Opinión
Por qué nos fascinan las minicasas y los superhéroes

Investigador científico, Incipit-CSIC
Una de las secciones de más éxito de las revistas del corazón ha sido siempre la de casas de aristócratas y millonarios. Como forma de evasión, visitar los palacios ajenos es igual de efectivo, o más, que conocer las vidas de sus habitantes. En los últimos años, sin embargo, las mansiones del papel cuché tienen que competir con otro tipo de hogares bien distintos: los que aparecen en revistas de estilo de vida y arquitectura y que muestran no palacios, precisamente, sino viviendas minúsculas primorosamente decoradas, generalmente propiedad de arquitectos o diseñadores.
El fenómeno se reproduce en otros medios: en las redes sociales circulan renders a base de IA que muestran minicasas imaginarias y vídeos de gente que decora minicasas reales. En la cadena sueca que ha homogeneizado los hogares del mundo, gran parte de los interiores que presentan en sus establecimientos corresponden a apartamentos enanos. Y se han puesto de moda maquetas decorativas de viviendas igualmente minúsculas.
La explicación parece obvia: en un momento donde la crisis de la vivienda es global y galopante, nos quieren vender las madrigueras como un paraíso doméstico donde sentirnos a gusto. No hay duda de que es así.
Pero la explicación en clave de economía política no lo aclara todo. Lo cierto es que las minicasas nos resultan atractivas más allá de la propaganda: no los tugurios infames que anuncian en los portales inmobiliarios, sino las que nos encontramos en las revistas o las redes sociales. Y el motivo es psicosocial: vivimos en un mundo inhóspito, demasiado grande, incomprensible e incontrolable. Por eso triunfa el género cozy (acogedor, hogareño), desde la literatura a los videojuegos.
Por eso, también, el papel de la casa como refugio es más importante que nunca. Y si la casa es refugio, la minicasa lo es más, porque encaja mejor en la metáfora del nido: el espacio que nosotros tejemos y controlamos, donde nos sentimos protegidos y seguros frente a un mundo hostil -como recordaba el filósofo Gaston Bachelard. Naturalmente, el mismo capitalismo que ha creado las condiciones de inhabitabilidad del mundo ha sabido explotarlas y así el nido se convierte no solo en metáfora, sino en mercancía: un apartamento diminuto que nos venden a precio de palacio.
Esa realidad inhóspita nos lleva a la segunda fascinación que menciono en el título: los superhéroes. Sobre ellos se ha escrito mucho: como arquetipos fascistas (El Castigador), como justificación del capitalismo autoritario (Batman), como defensores del sistema global reaccionario. Nuevamente, todo ello es cierto. Pero hay más.
Porque también aquí, como sucede con las minicasas, existen razones psicosociales. En la raíz se encuentra igualmente la intemperie del mundo que habitamos. No me refiero a lo más obvio: los superhéroes nos libran del apocalipsis, que es nuestro mayor miedo civilizacional -un mundo devastado e irrecuperable-. Me refiero a las películas de superhéroes como repetición.
Durante las últimas dos décadas, el cine de Hollywood consiste en una reiteración infinita de salvadores del mundo con disfraz -precuelas, secuelas, versiones y crossovers-. Es algo que afecta a casi todos los productos de un ocio que parece encontrarse en crisis permanente de creatividad y nostalgia.
Pero como productos capitalistas que son, las películas ofrecen lo que el público está dispuesto a comprar. Que es repetición. Se trata, significativamente, de un rasgo característico de la infancia: a través de ella los niños aprenden y ejercen un control ficticio sobre el mundo. Las películas de los superhéroes hablan de la infantilización de la sociedad, no porque sean simples (habitualmente también), sino porque apelan a una necesidad intrínsecamente infantil.
De la misma manera que buscamos un nido que nos proteja (otra fantasía de la infancia), necesitamos que nos cuenten hasta la saciedad la misma historia en la que ganan los buenos y pierden los malos. El objetivo es sentirnos ontológicamente seguros (saber quiénes somos, dónde estamos, que controlamos el mundo que nos rodea). Y para ello, como recuerda el sociólogo Anthony Giddens, la rutina es imprescindible. En situaciones críticas, como las que vivimos cada día bajo un capitalismo desquiciado, lo rutinario -aunque sea ficticio- ayuda a atenuar nuestras ansiedades.
Las casitas y los superhéroes tienen otra función relacionada con la seguridad ontológica y es detener el tiempo: decía el antropólogo Lévi-Strauss que existen sociedades calientes (que celebran el cambio) y sociedades frías (que tratan de neutralizarlo). El historiador Jan Assman matizó la dicotomía afirmando que en realidad en muchas sociedades conviven instituciones calientes (que aceleran la historia) y frías (que la ralentizan).
La hipermoderna es una sociedad caliente. Tan caliente que abrasa: la sucesión vertiginosa de eventos y la exposición a ellos a través de las noticias nos agobian y agravan las dolencias psíquicas. La repetición y el nido actúan aquí como mecanismos de enfriamiento. Aunque solo sea en nuestra imaginación, parecen hacer el tiempo más lento: porque nos aíslan (el nido) o nos reconfortan con la reiteración de lo previsible.
La búsqueda de la seguridad ontológica es muy humana. Y es normal abrazar fantasías que la refuerzan. Lo irónico es que el capitalismo nos vende ficciones que sirven para sobrellevar la ansiedad del mundo sin reglas ni horizonte que causa el propio capitalismo. Nos enferma y nos vende una pseudomedicina. Y esa ansiedad provoca a su vez un repliegue individual nada inocente: cada uno en su nido, enganchado a ficciones repetitivas que nos aíslan de la realidad y nos desmovilizan.
Es difícil luchar contra el capitalismo, que todo lo abarca y depreda, pero más difícil aún luchar contra las subjetividades a las que da forma. Un primer paso, sin embargo, es darnos cuenta de que tenemos un problema.

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