Opinión
La estrategia comunicativa de Trump: la energía del caos

Filóloga y profesora de la Universidad de Sevilla
En El miedo a la libertad, Erich Fromm indaga en la base humana del apoyo a regímenes totalitarios. Aunque el fascismo es un problema económico y político, su aceptación por parte de todo un pueblo ha de tener una base psicológica. El nazismo no fue producto del delirio de un loco sin más, ni tampoco se puede sostener que los líderes autoritarios se hagan con el poder del Estado a través de astucias engañando a una población que oficia de víctima involuntaria: “Hemos debido reconocer que millones de personas en Alemania estaban tan ansiosas de entregar su libertad como sus padres lo estuvieron de combatir por ella”. El estupor ante lo que ocurrió en aquellos años todavía sigue impactando en la memoria colectiva.
Nadie esperaba este desenlace terrible. De hecho, se creía que la guerra de 1914-1918 habría sido la última guerra, la victoria definitiva de la libertad. En el sentido común de la época, se compartía la idea de la racionalidad del ser humano, así como la creencia en la evolución natural hacia la libertad y el progreso a través de una marcha lineal del tiempo. Con la fin de la guerra, las democracias existentes adquirieron nuevas fuerzas y surgieron otras. Pero tan solo transcurrieron unos pocos años cuando nacieron otros sistemas que negaban todo aquello en lo que la gente había creído y cuyo logro costó tantos siglos de lucha.
La victoria de Trump en las elecciones generales de 2016 provocó idéntico desconcierto. Nadie comprendía lo que parecía un acontecimiento ilógico, una anomalía política. Christian Salmon (La era del enfrentamiento) recuerda las palabras de Michelle Goldberg en un artículo del New York Times, “Aniversario del Apocalipsis”, publicado un año después de la elección de Donald Trump: “Una de las cosas más desconcertantes era que nadie, cualquiera que fuese su grado de erudición, tenía la menor idea de lo que ocurría”. Obama, resignado, admitió que “la Historia no transcurre en línea recta, sino en zigzag”.
Pues bien, a poco más de un mes de la toma de posesión de Trump, el desconcierto se ha convertido en espanto. De hecho, es este un sentimiento deliberadamente buscado por los asesores del nuevo presidente en cada una de sus apariciones. La estrategia comunicativa se inspira en la doctrina militar conocida como “conmoción y pavor” (shock and awe), puesta en práctica durante la invasión de Irak en 2003. Se trata de paralizar al enemigo, de anular la visión del campo de batalla por la potencia del fuego, con el despliegue vertiginoso y fatal de la fuerza a través de demostraciones tan espectaculares que crean indefensión destruyendo la voluntad de luchar de los adversarios.
Del mismo modo, trasladada la estrategia al plano discursivo, el equipo de Trump utiliza la violencia discursiva abrumadora –violencia simbólica- para provocar una saturación emocional que nubla la percepción y genera sentimientos de insignificancia e impotencia, base psicológica de la sumisión.
Nos agota la velocidad, el ritmo vertiginoso de declaraciones y noticias sobre su intervención en cuestiones críticas para la humanidad: guerras, deportaciones, purgas, encarcelamientos sin juicios, amenazas de “desatar el infierno”, retirada de los fondos de protección para cuestiones sociales… El efecto psicológico generado es devastador; la imprevisibilidad de la aplicación de las nuevas normas –se publican un día, pero se matizan o se desmienten al siguiente- potencia aún más la incertidumbre. Los titulares se hacen eco de esta brutal embestida, que amenaza con “poner el mundo patas arriba”, “sacudir los cimientos de la democracia” o “sembrar el caos”.
Las apariciones de Trump ponen en escena un espectáculo de exhibición de un poder absoluto, una fuerza sin límites que busca el dominio y la humillación de “los otros”. En “los otros” a quienes se humilla se incluyen los “aliados”; los adversarios, como China o Rusia, son poderosos y le inspiran respeto. De entre las ofensas, la mayor es su falta de consideración, no tenerlos en cuenta en la mesa donde se va a decidir su propio destino; hacer referencia a la UE como un lastre, a Zelenski como un presidente débil, un perdedor que ya no tiene derecho a hablar siquiera porque “no tiene las cartas para ganar”. Y es que, como señalaba Fromm, “para el carácter autoritario existen, por así decirlo, dos sexos: los poderosos y los que no lo son”. El “amor”, la admiración y la disposición para el sometimiento surgen automáticamente en presencia del poder, que lo fascina. Del mismo modo, las personas o instituciones que carecen de él son objeto de su desprecio; “la sola presencia de personas indefensas hace que en él surja el impulso de atacarlas, dominarlas y humillarlas”. Es un comportamiento sádico propio de un carácter autoritario. En una entrevista al diario The Guardian, Judith Butler afirmaba que el recién nombrado presidente de los EEUU estaba desatando el sadismo en el mundo y nos advertía del peligro de dejarnos abrumar.
La Casa Blanca y el propio Trump en su red social han publicado dos vídeos desgarradores por su crueldad; me refiero al de las deportaciones de migrantes, donde se muestra cómo los preparan encadenándolos para el vuelo de deportación, sin palabras, solo imágenes y sonidos que hieren, difundidos bajo la etiqueta ASMR (Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma), que hace referencia a una experiencia placentera y relajante. La Casa Blanca, que lo publicó, considera la observación-divulgación del sufrimiento humano como fuente de placer.
El otro vídeo, obsceno hasta provocar náuseas, muestra el resort en el que quiere convertir Trump a Gaza: niños palestinos llegan corriendo al “paraíso” desde el infierno; Trump y Netanyahu, tomándose un cóctel tumbados en la playa; chicas hermosas los acompañan bailando. Un mundo de lujo escandaloso donde vuela el dinero que lanza al aire Elon Musk. La imagen aberrante de la felicidad sobre un cementerio de inocentes.
El ejercicio del dominio sin límites proporciona un regocijo que el presidente no duda en mostrar públicamente. La rueda de prensa de Trump y Vance con Zelenski puede pasar a la historia de la diplomacia como una negación de la diplomacia misma, y de la política como tal, al mostrar en directo el espectáculo del desprecio y la humillación al presidente de un país aliado.
Junto a la violencia verbal hay que destacar el papel preponderante de la mentira. En el discurso pronunciado por Trump en el Capitolio, el presidente ensartó toda una letanía de ellas, como es habitual en él. Sobre algunas de esas afirmaciones falsas, ya fue corregido en el pasado, pero él las ha vuelto a repetir, confirmando con su discurso que ciertamente nos encontramos en la era de la posverdad, donde la distinción entre la verdad y la mentira, la realidad y la ficción ha dejado de ser relevante. Atribuir este rasgo al carácter de Trump, entenderlo simplemente como manifestación de una patología sería un grave error, porque se trata de un uso estratégico de la mentira, y, por supuesto, de la carencia total de escrúpulos para ejecutarlo. C. Salmon recoge una cita del libro El arte de la negociación (1987), donde el propio Trump explica lo siguiente:
“Yo juego con la imaginación de la gente […] La gente quiere creer que algo es lo más grande, lo más importante y lo más espectacular. A eso lo llamo hipérbole verdadera. Es una exageración inocente, una forma eficaz de promoción”.
Obviamente, el sintagma “hipérbole verdadera” es un oxímoron, que viene a señalar justamente la irrelevancia del criterio de verdad. Solo hace falta repasar el discurso triunfal del presidente en el Capitolio el pasado martes para comprobar el papel fundamental de la mentira y el uso de la hipérbole por parte de un caudillo demiurgo que dice haber proclamado solemnemente la “edad de oro de los Estados Unidos”. Los consejeros de Trump han entendido perfectamente que el contenido es irrelevante, por eso el discurso del presidente puede calificarse de vacío. No hay una exposición de un proyecto de país, una estrategia política; sin embargo, hay un predominio muy marcado de la emocionalidad a través de actos de habla expresivos, directivos y compromisorios. No se trata de convencer racionalmente, sino de provocar adhesiones incondicionales, de seducir con promesas de gloria. Las razones han dejado paso a las creencias, que no son refutables, porque no se ajustan al criterio de la verdad, que ahora es irrelevante. A ello se refería Ortega y Gasset cuando afirmó que “las ideas se tienen, en las creencias se está”.
Los espectáculos sádicos del presidente tienen una funcionalidad clara; van dirigidos tanto a los adversarios, que resultan desafiados por quien ostenta un poder sin límites, como a los votantes a quienes da seguridad, certezas y un sentimiento de identidad aceptable.
Sin embargo, podríamos pensar que el desafío radical que lanza Trump, la impulsividad e imprevisibilidad de sus decisiones, sus caprichos de niño malcriado, las bromas de rey de carnaval con sus expresiones grotescas, esa búsqueda del escándalo permanente no pueden garantizar ningún tipo de estabilidad. Salmon se pregunta por qué la enorme inestabilidad que parece generar Trump conviene a los mercados; hemos de convenir en que jamás ha habido más multimillonarios en un gabinete. Lo cierto es que la inestabilidad política o social no hacen subir la cotización de las acciones ni las obligaciones, pero al acrecentarse su inestabilidad, contribuyen a aumentar el valor de las opciones. Estamos ante la expresión política de una lógica especuladora, según la cual “las situaciones extremas maximizan el rendimiento de las remuneraciones para quien asume unos riesgos fuera de toda medida”.
Ya lo sugirió Steve Bannon, la energía del caos es lo que revoluciona los acontecimientos.
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