Opinión
El aburrimiento y las vacaciones como rebeldía

Por Marga Ferré
Presidenta de Transform Europe
-Actualizado a
Gracias eternas a esa clase trabajadora que hace un siglo consiguió las vacaciones pagadas mejorando la vida de cientos de millones de personas, entre ellas, la mía. Gracias infinitas por devolvernos el tiempo, al menos unos días.
Quiero creer que cuando Feijóo dijo que las vacaciones están sobrevaloradas lo que pretendía era hacer un chiste. Si lo fue, no me hizo gracia, aunque sí me la hizo, y mucho, el que el oírle me llevara a pensar en Freud. Hace décadas que el genio austríaco nos enseñó que los chistes (como los sueños) revelan contenidos inconscientes reprimidos por la censura social. Permite decir agresiones, lo que Freud llama "chistes hostiles", como es el caso, o deseos sexuales reprimidos ("chistes obscenos") sin sentir culpa. Por eso se enfadan cuando no nos reímos de sus chistes machistas o racistas; no lo hacemos, no porque no tengamos sentido del humor, sino porque olemos la proyección agresora de quien lo emite.
Negándola, revindico las vacaciones, más allá del ocio y de la playa, como el tiempo abierto que el capital nos niega. Nos permiten poseer el tiempo, a nosotros, a nosotras, los que dependemos de un salario, que no solemos poseerlo. De hecho, estamos disciplinados por él, como nos enseñara Foucault. Quizá las vacaciones sean el recuerdo de cómo era la vida antes de los relojes.
Desde la terraza desde la que escribo, en una ciudad de la costa, me tiro horas colgada del vuelo de las golondrinas, o mirando un barco hasta que desaparece en el horizonte y pienso (para pensar hay que estar un poco aburrido) que algo de esto ha de tener ese "buen vivir" del que hablan en América Latina. Quizá las vacaciones, este tiempo robado, nos gustan tanto porque adelantan la posibilidad de otras formas de vida posible, de otro buen vivir.
En un mundo que nos vende estimulación constante, defender el aburrimiento se me antoja un acto de rebeldía epistemológica: nos devuelve el tiempo para pensar, para crear o para no hacer nada, pero fuera del rígido mandato del rendimiento constante.
Pasa otra golondrina y me reafirmo en que el capitalismo es extenuante, de hecho, se me ocurre que acumula por extenuación: nos obliga a trabajar y nos conmina a la hiperactividad del ocio y el consumo. Quizá Chul-Han tenga razón y vivamos en la sociedad del cansancio. "Solo el aburrimiento profundo permite pasar del paso acelerado al paso de baile", escribe. Se me acerca una gaviota y mirando sus ojos pienso que es por eso en vacaciones nos apetece más bailar.
La jornada laboral, o la búsqueda de trabajo o clientes, nos encierra en una rutina bastante previsible y, como diría Lacan, todo lo predecible exige ser interrumpido. Por eso revindico el aburrimiento como resistencia pasiva frente a la hiperestimulación capitalista y sus rutinas de explotación. Y ya que estamos y aunque no venga a cuento (el aburrimiento rompe la linealidad de la razón y nos permite divagar) les regalo mi frase favorita de Lacan, por si en alguna indolente tarde de verano les apetece volver a ella: "Pensamos que pensamos con nuestros cerebros, pero personalmente yo pienso con mis pies. Esa es la única manera por la que puedo entrar en contacto con algo sólido".
Nos enseñaba Steven Pinker que "la historia no la escriben tanto los vencedores como la gente pudiente, esa pequeña fracción de la humanidad que dispone del tiempo, el ocio y la educación necesarios para permitirse reflexionar. Solemos olvidar la miseria de otras épocas, en parte porque la literatura, la poesía y las leyendas celebran a aquellos que vivieron bien y olvida a los que se ahogaron en el silencio de la pobreza". Los periodos de escasez y hambre han sido mitificados e incluso se recuerdan como edades doradas. No lo fueron; es, sencillamente, que los de abajo no han solido disponer de tiempo para narrarse. Con los pies fríos, incluso los de Lacan, no se puede pensar bien.
Para hacerlo, decido llenar mis vacaciones con lecturas sobre los y desde los de abajo. Elijo Los niños tontos de Ana María Matute para honrar su centenario y, lejos de evadirme, su lectura me trae al presente, donde tengo los pies (que ya hemos visto que también piensan). Ella no escribió cuentos, sino metáforas de los niños muertos de la posguerra. Usó su extraordinaria prosa para narrarlos y, al hacerlo, rescatar ese dolor del olvido; se lo agradezco y hace que mis pies se pregunten, tocando arena, quién narrará el dolor de los niños muertos en Gaza, ¿quién contará su historia?
Como verán, estoy de vacaciones, sí, pero con la culpa a cuestas de saber no estar haciendo lo suficiente; para paliarla me exijo la lectura de poemas palestinos, al menos para no olvidar; y así empiezo el verano, con el más bello de Mahmud Darwish, que arranca:
"Sobre esta tierra hay algo que merece vivir: la indecisión de abril, el olor del pan al alba…".
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