no se limita a un desacuerdo comercial o tecnológico. La rivalidad entre Estados Unidos y China se ha expandido al terreno militar, energético, financiero y geopolítico. Ucrania, Oriente Medio, Taiwán o el control de las cadenas globales de suministro forman parte de una misma disputa sistémica por el liderazgo del siglo XXI.
Y en este momento, la incógnita reside en ver si ambas potencias todavía conservan suficiente capacidad política para gestionar esa competencia sin derivar hacia una lógica de confrontación abierta. Porque el problema del actual escenario internacional no es únicamente la existencia de conflictos regionales, sino la creciente conexión de todos ellos. Ormuz, Taiwán y el Indo-Pacífico forman parte de un mismo tablero estratégico. Y eso multiplica los riesgos de error de cálculo.
La visita de Trump a China, por tanto, trasciende con mucho la fotografía diplomática o los posibles acuerdos coyunturales. Lo verdaderamente importante es el mensaje que queda de fondo donde incluso en un contexto de rivalidad extrema, Washington y Pekín continúan necesitándose mutuamente para evitar que las crisis regionales desemboquen en escenarios de descontrol global. Pero esa cooperación será inevitablemente transaccional, frágil y profundamente inestable. En este contexto es imprescindible ser conscientes que detrás de Irán y del estrecho de Ormuz no solo se discute la hegemonía regional o la seguridad energética mundial. Lo que realmente está en juego es el equilibrio de poder del nuevo orden internacional.

Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.