Opinión
El fascismo se cura leyendo y el racismo, viajando

Por Marga Ferré
Presidenta de Transform Europe
-Actualizado a
"El fascismo se cura leyendo y el racismo, viajando", dicen que dijo Miguel de Unamuno. La autoría es incierta, pero la frase, buenísima. Como todo saber es acumulativo, den ustedes por cierto que quien la dijo conocía la que Pío Baroja pronunció unos años antes, con más acierto y mala uva: "El carlismo se cura leyendo y el nacionalismo, viajando", sentencia magistral de cuya autoría nadie duda, habida cuenta la conocida inquina que Baroja le tenía a los carlistas y a su "Dios, Patria y Rey".
Rescato hoy lo acertado de estas frases, que les recomiendo memorizar, para defender, en tiempo de vacaciones y siguiendo a Unamuno, la lectura, el conocimiento y los viajes (conocer al otro) como herramientas curativas a la ola reaccionaria.
He de reconocerles que prefiero la de Baroja, por su referencia al nacionalismo hueco, hoy tan en boga: America First, Hungría First, los españoles primero, los belgas primero, Macedonia First… pongan el país que quieran, no son muy originales en su odio al extranjero; pero ¿saben qué?, ni siquiera ellos se lo creen. Este nuevo nacionalismo tiene algo de ficticio frente a la actual ordenación del mundo, en el que muchas naciones, sobre todo en Occidente y particularmente en Europa, desempeñan en realidad un papel subordinado. Me gustaría saber debajo de qué mesa estará escondido Mark Rutte, secretario general de la OTAN, al ver que su ídolo, Donald Trump, se reúne con Putin tras haber dicho sandeces como esta: "Si no aumentamos el gasto en defensa al 5%, será mejor que aprendamos a hablar ruso". De verdad que no nos merecemos élites como estas.
Ya a finales de los 60, Theodor Adorno alertaba de lo falso del nacionalismo esgrimido por la derecha y nos decía ─y pongan atención a su advertencia─: "A decir verdad, ya nadie se lo cree. Aunque no deberíamos extraer la ingenua conclusión de que, debido a esa obsolescencia, el nacionalismo ya no desempeña un papel decisivo, sino todo lo contrario; a menudo sucede que las convicciones y las ideologías adoptan su carácter demoníaco, su carácter verdaderamente destructivo, justo cuando de hecho ya no son fundamentales".
Y añadía: "Se convierten en un nacionalismo de pathos, si se me permite llamarlo así". Yo a Adorno le permito lo que sea y, además, me ayuda a entender ese "pathos", la apelación a las emociones para que susciten sentimientos ya existentes en la audiencia, como manipulación. Supongo que por eso Unamuno entendía la lectura como una cura, ya que leer siempre, siempre, te hace reflexionar, un bien en sí al que me permito añadirle otro: el efecto curativo del leer como acercamiento a otras miradas y a otras culturas, algo anticancerígeno en tiempos en los que la extrema derecha regurgita el viejo ideario fascista cambiando raza por cultura.
Viajes que acercan
Un rasgo que define el mundo actual es que se ha vuelto más contemporáneo y menos occidental, incluso dentro de nuestra preciosa Europa. Constituye una manera de ver propia de aquellas personas y generaciones que han hecho de lo global una parte sustancial de sus biografías. Y no son pocos. Hace semanas me encontré con una joven activista irlandesa con la que acabé hablando de cambios generacionales y le contaba que cuando yo era joven se viajaba menos (era mucho más caro) y que hoy muchos jóvenes con 25 años ya conocen varias capitales europeas. Ella me miró sorprendida y me dijo: "Y con 20".
Mi amiga irlandesa forma parte de una generación que entiende mejor un mundo que está experimentando cambios profundos en la forma en la que asume el tiempo y el espacio, no solo por los viajes, sino por la conectividad global en un mundo más diverso y multipolar que relativiza las nociones de centro y periferia, descubre lo invisibilizado, "provincializa" a Europa y pone al descubierto que lo occidental y masculino ya no es percibido como lo universal. Ya no es así, ni de lejos.
Un mundo mucho más conectado que hace añicos paradigmas rancios y, lo que es mejor, nos abre caminos inexplorados y, por tanto, inciertos. Lo expresa, algo así como mil veces mejor que yo, Helène Cixous en La risa de la medusa (1975) cuando se pregunta: "¿Qué sería del logocentrismo de los grandes sistemas filosóficos del orden del mundo en general si la piedra sobre la que han fundado su Iglesia se hiciera añicos? Entonces todas las historias se contarían de otro modo, el futuro sería impredecible, las fuerzas históricas cambiarían, cambiarán, de manos, de cuerpos, otro pensamiento aún no pensable, transformará el funcionamiento de toda sociedad."
Y añade, en mi parte favorita: "De hecho, vivimos precisamente esta época en que la base conceptual de una cultura milenaria está siendo minada por millones de topos de una especie nunca conocida". Sonrío cada vez que lo leo. Me encanta la imagen de los topos; no sé si era intención de Cixous, pero a mí su metáfora me recuerda a esa otra que imaginaba al revolucionario paciente como un viejo topo.
Sugiero que sigamos a Unamuno y Baroja y entendamos que leer y viajar son una forma de ensanchar mundos. Viajar a otras culturas, sí, pero también al pueblo de al lado. Como hacia Ítaca, no importa tanto el destino como lo que te encuentras en el camino. O lean libros de viajes o sobre y desde otras culturas, a fin de cuentas, abrir un libro también es iniciar una aventura; pero, en cualquier caso -leyendo o caminando- y como nos enseñó Kavafis, lo que les deseo es que el viaje sea largo:
"Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias […] Que muchas sean las mañanas de verano en que llegues - ¡con qué placer y alegría! -a puertos nunca vistos antes".
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