Borbolandia
El compromiso de los difuntos

Periodista y escritora
La estúpida IA, esa que aparece como primera entrada en Google para responder cualquier cosa que se haya consultado y que los más vagos no pasen de ahí, dice que el 1 de noviembre de 2003 se anunció el compromiso del príncipe Felipe de Borbón, "marcando un hito al ser Letizia una periodista divorciada, lo que modernizó la monarquía española".
Lo primero que viene a la cabeza es que la IA es gilipollas, porque la monarquía española, y en realidad cualquier monarquía, es imposible de modernizar. Puedes darles capitas de pintura para que vayan aguantando el tirón, pero es una institución desfasada que sostiene a gente que nadie necesita. Podría haber añadido la IA que la divorciada también había recurrido al aborto voluntario, tal y como contó David Rocasolano, encargado de hacer desaparecer el expediente médico, porque con ello habría convertido la monarquía española en pura vanguardia.
Nada ni nadie puede modernizar la monarquía. Sería como pretender modernizar un Ford-T de 1923. Puedes conseguir que siga circulando en circuitos exclusivos, que luzca brillante para su exhibición como reliquia de otro tiempo y que sea admirado como curiosidad añeja, pero no sirve para nada más. No tiene utilidad.
Y la segunda reflexión tras leer la gilipollez de la IA es preguntarse a quién demonios se le ocurre anunciar un compromiso en plena festividad de Santos y Difuntos. El matrimonio nació muerto.
Cuentan algunas malas lenguas bien informadas de Patrimonio Nacional que allá por 2003, cuando ya estaba apalabrado, prometido o adjudicado (las mismas malas lenguas no pueden confirmar este extremo porque solo se lo comunicaron de palabra) el presupuesto necesario para arreglar las deterioradas cubiertas del Palacio Real de Aranjuez, el dinero se esfumó. Pufff… desapareció. Nunca más se supo.
Felipe y Letizia nos engañaron. El borbón lo lleva en su naturaleza, pero resultó sorprendente la soltura con la que se subió al carro del juego sucio la nieta del taxista republicano Paco Rocasolano.
Las mismas malas lenguas, verdaderamente preocupadas y ocupadas en el patrimonio nacional español más que en el servilismo decimonónico al borbón que impera en ese organismo por parte de gran parte del personal, achinaron los ojos y se pusieron a sospechar. Qué extraña coincidencia que muy poco después se anunciara el compromiso del príncipe Felipe con una que salía en la tele y se necesitara rascar fondos de todas partes para financiar la boda. Los expertos en estos asuntos han calculado que costó entre 20 y 40 millones de euros, aunque desconocemos el presupuesto exacto pese a que se utilizaron caudales públicos. Nos torearon como quisieron para vendernos a esta pareja que -ellos no lo sabían- hacía aguas antes de empezar. Pero bien que nos sangraron, además de torearnos.
Y también nos mintieron. Felipe y Letizia nos engañaron. Y si eran unos embusteros cuando eran príncipes, qué esperar ahora que son reyes. El borbón lo lleva en su naturaleza, pero resultó sorprendente la soltura con la que se subió al carro del juego sucio la nieta del taxista republicano Paco Rocasolano.
En aquel mayo de 2004, el de la costosa boda en la que lo más reseñable fue el cebollón que se agarró Ernesto de Hannover y la hostia que le calzó el taxista a su exyerno Jesús Ortiz porque se la tenía jurada, la ya experiodista Letizia guardó su ética y sus principios en un cajón, lo cerró bajo siete vueltas de llave y no lo ha vuelto a abrir. Tanta ansia tenía por pisar moqueta en la Zarzuela y lucir tiaras y demás joyas de la corona, que hasta convenció a su primo, el abogado David Rocasolano, para que hiciera desaparecer la documentación de su interrupción voluntaria del embarazo en la clínica Dator de Madrid. La pareja príncipe-plebeya tenía que evitar que sus católicas majestades se enteraran y que Rouco Varela la excomulgara. Una actitud la suya, más que vergonzosa, hipócrita y cobarde, pero sobre todo ofensiva para las mujeres de este país que tanto han luchado por ese derecho a abortar legalmente. Intentar borrar esa huella, como si fuera un delito, avergonzada por haber ejercido un derecho, y aprovechándose de su futuro papel como princesa para presionar a su pariente dice todo de su catadura moral.
Al que no pudo hacer desaparecer Letizia de Almendralejo fue a su exmarido, Alonso Guerrero, y tampoco pudo destruir la documentación de su divorcio, pero, de haber podido, capaz hubiera sido de reconstruirse el himen para convencer a Rouco y a sus suegros de que estaba soltera y entera. Lo que fuera con tal de trincar al príncipe, pillar trono y pasar por católica obediente, aunque no diferencie santiguarse de persignarse.
Plebeya, nieta de un taxista que luchó por la República mientras los borbones apoyaban el golpe de Estado desde el exilio, hija de una sindicalista, divorciada, con "la mancha" de un aborto voluntario, periodista… irreverente y atea, aseguran quienes la trataron en su etapa extremeña… Qué podría salir mal, se preguntaban en la Zarzuela con voz entrecortada. Pues todo, todo salió mal porque sabían que estaban metiendo a la zorra en el gallinero, y no porque fuera a trabajar por la República desde dentro (eso lo hace magníficamente bien Froilán), sino porque quería ser gallina, aunque el resto del corral la caló desde el principio.
Si metes a una plebeya en palacio tarde o temprano te la va a liar, y ni siquiera va a ser útil para refrescar el ADN de tanta endogamia. Para depurarlo se necesitarían décadas de las que, esperemos, la corona no disponga
Si Carlos III se sacó de la manga en 1776 la "Pragmática Sanción para evitar el abuso de contraer matrimonios desiguales" –ley dinástica de los borbones aún en vigor que prohíbe los matrimonios morganáticos y que por primera vez en dos siglos y medio se han saltado con la Ortiz por el ultimátum que dio Felipe a sus padres– fue para evitar lo que ha ocurrido; porque si metes a una plebeya en palacio tarde o temprano te la va a liar, y ni siquiera va a ser útil para refrescar el ADN de tanta endogamia. Para depurarlo se necesitarían décadas de las que, esperemos, la corona no disponga.
Morganático es el matrimonio contraído entre un príncipe y una mujer de linaje inferior. O sea, el de Felipe y Letizia lo es, y esa misma ley dinástica dice que de empeñarse el príncipe en desposar a una exrepublicana, estaría obligado a renunciar a sus derechos sucesorios y los hijos habidos de ese matrimonio no podrían llevar el apellido Borbón.
Como Felipe, que nunca ha tenido buen tino con las novias y a todas se las echaban abajo en la Casa de Su Majestad el Rey por su condición de plebeyas o frescales, se plantó porque estaba harto de ser un catacaldos, Juan Carlos y Sofía no tuvieron más remedio que aceptar a regañadientes a la periodista, pero confiando en que, dada la desidia española, nadie repararía en que era un matrimonio morganático. Bien es cierto que los borbones se hacen trampas al solitario y que, puesto que es una ley de ellos y para ellos, ellos se la pueden saltar cuando les salga de su corona morena.
La novedad reside en que nunca se la habían saltado en 250 años, y el que pretendió hacer lo mismo que Felipe, el príncipe de Asturias Alfonso, primogénito de Alfonso XIII, fue apeado de la sucesión en 1933 porque se empeñó en casarse con una plebeya cubana. A Jaime, el segundogénito, lo obligaron a hacer un matrimonio morganático en 1935 con Emmanuela Dampierre para apearle también automáticamente de la sucesión debido a su sordera, y a Juan de Borbón lo casaron deprisa y corriendo, también en 1935, con María de las Mercedes de Borbón y Orleáns para asegurar un matrimonio de acuerdo con la ley dinástica y evitar uno morganático, porque Juan manejaba mujeres a cuatro manos y podría liarla en cualquier momento.
Acabaron cayendo en la cuenta de que, al fin y al cabo, la ley dinástica la parieron los borbones, afecta solo a los borbones y los borbones se la pueden saltar cuando les venga bien. Y había llegado el momento de saltársela.
Y qué decir de Juan Carlos y Sofía, que llevan mintiendo años diciendo esa memez de que se enamoraron en la boda de los Duques de Kent en 1961. No se lo creen ni ellos. Su matrimonio se forzó, como se forzó el de Juan, para hacer las cosas como corresponde en la Casa de Borbón. Tanto Juan como Juan Carlos siguieron con sus novias, y los dos tenían unas cuantas al retortero. Como dijo alguien, les gustaban todas menos las suyas. Este apartado cotilla de bodas y casorios borbónicos tendrá su conveniente desarrollo en futuras entregas, porque a lo que vamos con la de hoy es a que Sofía y Juan Carlos exigieron a su hijo que se ajustara a la ley dinástica que prohíbe los matrimonios morganáticos. Si nosotros tuvimos que tragar, tú tragas también, Felipe… hijo.
Pero finalmente no les quedó otra, porque dijeron… si Felipe se casa con la plebeya Ortiz tendrá que renunciar a la sucesión, pero, si no se casa, amenaza con renunciar. Estamos jodidos de cualquiera de las maneras, porque la siguiente en la línea es Elena, y ahí sí que la pifiamos del todo porque detrás vendría Froilán. Pero acabaron cayendo en la cuenta de que, al fin y al cabo, la ley dinástica la parieron los borbones, afecta solo a los borbones y los borbones se la pueden saltar cuando les venga bien. Y había llegado el momento de saltársela. El príncipe se casó con la exrepublicana y ni fueron felices ni comieron perdices.
Sabían que la iba a liar. Y la lio, aunque hay que reconocerle a la Ortiz que su capacidad de adaptación a los chanchullos de la Casa del Rey fue prodigiosa. Antes de la boda, cuando todavía ni era miembro de la familia real, ya exhibió feas maneras convenciendo a su primo hermano para que hiciera desaparecer el expediente de su aborto, y cuando ya entró en nómina, participando de la mentira y haciéndonos creer que su luna de miel iba a ser modesta y nacional, porque, como indicaron desde La Zarzuela, "pocos países pueden ofrecer riquezas en su patrimonio como España". Así se tragó la prensa que el príncipe y la plebeya habían optado por una gira española, que rematarían con la asistencia a un compromiso social en Jordania, con vuelta en camello incluida, acudiendo a la boda del príncipe Hamzah y la princesa Noor.
Ahí estuvo el giro de guion para cambiar el rumbo y dejarnos aquí comiéndonos el engaño de que la pareja era tan española y sobria que su luna de miel había sido culturalmente intensa (Casas Colgadas en Cuenca, el castillo de Olite en Navarra, algún monasterio en Sos del Rey Católico…), convenientemente devota (en Zaragoza, cómo no, con visita a la estatuilla que tienen encima de un pilar) más algún que otro pequeño dispendio en San Sebastián cenando en Arzak o alojándose en los patrióticos Paradores Nacionales a 200 euros la noche.
"Disfrutando España", respondía Ortiz cuando le preguntaban los distintos periodistas a lo largo de su españolísimo recorrido, mientras la pareja se rebozaba en masas de cortesanos que se acercaban a curiosear. Hartos estarían, y lo entiendo, de andar de acá para allá saludando al vulgo fanático y visitando sitios que no les apetecían un mojón solo por seguir la hoja de ruta que se diseñó desde la Zarzuela. Porque eso ni era luna de miel ni era nada. Era solo una pose, un artificio para dar contenido a la prensa simplona y a la simplona plebe. Con lo fácil y honesto que hubiera sido salir por pies al día siguiente de la boda y largarse a donde se largaría cualquier pareja decente de recién casados. Cancún, Lanzarote, Bali… o Islandia, a ver géiseres.
Felipe y la Ortiz anduvieron tres semanas desaparecidos por Camboya, Fiji, Samoa, California, México… pero volvieron con cara de haber estado en Albacete y la nariz más larga que Pinocho.
Pero no, optaron por mentir para que descubriéramos 16 años después y gracias a la prensa extranjera que se fueron a escondidas, con nombres falsos (señor y señora Smith… ¿en serio?) y aceptando una regalía de medio millón de euros del empresario y armador José Cusí, amigo (testaferro, dicen por ahí) del bribón Juan Carlos. ¿Es posible que en esos cinco lustros transcurridos entre 2004 y 2020 hubiera presuntos periodistas que conocían el dato de la carísima luna de miel secreta financiada por Cusí y permitieron que lo leyéramos en The Telegraph? Estoy segura, pero así son los periodistas vasallos.
Felipe y la Ortiz anduvieron tres semanas desaparecidos por Camboya, Fiji, Samoa, California, México… pero volvieron con cara de haber estado en Albacete y la nariz más larga que Pinocho. Eso sí, en 2014, cuando Felipe se encajó en el trono y la Ortiz se vio en su salsa, el nuevo rey aprobó un código de conducta en la casa real mediante el cual a partir de ese momento se rechazaría "cualquier regalo, favor o servicio en condiciones ventajosas que vaya más allá de los usos habituales, sociales y de cortesía". Todavía no había salido a la luz la luna de miel del medio millón de euros, pero sí dedujeron que la veda de los borbones estaba abierta y había que tensar los glúteos por lo que pudiera venir.
No he leído, ni se me ocurre, el infame libro del suegro de Letizia, porque los analistas que lo han hecho ya nos han dado suficientes datos, nos han facilitado resúmenes y reproducido párrafos enteros. Todos los críticos concluyen que debería estar en la sección de fiicción de las librerías, y que, sencillamente, Juan Carlos es un mentiroso. Por supuesto, tampoco voy a leer las simplezas que el exconvicto Urdangarin, otro plebeyo que la ha liado bien, como también la lio Marichalar, habrá volcado en su libro al que le se está dado tanta cobertura mediática y que espero fracase estrepitosamente.
No tuvo la misma suerte con la promoción y la atención de la prensa un libro muchísimo más interesante, increíblemente jugoso y muy esclarecedor: Adiós, princesa, de editorial Foca y escrito por David Rocasolano, primo hermano de Letizia. Un libro repleto de verdades al que casi todos los medios evitaron dar publicidad, por los ruegos desde la Zarzuela y por la presión de los periodistas voceros. Esos mismos medios han preferido centrarse en la mentira de Juan Carlos antes que en la verdad sobre Letizia.
Reproduzco parte de la descripción del libro para entender por qué los periodistas y los medios apretaron el culillo y miraron para otro lado: "Adiós, princesa es la historia del choque de un gran tren expreso, los borbones, contra una modesta caravana de gitanos, los Ortiz-Rocasolano. Nos han arrollado y ni siquiera se han preocupado de mirar hacia atrás. Érika está muerta y los demás nos hemos quedado solos y mutilados. Por eso escribo esto…". Lean, lean…
Carlos III lo sabía. En las familias reales no tienen cabida los plebeyos. Son bombas de relojería.


Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.