borbolandia
Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros

Periodista y escritora
-Actualizado a
Hubo un rey godo llamado Teodorico, que habitó allá por el norte de Italia en el siglo V, que tenía entre sus ministros a uno católico. Y este ministro, por agradar a su rey, abandonó el catolicismo y se hizo arriano, como su señor. Teodorico se enteró y ordenó ejecutarlo de inmediato. Cuando le preguntaron por qué tomó semejante decisión si el ministro lo hizo con su mejor intención, por agradarle, el rey contestó: "Si ha sido capaz de traicionar a su dios, no tardará mucho en traicionarme a mí".
Hasta donde sé no se conoce una sola reina contemporánea a la que le hayan exigido cambiar o sumarse a una secta si quería encajarse en un trono que haya dudado ni un nanosegundo. La rubísima sudafricana Charlene le dio un empujón al protestantismo y abrazó con fervor inusitado el catolicismo para empadronarse en el Principado de Mónaco. Casi aprendió a entrar en éxtasis cuando acudía a una audiencia con el papa Paco. La australiana Mary y la francesa Marie renegaron con soltura de sus dioses presbiteriano y católico y se hicieron luteranas para trincar a los dos hijos de la reina de Dinamarca, los príncipes Federico y Joaquín. Federico ahora ya es rey del país y su querida consorte Mary parece que lleva los cuernos con la dignidad propia de las reinas. La argentina Máxima, sin embargo, se mantuvo como socia en el club católico porque no se le exigió hacerse protestante para casarse con el príncipe Guillermo, hoy rey de los Países Bajos. Aunque estoy por apostar que lo habría hecho sin titubear si se lo hubieran puesto como condición.
Este país ha sufrido en su etapa contemporánea a tres reinas que, por contentar a su señor y para pillar cargo de consorte, traicionaron a su dios. Las tres abrazaron con todo el disimulo que pudieron el catolicismo, porque se sabían unas hipócritas y sentían que con semejante acto se estaban ganando el desprecio de los abandonados correligionarios. La peor de las tres es la que ni siquiera tenía deidad a la que renunciar porque no era creyente y solo se traicionó a sí misma. Hay malas lenguas por ahí sueltas que dicen guardar recuerdo de ella cagándose en dios en ambientes distendidos con antiguos conocidos de su anterior vida. En el pecado lleva su penitencia.
Con la muerte de Irene de Grecia muchos se habrán percatado de que los medios de comunicación nos han librado de parafernalias funerarias católicas porque, sencillamente, no las hubo. A la tía Pecu la despidieron al estilo ortodoxo, su supuesta religión oficial, porque ella nunca tuvo la necesidad de quitarse esa etiqueta. Su hermana Sofía, la que traicionó a su dios en 1962, sí tuvo que hacerlo. Renegar, abjurar para casarse con el gamberro del infante Juanito, "el chico de los Barcelona". Sofía dio la espalda a su dios ortodoxo para irse con el católico con la esperanza de que el dictador asesino que tenía todo atado y bien atado ascendiera a príncipe de chichinabo a su marido y luego el mismo fascista nos dejara a la pareja empadronada en la Zarzuela para vivir como reyes.
Sofía y Juan Carlos se casaron aquel 14 de mayo de 1962 cuatro veces. Se celebraron dos bodas civiles para los registros de España y Grecia, y otras dos religiosas, una católica y otra ortodoxa. Corriendo de una catedral a otra anduvieron aquella mañana, primero dando el sí quiero delante de un chamán católico con gorrito terminado en pico y luego jurando que se iban a aguantar hasta que la muerte los separe frente a otro hechicero ortodoxo con gorro redondito.
Ese fue el acuerdo: Franco y el papa Juan XXIII autorizarían la boda del infante católico Juanito con una hereje griega ortodoxa solo con la condición de que inmediatamente después de las bodas de cara a la galería, Sofía renegara de su religión.
A punto estuvo de irse el acuerdo matrimonial al garete en varias ocasiones porque el gobierno griego puso el grito en el cielo. De ninguna manera iba a permitir que una miembro de la familia real insultara a todos los ciudadanos renegando en territorio nacional de la religión oficial de su país. Si esa traidora iba a abandonar la fe ortodoxa, que lo hiciera fuera del país. Y así se hizo.
Antes de iniciar su luna de miel en la que darían la vuelta al mundo, Juanito y Sofi se dieron un garbeo por el Mediterráneo en el majestuoso velero "Creole" que puso a su disposición el armador Stavros Niarchos. Y fue ahí, a bordo, en cuanto abandonaron territorio griego y antes de desembarcar, cuando Sofía renegó de su secta ortodoxa y se apuntó a la católica. El acto fue privado y discreto. Solo tuvo que soltar unas frases hechas llamando herejes a los que eran sus colegas de fe hasta un minuto antes. Firmó delante del arzobispo católico de Atenas y ya tuvimos a Franco contento, a Juan XXIII satisfecho y a una hipócrita más en nómina.
Sofía pudo traicionar a los suyos en privado y con discreción, pero la británica Victoria Eugenia no tuvo la misma suerte cuando se vio obligada a mandar a los anglicanos a hacer gárgaras para abrazar con disimulado entusiasmo el catolicismo si quería casarse con Alfonso XIII. También en el pecado llevo su penitencia.
El 7 de marzo de 1906, la nieta favorita de la reina Victoria de Inglaterra andaba por San Sebastián sin sospechar que estaba a punto de pasar una de las mayores vergüenzas de su vida. Allí tenía que abjurar de su religión, abrazar el catolicismo y bautizarse. Esa era la condición para poder casarse con el rey de España Alfonso XIII e ingresar en el club de sus católicas majestades. Rogó la ilusa Ena, suplicó, que la ceremonia fuera muy muy íntima, y muy muy discreta.
Claro que sí, guapi… y le montaron un fiestón a lo donostiarra para que se enterara de aquella abjuración hasta el Tato.
¿Qué razón podría haber por parte de la familia real española para no respetar el bautismo en privado de la futura reina de España? Pues no hace falta pensar mucho: para presentarlo como un triunfo católico y regodearse en la humillación anglicana.
No hay quien entienda las estúpidas broncas de estas gentes y sus distintas sectas. Si un dios se llamara Manolo y otro Federico se entendería, pero se supone que el tipo de barba blanca con un ojo dentro de un triángulo es el mismo para todos los cristianos. Anglicanos, luteranos, católicos, calvinistas, ortodoxos, presbiterianos, baptistas, evangélicos… ¿Por qué discuten? ¿Por qué cada vez que se hacen apaños matrimoniales entre esta fauna real uno de los novios tiene que andar borrándose de su club para apuntarse al otro?
La futura reina de España, si de verdad quería serlo, se avino a leer lo siguiente delante de todos los invitados a la ceremonia de abjuración: "Yo, Victoria Eugenia de Battenberg, teniendo delante de mis ojos los Santos Evangelios, que con mi mano toco, y reconociendo que nadie puede salvarse sin la fe que la santa Iglesia, católica, apostólica y romana mantiene, cree y enseña, contra la cual yo siento grandemente haber faltado por haber sostenido y creído doctrinas contrarias a sus enseñanzas".
Si reconocía que nadie puede salvarse fuera del catolicismo… ¿en qué lugar dejaba a sus compatriotas británicos y a sus parientes, incluido el rey de Inglaterra? Pues los dejaba como un trapo. Si ella tuvo que reconocer y arrepentirse públicamente de "sus errores y herejías" por haber sido anglicana, a la vez estaba llamando herejes a los británicos y especialmente a su tío el rey de Inglaterra, Eduardo VII, cabeza de la Iglesia, y a toda la familia real británica.
Esta abjuración y el bautismo trajo mucha cola. En Londres lo más bonito que llamaron a Ena fue "traidora renegada", y la que por entonces era princesa de Gales, María de Teck, fue demoledora: "Yo no creo que hubiese podido decir esas palabras por amor a un hombre. La mayor parte de Inglaterra está en armas contra la boda".
Tuvieron que hacer muchas trampas para encajar a la nena como reina de España. Las trampas morales eran lo de menos porque las casas reales no tienen moral ni nadie que se la ponga, mucho menos con sus religiones, pero políticamente tuvieron que hacer varios apaños. Por un lado, el rey Eduardo VII tuvo que trabajarse mucho al arzobispo de Canterbury para que dejara de arrugar el morro, y, políticamente, sudó lo suyo para convencer al establishment de que el hecho de que la niña se casara con un rey católico de un país cateto y muy inferior, ello no significaba una claudicación. A final hicieron un par de trampas más para saltarse la estricta ley británica de Matrimonios Reales de 1772, y hala, de boda. Yo creo que estaban deseando deshacerse de la niña donde fuera y a costa de lo que fuera.
La ceremonia se celebró en la capilla del Palacio de Miramar, situado en esa magnífica atalaya entre las playas de La Concha y Ondarreta, pero el acto no podía circunscribirse a la intimidad del recinto real. De aquello tenía que enterarse todo dios. Engalanaron San Sebastián de la cabeza a los pies; calles y balcones adornados, bandas de música por las calles, cohetes, chupinazos, la plebe jaleando a la nueva católica, una salva de 21 cañonazos para celebrar la conversión… Mientras, en la capilla del palacio de Miramar, 27 personas fueron testigos de aquella ceremonia con tres obispos que Victoria Eugenia ni olvidó ni perdonó.
Usó para la ceremonia de la abjuración y posterior bautizo palangana de oro y concha de oro para regar con agüita la nuca de aquella muchacha que entró siendo Victoria Eugenie Julia Ena de Battenberg y salió siendo Victoria Eugenia Cristina. Vestida de blanco impoluto con collar de perlas, fue absuelta de la excomunión por haber sido anglicana, mientras su novio Alfonso contemplaba el triunfo católico luciendo uniforme de gala de los Húsares de la Princesa con distintivo de capitán general (nunca he entendido por qué llevan la casaca medio colgando de un hombro y sin meter los brazos en sus correspondientes mangas).
La cosa no terminó con el paripé del bautizo. Faltaba al día siguiente, en la misma capilla y con el mismo obispo de las chapitas, tomar la primera comunión. ¿No quieres caldo? Pues dos tazas.
Y después de tanto lío y tanto cambio de dioses, para que luego Alfonso le saliera, como era de prever, mujeriego, bandarra y playboy. Por otra parte, como toda católica majestad que se precie. Victoria Eugenia se arrepintió, ya mayorcita, de haber abjurado de su religión porque siempre creyó que todas sus desgracias llegaron por haber renegado de su verdadera fe, que nunca fue fe ni mucho menos verdadera: bombazo en la boda, marido canalla, hemofilia, la muerte de dos hijos, el exilio…
Pero no se apiaden. Solo era postureo. Primero, porque la hemofilia la hubiera transmitido fuera católica, anglicana o mormona. Y segundo, porque lo que en realidad le hizo arrepentirse fue que no aceptaran su regreso a Inglaterra tras su separación de Alfonso XIII. Era una católica traidora que capaz habría sido de volver a cambiar de dios, pero los británicos no le iban a dar esa oportunidad. Ella hubiera querido volver a Londres, pero tuvo que quedarse en Suiza, y lo decía como si hubiera tenido que quedarse viviendo en una chabola comiendo sopas de pan.
Victoria Eugenia reconoció que su abjuración fue un error, porque ir cambiando de dios tiene sus consecuencias; no por dios, que este no hace nada, sino por lo que hacen los que se lo inventaron. Dijo ella: "Los ingleses me criticaron por hacerme católica y los españoles no creyeron que fuera sincera". Pues ya, hija… es lo que tiene ser una veleta.
Lo mismo también el dios ortodoxo griego ha castigado a la exreina Sofia con otro marido playboy por haber renegado para casarse con el católico Juanito. Debe ser que tienen unos dioses que gastan muy mala leche y castigan mucho.
Todas han acabado llevando en sus pecados, sus penitencias. Hasta la que se cagaba en dios años atrás, con antiguas amistades de otros ámbitos, y acabó doblando la cerviz y besando los anillos de arzobispos.
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