Opinión
La extrema delgadez, ¿una cuestión gorda?
Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
El anuncio de la retirada temporal de Ariana Grande de los escenarios, debido al intenso escrutinio público que sufre por su físico, es el último y más revelador ejemplo sobre cómo el juicio a los cuerpos ajenos trastoca vidas, incluso las de quienes están en lo más alto de la pirámide social. Por mucho que su profesión consista en ponerse constantemente delante de la mirada de millones de personas, nadie sale indemne de constatar una y otra vez que su fisionomía es el centro de un debate furibundo, en el que el estado de salud de la susodicha es puesto en cuestión, como si la presión sobre una persona supuestamente enferma fuera a ayudar a que se recuperara.
Aunque encarne el extremo contrario, los comentarios que la cantante está recibiendo en los últimos tiempos –tildándola de enferma, de inconsciente y de estar promoviendo un modelo corporal insano para todo aquel que se cruce con su imagen– son idénticos a los que recibimos las personas gordas por el mero hecho de existir y de dejarnos ver. Especialmente en el caso de las mujeres, sobre las que se añade la severidad de la inescapable lente de aumento de la mirada patriarcal.
Por eso, el debate en torno a casos como el de Ariana Grande nos remueve tanto a quienes intentamos sumarnos a la construcción de un discurso gordo. Sería ridículo afirmar que una persona delgada, aun en grado extremo, participa de las estructuras discriminatorias a las que los cuerpos gordos se enfrentan a diario, pero lo cierto es que la presión estética ejercida en ambos casos es impulsada por los mismos motores. Aunque resulte contradictorio, en un mundo que promueve la delgadez como un éxito y una virtud moral, la delgadez extrema también se sale de la norma.
El primer impulso de cualquier persona gorda ante esto sería responder: ¿qué esperabais? Independientemente de nuestro tamaño, vivimos asediados por la insatisfacción corporal, sometidos a la idea de que el físico siempre puede y debe ser mejorado. Nuestra alimentación y nuestros movimientos son sometidos a un riguroso escrutinio, siempre a la zaga de la última novedad o consejo, sea el ayuno intermitente, las burpees a las cinco de la mañana, el pan con proteínas, la alimentación paleolítica o cinco mil pasos más. Sea como sea nuestro cuerpo y nuestra vida, la persecución de la delgadez siempre puede ir un paso más allá.
Resulta desquiciante que esta coacción social, que imprime sobre todo en las mujeres la necesidad de intervenir su fisionomía cueste lo que cueste, sea la misma que decide que algunas de ellas han llegado demasiado lejos. Como ocurre con las personas gordas, el señalamiento a ciertos cuerpos se disfraza de preocupación por la salud, para aislar los casos de manera individual y no abrir un debate mayor. De este modo, los mecanismos de esa presión no son cuestionados, aunque quede claro que la salud no es el resultado de ejecutarlos hasta el final. Así el problema es de Ariana Grande, y no de todos nosotros.
El activismo gordo está cansado de explicar –junto a la ciencia no subvencionada por las industrias farmacéutica y alimentaria– que generar insatisfacción sobre el propio cuerpo nunca deriva en una mejor salud. Si la cantante estadounidense efectivamente padece un trastorno de la conducta alimentaria, este no va a desaparecer porque el mundo censure sus consecuencias. Ningún proceso de curación se alimenta del desprecio hacia aquello que pretende mejorar; nadie cuida su cuerpo si lo odia.
Más allá del estado de una persona en concreto, el impacto de comprobar los efectos más agudos de la presión estética debería abrir un debate profundo sobre la relación con nuestro cuerpo y con los cuerpos ajenos. Cómo no va a existir gente obsesionada hasta lo enfermizo si se sigue promoviendo la idea de que engordar es básicamente lo peor que le puede pasar a alguien, y de que la delgadez bien merece renunciar a una relación sana con la comida, a través incluso de una medicación crónica. Casos como el que nos ocupa no son un fallo en el sistema, sino el resultado obvio de hasta qué punto funciona.
Acotar la salud y bienestar humanos a un rango de peso no solo es reduccionista, sino también peligroso. No hay un tamaño que sea automáticamente sinónimo de enfermedad, porque ni lo sano de un cuerpo se ve en un primer vistazo ni lo insano tiene siempre la misma forma. E incluso cuando el físico de una persona se ve comprometido por un trastorno o enfermedad, apuntar el índice hacia ella una y otra vez no va a ayudar en absoluto a su recuperación.
Nada aumenta más la salud de un cuerpo que una relación de amabilidad y cuidado de la persona que lo habita; pero salud no equivale a delgadez, ni a una forma y tamaño concretos. Como los estudios no dejan de demostrar, los humanos tenemos una capacidad muy limitada de intervenir sobre el peso de nuestro cuerpo, y mucho menos de una manera saludable y sostenida en el tiempo. Aunque para muchas personas esta sea la peor de las noticias, aceptarla es la puerta de entrada a la búsqueda de un equilibrio verdadero entre nuestras partes física y mental.
Y a ese respecto, el activismo gordo puede ser el mejor aliado para cuerpos de todos los tamaños, también aquellos que quedan del otro lado de la báscula social. Porque son los cuerpos gordos los más sometidos a la tiranía de la imagen corporal, y por lo tanto los que han tenido que generar una mejor resistencia. Si la sociedad escuchara y aplicara lo que los cuerpos gordos pueden enseñarle, dejando de señalarlos como enfermos, monstruosos o menos válidos, la salud de todos sí podría mejorar significativamente.
Porque nadie cuida aquello que no estima, aquello que considera que le separa de la felicidad. Si nos dejamos convencer de que eso que nos lastra es un cuerpo que nunca será suficiente, la existencia se convierte en una pesada batalla contra nosotros mismos. Y la vida y la salud quedan lejos de esa batalla.
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