Opinión
Federico, la has vuelto a liar

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
Tuve un novio que me ponía baladas de heavy metal y me leía poemas de Federico. No es que yo fuera muy amiga de las baladas, lo mío era -y sigue siendo- el rock y el ruido, las guitarras estruendosas y sobre todo los quejidos y lamentos del grunge. Pero ponía cara de boba enamorada, un poco porque lo estaba y otro poco porque era lo que se esperaba de mí, cuando aquel novio me regalaba cintas de música que había grabado de la radio y decoraba con dibujos. Pero cuando me leía a Federico, eso sí que era otra cosa.
Con Federico entendí al fin que la poesía era mucho más que aquello que nos enseñaban en la escuela. Mucho más que la rima consonante y la asonante, que las odas, los sonetos, las elegías y las coplas a la muerte del padre que teníamos que memorizar. La poesía se transformó en un ser vivo que me hablaba. En algo mágico. En belleza.
A Federico, nos decían en la escuela, lo mataron. Así nos lo contaban. Como en un informe forense. A Federico lo mataron, por tanto, igual que ahora se nos dice que se mata a las mujeres. Sin querer contarnos el porqué. Sin ponerlo en contexto. Insinuando que algo habría hecho, que alguna culpa tendría. Evitando, siempre y a propósito, utilizar el verbo maldito que nos llevaría a querer saber más, a querer entenderlo todo, a querer cambiarlo todo: asesinar. A Federico lo mataron, te decían, porque las guerras civiles son guerras entre hermanos donde pasan estas tragedias. Como si lo hubieran matado sin querer, por inercia. Cualquier cosa antes que decir la verdad, que tener que admitir que lo asesinaron por rojo y por marica.
Y entonces llegan los Javis y presentan en Cannes La Bola Negra, su película sobre una obra inacabada de Federico -no sobre Federico-, y arrancan aplausos del público, ganan el Premio a la Mejor Dirección y se lía pardísima. Porque resulta que, por lo visto, todo el mundo estaba en Cannes viendo una película que no se estrenará en salas hasta después del verano, que todo ese mundo es experto en la vida y obra de Federico, y que en este país nunca jamás ha habido homofobia ni nada que se le parezca.
Una horda de tuiteros enfadados tomaron por asalto este fin de semana la red de todas las redes tóxicas, cual ñús en celo, para quejarse mucho y muy fuerte de los Javis, de su película pero también de Federico. Se desató así una tormenta perfecta de homofobia, de odio hacia la cultura, de activismo de sofá, de exhibición desvergonzada de ignorancia, de soltar burdos bulos, de revisionismo histórico y de desprecio hacia Andalucía, esa amalgama de sentimentalismos, mentiras e idiotismo que une tanto a las extremas derechas como al rojipardismo, esto es, a las dos caras de la Reacción, y que ha tomado esta vez como rehenes a Federico, pero también a los Javis. O viceversa.
Las derechas, que llevan años a piñón fijo con esto de las guerras culturales y su batalla por resignificar el pasado y borrar su complicidad con el franquismo, el fascismo, el atrasismo y el golpe de Estado, se han lanzado como locos a reivindicar a Federico como uno de los suyos. Sin pudor exigen apropiarse ahora de aquello que destruyeron. Con la excusa de que Federico era de familia bien, nos quieren hacer creer que también era de derechas. Jugando a confundir su origen social con su ideología. Muy ofendidos patalean y berrean cuando se acusa a los asesinos de Federico de haberlo matado por ser gay. Dicen que no hay que caer en reduccionismos. Que a Federico lo asesinaron también por otras cosas.
Pero cierta autoproclamada izquierda -y una parte del feminismo esencialista- también ha puesto sus ojos en Federico, haciéndole rehén de sus obsesiones y de su fanatismo por la pureza ideológica. Acusan a Federico de no haber tenido un compromiso político perfecto, robótico y ortodoxo como Dios manda. Qué lejos está esa mirada crítica que no deja pasar ni una sola mácula de la que usan cuando hablan de otros poetas, de otros artistas republicanos, comunistas o anarquistas, con sus novias-niñas y sus malos tratos.
Afortunadamente Federico se escapa a todos los reduccionismos. Su figura, su vida y su obra trascienden cualquier simpleza y dejan en ridículo a estos activistas de mesa camilla. Porque Federico fue un hombre comprometido con la República, un antifascista militante. Pero también un homosexual en un mundo hostil a su condición. Con su labor en La Barraca ya hizo más por los trabajadores, los campesinos y los pobres de este país que cualquiera de esos columnistas y tuiteros enfadados. En un país que fusiló a sus maestros, a sus poetas y a sus gays, Federico la sigue liando parda. Bien por él.

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