Opinión
Odia tu cuerpo hasta que lo quieras

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
Nunca he odiado tanto mi cuerpo como en la época en la que había perdido cuarenta kilos, hacía crossfit y se me marcaban los abdominales. Bueno, solo los de arriba. Llevaba un par de años haciendo todo eso que se supone que tiene que hacer una persona gorda: comer apenas, machacarse hasta la extenuación y detestar tanto su cuerpo como para que no le salten las alarmas con todo lo anterior. Nunca he estado tan cerca de ese supuesto peso ideal; nunca he estado tan cerca de no soportar estar vivo un día más.
Como el algoritmo se cuela por la gatera de nuestro subconsciente, las redes me muestran todos los días vídeos de gente que ha adelgazado mucho, que, como yo entonces, lo ha conseguido. Miles de comentarios positivos se arremolinan alrededor de estos perfiles, como me pasaba a mí también en aquellos días. Pareces otra persona, me decían mucho. Y tenían razón. Era otra persona, una que se despreciaba lo suficiente como que el maltrato autoinfligido le pareciera no solo tolerable, sino casi obligatorio.
Observo en algunas de esas personas el discurso que yo también me creí durante décadas. Ese que dicta que adelgazar es el objetivo exclusivo de toda existencia gorda, por muy drásticos o peligrosos para la salud que sean los medios. Porque se nos insiste mucho en los riesgos del sobrepeso, pero cualquier médico con conciencia sabe que es mucho peor la presión de las dietas y las infinitas subidas y bajadas de la báscula. Estos buenos gordos quedan reducidos a un cuerpo en tránsito hacia la delgadez, la única manera que encuentran de encajar en el mundo.
No tengo buenas noticias para ellos. Como gordo militante –algo que no significa desentenderme de mi salud, sino precisamente tomar conciencia de lo que es bueno de verdad para mí– sé cómo acaban la mayoría de esas impactantes transformaciones, sobre todo cuando vienen acompañas de una mano inflexible. Esa que castiga y de la que cuesta mucho desprenderse, porque es la propia. No es que quiera ser pájaro de mal agüero, es que lo dice la ciencia: casi nadie permanece delgado, casi siempre se recupera más peso del que se parte. Básicamente, las dietas engordan.
Afortunadamente, hay cada vez más divulgación por parte de nutricionistas que explican las causas reales del peso elevado y lo que esta característica provoca en el cuerpo humano –por ejemplo, el reciente y muy accesible Todos gordos (con perdón), de Julio Basulto–. Tratada desde la realidad de los estudios no pagados por las compañías alimentarias, queda más que claro que la salud no es una cuestión de kilos, es una cuestión de hábitos. Y nadie mantiene unos hábitos saludables odiando su cuerpo.
A todas las personas gordas el mundo nos hace sentir cada día que nuestro cuerpo está mal. Hemos escuchado hasta la extenuación que debemos hacer cualquier cosa para cambiarlo. Pues dejemos algo claro: no funciona. Si casi nadie logra adelgazar y mantener el peso es porque a nivel físico es prácticamente imposible, pero también porque a ese resultado se suele llegar a través del odio y del desprecio hacia uno mismo. Odiar lo que se es puede hacer que te maltrates como sea hasta lograr convertirte en otro, pero cuando se llega a ese punto, enseguida viene la caída. Porque el proceso te deja exhausto y rebosante de rabia. Porque es insostenible maltratarse para siempre. Porque uno solo cuida lo que ama, y no se lograr amar el cuerpo propio a través del odio.
Muchos años de terapia y de trabajo interior sí han logrado que ahora mismo tenga una estima inagotable por este cuerpo que soy. Con esos cuarenta kilos de vuelta, con una barriga que oculta los abdominales. Pero comiendo mucho más sano que cuando asomaban, y haciendo ejercicios que no me destrozan. Quienes siguen tragándose el discurso imperante tildarán este texto como una apología de la obesidad, y me parece bien. Porque un cuerpo fuera de la norma que logra hacer apología de sí mismo es uno que ha estado en el otro lado y sabe lo que hay. Y, sobre todo, sabe que amarse gordo es la única manera de transitar hacia la salud. La salud que, como todo lo bueno, como todo lo humano, no siempre tiene la misma forma.
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