Opinión
Eurovisión y las estatuas suicidas de Occidente

Por Marga Ferré
Presidenta de Transform Europe
"Aunque la UER sean unos cabrones que no saben poner límites a los criminales de guerra, nosotros no tenemos por qué ser unos cabrones". — Björk, sobre Eurovisión
"Israel ha matado Eurovisión", me dice, algo triste, un periodista experto en el evento musical. Y dándole la razón, añado: bueno, también se han suicidado solos. Su reflexión me lleva a pensar que la correcta decisión de RTVE de no participar en el certamen está más acorde con las disputas de nuestro tiempo, que nos quita las telarañas de unas instituciones culturales que otrora daban brillo a la hegemonía cultural de "Occidente", hoy con osteoporosis, llenita de agujeros. Veo la corrupción política y moral de Eurovisión como el último capítulo de esta historia de decadencia cultural.
Pienso en los antaño reputados Premios Nobel de la Paz, hoy convertidos en una mofa de lo que fueron a base de otorgarlo a personajes ridículos, y me concederán que estoy siendo elegante, porque lo de darle el Nobel de la Paz a María Corina Machado fue grotesco. Como grotesco fue el puñetazo que Will Smith le dio presentador de los Óscar en directo, destrozando con su guantazo no solo la cara de Chris Rock, sino el glamur de un evento que pretendía mantener el esplendor de un Hollywood en decadencia. Coincidirán conmigo en que hoy los Óscar son más una pasarela de alta costura que un certamen serio.
Eurovisión no, era un festival que creció en alegría y popularidad. Una idea preciosa, un concurso de canciones en nuestro continente muy divertido y entretenido; Eurovisión molaba mucho, tanto, que lo tuvieron que destrozar. Lo que Israel ha hecho con Eurovisión es peor que la compra de votos, es utilizar la alegría compartida de un festival de música para comprar conciencias, para blanquear, para negar su genocidio; que la Unión Europea de Radiodifusión lo acepte, como dice Björk, no puede convertirnos a todos en cómplices, que es, explícitamente, la idea subyacente.
El 'soft power' ha muerto
Hasta hace pocos años, el soft power de los EEUU (Israel es un suplemento de EEUU, aunque hay quien argumenta que es al revés) se revelaba a través de su absoluta hegemonía cultural y su enorme influencia. Me gusta mucho, por acertada, la definición del poder blando que hizo el politólogo Nye, por, además, venir muy al caso: describe el soft power como la habilidad de un país para obtener resultados deseados haciendo que otros quieran seguirlos, mediante la admiración y el respeto, en lugar de la manipulación o coacción. Si hacemos caso a esta definición, parece ser que las élites occidentales ya han pasado al plan b, lo que explica el deterioro de las instituciones culturales que crearon para mantener ese poder blando, hoy en caída libre.
Si pocos años atrás hablábamos de cómo el movimiento decolonial estaba derribando estatuas de esclavistas, genocidas o racistas como gesto de reparación y reconstrucción de símbolos ya no admirables, se me antoja que, hoy, esas estatuas se están suicidando solas.
En la era Trump, y como reacción a un mundo que ya no ve a Occidente con admiración y respeto (razones no faltan), las élites occidentales han optado por imponer, comprar o manipular Eurovisión, los Nobel, los medios y las redes… en una constatación oficial de que el soft power ha muerto. Entramos en la era del hard power, parecen querernos decir. Un poder duro que, siguiendo con la definición de Nye, es el que utiliza la coerción a través de la fuerza militar o las sanciones económicas. ¿Les suena?
Ética y estética
RTVE ha tomado la decisión correcta y en el lado correcto de la historia. Como país, ya lo hicimos en otra ocasión, en aquellas Olimpiadas de la Vergüenza que Hitler organizó a mayor gloria del Reich. En ese entonces muchos se quejaron, pero pocos boicotearon, algo que los nazis aprovecharon para blanquear su criminal régimen. En 1936, solo la República Española se negó a participar; hoy no estamos solos: Países Bajos, Irlanda, Eslovenia, muy probablemente Islandia (y vendrán más) seremos la conciencia incómoda de los que no podemos ver un festival de música como si Israel no hubiesen matado de hambre a niños en Gaza.
Banalizar el mal no tiene nada de divertido.
Creo firmemente que la opinión y el arte han de ser libres, pero eso no significa que no estén sujetos a crítica. Es ingenuo creer que, en condiciones en las que el mercado rige, el arte es totalmente libre: hace falta mucho dinero para hacer películas o series o festivales de música, es decir, el arte refleja también las formas de dominación y lo consigue a través de uno de los mayores logros del capitalismo en el siglo XX: la separación entre ética y estética.
Algo así debió pensar Adorno cuando en 1949 escribió su famosa frase "no es posible escribir poesía después de Auschwitz", una apelación a que no se puede separar ética y estética frente a lo atroz. Adorno no nos decía que fuera imposible hacer arte frente a una tragedia, sino que denunciaba, con su célebre sentencia, que no se criticasen las expresiones artísticas que pretenden actuar como un bálsamo, embellecer o borrar la barbarie. O lo que es lo mismo, perdonarla, que es, en el fondo, lo que busca el régimen israelí frente a la multitudinaria audiencia de Eurovisión.
Los y las palestinas merecen que no les dejemos hacerlo. Defiendo el paso dado por RTVE y no lo hago solo por solidaridad con las víctimas del presente, sino porque es un gesto que denuncia la manipulación cultural de la barbarie y, al hacerlo, profundiza caminos en una nueva época, un siglo XXI que ya está aquí y construido con muchos y muchas, en la que ética y estética se conjuguen en la misma frase y en la que los genocidas no puedan bailar.
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