Opinión
Farmear mapas

Por David Torres
Escritor
Después del eterno retorno del patinete, de los pantalones campana y de las amas de casa modositas, tenían que volver también los duelos de popularidad callejeros, esos desafíos al aire libre que hace décadas se resolvían mediante una gorra y un radiocasete enorme: el brikindans, el crusaíto, el maykelyackson, el robocop. Saca ese temazo ahora el Chikilicuatre y lo peta en Eurovisión; lástima que llegara al baile demasiado pronto o demasiado tarde. Igual que al patinete le han metido electricidad y a las esclavas domésticas encantadas de serlo las llaman tradwives, a esto de menear el esqueleto en público sin estar borracho lo han medio bautizado en inglés gracias a un neologismo idiota -farmear- y un sustantivo entre místico e iridiscente. Con lo que mola el castizo “fardar”, que es exactamente de lo que va el rollo.
Todo cambia para que todo siga exactamente igual: he ahí una vez más la célebre cita de Lampedusa que cada uno cita a su modo para que siga diciendo lo mismo. Patinetes, pantalones de campana, señoras decimonónicas. En la escala evolutiva, lo de “farmear aura” se retrotrae por lo menos a la parada nupcial del urogallo, ese momento en que el macho se pavonea y agita las plumas para ganar puntos ante la hembra. Solo que estas paradas callejeras van sin nupcias, sin discoteca, sin urogallo, y carecen tanto de afán reproductivo como de género fijo. Dicen que no hacen daño a nadie, pero yo creo que hacen daño al diccionario.
No puedo estar seguro, pero yo diría que esto de “farmear aura” lo puso de moda Donald Trump con sus bailecitos grotescos, su manía de bascular los bracitos y su costumbre de fruncir la boca al hablar como si estuviese en la consulta del proctólogo. Toda esta puesta en escena fue, aparte de la oratoria, uno de los puntos fuertes durante esas dos campañas en las que ganó las elecciones presidenciales a base de farmear aura. Pocas veces se habrá aplicado mejor la famosa sentencia de Marshall McLuhan (“el medio es el mensaje”), teniendo en cuenta que medio y mensaje se fundían en un millonario pedófilo y demente con una peluca naranja que farmea aura hasta cuando su propietario se queda sobado en mitad de una rueda de prensa.
“Votemos a este energúmeno, que va a hacer América grande otra vez, y además nos vamos a reír mucho”. El eslogan funcionó de fábula, hasta el punto de que muchos de los que lo votaron, por no mencionar sus familiares y amigos, han acabado en los centros de detención del ICE. Allí no paran de reírse a carcajadas. Hacer América grande otra vez consiste, más que nada, en renombrar los mapas a capricho, una ofensiva cartográfica digna de un tonto con un lápiz: el peligro es que el tonto está sentado en la Casa Blanca. En los prolegómenos de su segundo mandato, Trump iba a anexionarse Groenlandia, Canadá, el canal de Panamá, Venezuela y lo que se ocurriera, pero se conformó con secuestrar a Maduro y quedarse con el petróleo venezolano. María Corina Machado debe de estar dando palmas.
De momento, Trump se conforma en ganar las guerras sobre el papel, como el tío Toby y el cabo Trim en el Tristram Shandy de Laurence Sterne, que se pasan el día escenificando batallas y asedios en el jardín de casa. A México le quitó el golfo homónimo por llevarle la contraria y a Canadá, que no quiere saber nada de las barras y estrellas, le ha tachado la denominación oficial del Lago Ontario. Este vicio de farmear mapas le pone tan berrendo que ahora Trump también quiere reclamar la soberanía sobre el estrecho de Ormuz, pero como le pilla un poco lejos, vete a saber cómo lo llama. Ya corren las apuestas sobre cómo irá a rebautizar el Atlántico y el Pacífico (Océano de América I y Océano de América II, eso seguro, aunque todavía tiene dudas sobre dónde colocar los palotes), así como el Ártico y el Antártico. “El mundo será Tlön”, escribió Borges en uno de sus relatos magistrales, sin poder prever que con Trump el mundo será más bien tolón, tolón. Ni Putin, ni Xi Jinping, ni Macron, ni Zelensky, ni Kim Jong-un: nadie puede vencer a Trump en un campeonato de farmear aura. El único que podía hacerlo, por la gloria de mi madre, era Chiquito de la Calzada.

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