Opinión
Una Europa que intenta no quedarse atrás

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
Tenemos de nuevo cumbre europea, esta vez en Chipre, que ostenta este semestre la presidencia rotatoria de la UE. En este Consejo Europeo, además de la coordinación institucional habitual de estas citas, quedará reflejado el sentir de una UE que comienza a asumir —con retraso y no sin resistencias— que su marco estratégico de las últimas décadas ha quedado obsoleto. Europa se quiere reconfigurar, sí, pero lo hace con paso renqueante, atrapada entre inercias del pasado, urgencias del presente y muchas dudas.
Uno de los debates que probablemente se abordarán tiene que ver con la activación y reinterpretación de la cláusula de defensa mutua recogida en el artículo 42.7 del Tratado de la UE. Hasta ahora, esta disposición ha sido poco más que un recurso simbólico, invocado en contextos muy concretos y sin una traducción operativa clara. Sin embargo, el deterioro del entorno de seguridad europeo —y, sobre todo, la creciente incertidumbre en torno al compromiso estadounidense— está obligando a reconsiderar su alcance.
Este giro no puede entenderse sin atender a la evolución de las relaciones transatlánticas. Durante décadas, la seguridad europea se ha construido sobre la premisa de un paraguas estadounidense incuestionable a través de la OTAN. Hoy, esa premisa se resquebraja cada vez más rápidamente, aunque a algunos les cueste aún darse cuenta. Esa ruptura no es desde luego explícita, más bien se va produciendo de manera gradual, erosionando progresivamente la confianza estratégica. Las declaraciones de figuras como Anders Fogh Rasmussen, exsecretario general de la OTAN, apuntando al “error estratégico” europeo de haber delegado en exceso su seguridad en Washington, cada vez encuentran más eco en varias capitales europeas.
Los europeos desde luego no van a cuestionar en su conjunto y frontalmente la alianza atlántica, lo hacen en forma de toma de conciencia tardía sobre la necesidad de que los europeos dejen de ser un actor de seguridad de segundo orden en su propio entorno geográfico. El Consejo de Chipre no va a producir una ruptura con Estados Unidos, pero sí puede consolidar un cambio de tono. La discusión sobre capacidades militares propias, financiación común de la defensa y coordinación estratégica adquiere ahora un carácter más urgente y menos retórico. Y ya sabemos lo importantes que son las palabras en política. Nombrar las cosas, cómo se nombren y cómo se comuniquen marcan la diferencia de actitud y de percepción.
En este contexto, y a pesar a que, desde España, se vea con lejanía, la guerra en Ucrania sigue siendo el principal factor catalizador para una mayoría de Estados europeos. La reciente ausencia de Viktor Orbán en momentos clave de negociación ha facilitado el desbloqueo de nuevos tramos de financiación europea para Kiev, sorteando así uno de los principales obstáculos políticos de los últimos meses. Este hecho, más que anecdótico, revela hasta qué punto la política europea sigue dependiendo de equilibrios frágiles y de dinámicas nacionales.
Pero más allá de la financiación inmediata, lo relevante es el horizonte que empieza a dibujarse para Ucrania. La propuesta impulsada por Francia y Alemania —todavía en fase embrionaria— apunta hacia algún tipo de encaje progresivo de Ucrania en las estructuras europeas, combinando garantías de seguridad, integración económica y, eventualmente, una perspectiva de adhesión. No es una hoja de ruta cerrada, pero sí un indicio de que la UE empieza a pensar en términos de largo plazo.
Sin embargo, este impulso convive con una realidad incómoda, la falta de consenso pleno entre los Estados miembros. Mientras algunos apuestan por acelerar la integración de Ucrania como parte de una estrategia geopolítica más amplia, otros temen las implicaciones económicas, institucionales y de seguridad de una ampliación precipitada. De nuevo, la UE avanza, pero lo hace a distintas velocidades, esta vez de manera mucho más clara.
Otro de los frentes que se reabre en Chipre es el relativo a la posición europea ante la guerra en Oriente Medio. La guerra que involucra a EEUU, Irán —con implicaciones regionales de gran alcance— y el papel de Israel han obligado a la UE a revisar una política tradicionalmente marcada por la ambigüedad y la cautela. En este punto, el impulso de España está siendo clave para situar el debate en la agenda del Consejo.
Lo que está en juego no es solo una posición diplomática puntual, sino la coherencia de la acción exterior europea. La UE ha defendido históricamente un orden internacional basado en normas, pero su capacidad para sostener ese discurso se ve cuestionada cuando aplica criterios diferentes según el contexto geopolítico. La discusión sobre Israel y la guerra con Irán, al igual que sucedió con Gaza, deja expuestas las contradicciones, la falta de coherencia y me atrevería a decir, de cinismo de manera particularmente visible.
Algunos Estados miembros, singularmente España, Irlanda y Eslovenia, abogan por una línea más crítica con Israel, a través de la petición de una ruptura o, al menos, suspensión, del acuerdo UE-Israel, algo a lo que otros estados como Alemania, se niegan queriendo mantener una posición más alineada con sus aliados tradicionales. La posibilidad de una posición común robusta es, en este sentido, incierta. Pero el simple hecho de que el debate se produzca ya indica un cambio en la sensibilidad europea. Por ser algo optimistas diría que alguna grieta se está comenzando a abrir.
En paralelo, la dimensión energética y de seguridad del Mediterráneo oriental —con Chipre como escenario— añade una capa adicional de complejidad. Las tensiones regionales, los intereses cruzados y la competencia por recursos energéticos convierten a esta región en un laboratorio de las contradicciones europeas: dependencia externa, fragmentación interna y ambición geopolítica limitada.
Así las cosas, lo que veamos en el Consejo de Chipre reflejará una UE en transición, que busca el sentido a su propia naturaleza, pero que se enfrenta a inmensas contradicciones a las cuáles históricamente le ha costado enfrentarse. No estamos ante una Europa que haya resuelto sus dilemas estratégicos, sino ante una que empieza a reconocerlos con mayor claridad. La revisión de la cláusula de defensa mutua, el replanteamiento de las relaciones transatlánticas, el apoyo a Ucrania y el debate sobre Oriente Medio son piezas de un mismo puzzle: el intento de redefinir el papel de Europa en un mundo más inestable.
Sin embargo, aquel que piense que este proceso será lineal, está muy equivocado. La UE sigue operando bajo la lógica del consenso, lo que limita su capacidad de reacción rápida y de la adopción de decisiones ambiciosas. Y si a todo ello sumamos los retrocesos en materia de calidad de las democracias en marcha todo se complica aún más. La reconfiguración está en marcha, sí, pero avanza entre tensiones, contradicciones y equilibrios precarios.
Quizá la imagen más precisa de este momento no sea la de una Europa que lidera, sino la de una Europa que intenta no quedarse atrás. Y en ese esfuerzo, el Consejo de Chipre no será tanto un punto de llegada como una estación más en un trayecto aún incierto.
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