Opinión
¡'Farmeo' que te veo!

Por Pablo Crespo
Periodista cultural
Hay algo fascinante en la velocidad con la que somos capaces de convertir cualquier tendencia juvenil en el síntoma de un cambio generacional profundísimo. Basta con que unos cuantos chavales se reúnan en una plaza, se reten a hacer movimientos absurdos y cientos de personas los graben con el móvil para que empecemos a leer que los jóvenes están recuperando las calles, abandonando las pantallas y descubriendo nuevas formas de relacionarse. Ahora lo llamamos farmear aura y, a juzgar por algunos de los discursos que han surgido a su alrededor, poco menos que deberíamos celebrarlo como el regreso de la vida al espacio público.
Quizá convendría rebajar un poco la épica.
Porque hay una contradicción bastante evidente en celebrar que los jóvenes han dejado las pantallas mientras contemplamos imágenes en las que buena parte del público observa el espectáculo a través de la pantalla de su teléfono. No hemos sustituido necesariamente la vida digital por la vida real: hemos sacado la lógica de la pantalla a la calle. El espacio físico se convierte en escenario, el participante en contenido y el espectador en cámara. Después, inevitablemente, todo vuelve al lugar del que había salido: TikTok, Instagram, X o cualquier plataforma preparada para transformar esos segundos de supuesta espontaneidad en visualizaciones, comentarios y nuevos imitadores.
Eso no significa que no exista interacción. Existe, por supuesto. Hay aplausos, risas, competición, encuentro y seguramente mucha gente pasándoselo estupendamente. Ojalá los jóvenes salgan, se junten, bailen, hagan el ridículo y ocupen las plazas. El problema es otro: presentar todo ello como una ruptura con las dinámicas digitales cuando buena parte del ritual está construido con códigos aprendidos en internet y con la expectativa de regresar inmediatamente a internet convertido en contenido.
Tampoco hay nada particularmente revolucionario en querer resultar interesante ante los demás. Lo hemos hecho siempre. Hemos elegido ropa, música, lugares, gestos y actitudes pensando, aunque fuese parcialmente, en aquello que proyectaban sobre nosotros. Cambian los códigos, pero no necesariamente el deseo de reconocimiento. Por eso resulta extraño que una búsqueda extremadamente consciente de validación externa se esté vendiendo como autenticidad, libertad o despreocupación por la opinión ajena.
De hecho, quizá el ‘aura farming’ sea una evolución especialmente sofisticada de esa necesidad. Ya no basta con parecer interesante: hay que conseguirlo sin que parezca que estamos intentando parecerlo. La indiferencia también se interpreta. La seguridad se representa. La espontaneidad se ensaya. Y el éxito consiste en lograr que los demás crean que todo aquello ha sucedido sin esfuerzo. Antes buscábamos aprobación; ahora podemos buscar aprobación por parecer personas que no buscan aprobación.
El problema no es querer proyectar una imagen, algo que hemos hecho siempre, sino vender como autenticidad una conducta que sigue dependiendo profundamente de la validación y la mirada ajenas. Porque si nadie estuviera mirando, si ningún teléfono estuviera grabando y si jamás existiera la posibilidad de que aquello terminara circulando por internet, cabe preguntarse cuánto quedaría realmente del fenómeno.
También resulta llamativa la necesidad de presentar estas competiciones como una forma completamente novedosa de expresión. El desafío performativo, la provocación inicial, la respuesta mediante el cuerpo, la pose, el baile y la voluntad de imponerse simbólicamente al rival tienen precedentes culturales mucho más complejos. Basta pensar en la cultura ballroom desarrollada por comunidades negras y latinas LGTBIQ+ en Estados Unidos, donde la competición estaba acompañada de códigos, categorías, aprendizaje, identidad y un contexto social del que resulta imposible separarla.
No se trata de establecer una genealogía directa ni de afirmar que un adolescente reproduciendo un gesto viral esté copiando conscientemente aquella cultura. Se trata de recordar que quizá no hemos inventado una nueva forma de enfrentamiento performativo cada vez que TikTok le pone un nombre nuevo. Y también de preguntarnos qué ocurre cuando sustituimos lenguajes culturales construidos durante décadas por una sucesión de referencias previamente viralizadas: un movimiento de un videojuego, una celebración de un futbolista, un meme, una pose o el trend de la semana. La repetición puede ser divertida. Lo que cuesta bastante más es confundirla automáticamente con creatividad.
Algo parecido sucede con otro argumento que acompaña a menudo estos discursos: los jóvenes ya no beben, ya no se drogan, buscan otras maneras más sanas de divertirse. Si los datos muestran un descenso en determinados consumos, estupendo. Pero tampoco deberíamos utilizarlo para construir una generación ficticia completamente ajena a las sustancias. Mientras condenamos unas formas de consumo, hemos normalizado otras hasta volverlas parte del paisaje cotidiano. Las bebidas energéticas y otros estimulantes forman parte de la rutina de muchos jóvenes y se consumen a horas y en contextos que hace no demasiado tiempo habrían resultado sorprendentes. Que una sustancia se venda junto a los refrescos y tenga una campaña de marketing estupenda no significa que debamos borrarla de la conversación cuando hablamos de hábitos de consumo.
Y, sobre todo, quizá deberíamos dejar de exigir que cualquier cosa que hagan los jóvenes tenga que convertirse inmediatamente en una revolución cultural.
Pueden reunirse para hacer gestos absurdos. Pueden grabarlos. Pueden competir por ver quién parece más imperturbable. Pueden repetir memes hasta agotarlos y pueden pasárselo extraordinariamente bien haciéndolo. No necesitan nuestra legitimación intelectual para divertirse. Tampoco necesitan que convirtamos cada tendencia viral en la prueba de que una nueva generación está reconstruyendo el tejido comunitario, recuperando las calles y rebelándose contra las redes sociales.
A veces un trend es simplemente un trend.
Por eso quizá lo más cuestionable del farmear aura no sea siquiera el farmear aura, sino el relato que algunos estamos empeñados en construir a su alrededor. Uno que necesita encontrar autenticidad donde existe representación, desconexión digital donde hay cientos de teléfonos grabando y originalidad donde muchas veces encontramos reproducción de referencias previamente consumidas.
Basta de romantizarlo. No porque haya nada terrible en ello, sino precisamente porque no necesitamos convertirlo en algo trascendental para justificar que exista. Que los chavales salgan, se encuentren y se diviertan es una buena noticia. Pero salir a la calle con el lenguaje de internet, representar para la cámara y volver después a internet convertido en contenido no equivale necesariamente a escapar de las pantallas.
Quizá la persona con más aura siga siendo, después de todo, aquella que jamás se ha preguntado cuánta tiene.
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