Opinión
De Francisco a León XIV: un claro retroceso
Por Ramón Soriano
Catedrático emérito de Filosofía del Derecho y Política de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla
El 8 de mayo de 2025 fue elegido el papa León XIV. Ha transcurrido solo un año y es aventurado trazar ya las características de su liderazgo espiritual al frente de la Iglesia católica. Los papas suelen rebasar ampliamente los cuatro años de mandato de los jefes de gobierno de los Estados, lo que exige un mayor tiempo para la valoración de su pontificado. Pero sí creo que es posible examinar la transición desde Francisco a León XIV y en un análisis comparativo contrastar los perfiles de ambos pontífices. Conforme pasa el tiempo, advierto que el nuevo papa no supone un avance respecto a lo alcanzado por Francisco, sino un punto muerto o un retroceso. Veamos el programa de León XIV en ambos temas: la política social y la doctrina de la Iglesia católica.
Política social de la Iglesia católica
Prefiero llamar, en términos modernos, política social de la Iglesia a lo que tradicionalmente se ha denominado doctrina social de la Iglesia desde los tiempos de la encíclica Rerum Novarum de León XIII.
León XIV ha sido reconocido y aplaudido por su defensa del migrante. "La igual dignidad de todos los seres humanos", su celebrada frase en las Cortes españolas. Es la política estrella del nuevo papa, que ha alcanzado la cima de la opinión pública, porque ha encontrado el contrapunto del presidente Trump y sus razias contra los inmigrantes irregulares en Estados Unidos. Pero, ni siquiera en este punto León XIV es original y más combativo que Francisco. Lo demuestra la exhortación apostólica Dilexi te, de Francisco, que su sucesor en el Papado publicó. Toda ella gira en torno a "la Iglesia del más pobre entre los pobres, el migrante” y la condena de “la dictadura de una economía que mata", de “una nueva tiranía invisible, que impone de forma unilateral e implacable sus leyes y sus reglas” (párrafo 92). La crítica abierta y contundente de Francisco contra "el capitalismo salvaje" encuentra en León XIV una respuesta más moderada y académica.
En política social de la Iglesia hay una serie de elementos heredados por el nuevo pontífice, en los que no muestra el avance y la contundencia del papa Francisco. Uno es el de la pederastia en la Iglesia católica. Parece que el nuevo papa adolece de la firmeza de su antecesor. Las indemnizaciones son de unos pocos casos y los pederastas y sus encubridores siguen gozando del privilegio de un generoso tratamiento penal eclesiástico. ¿Quiénes sufren pena de prisión? No existen datos ni registros. Pero todos sabemos que muy pocos. Aquí el papel del papa debe ser el de la firmeza contra una Conferencia episcopal española escasamente colaboradora en el proceso de identificación de los pederastas, su procesamiento y las indemnizaciones de las víctimas. Se ganó la reprimenda del Defensor del Pueblo. Es muy elocuente que el papa no se haya reunido con asociaciones de víctimas. Y que en sus discursos y homilías en España apenas haya tocado el tema.
Otro elemento pendiente de la política social es la devolución de decenas de miles de inmuebles inmatriculados por la Iglesia católica, aprovechando una generosa reforma del reglamento hipotecario en 1998 llevada a cabo por el Gobierno Aznar, que permitía la automatriculación de los inmuebles destinados al culto por las autoridades eclesiásticas, simplemente mediante la certificación del obispo del lugar. Parece increíble, pero sucedió. Menos mal que en 2015 una ley puso fin al latrocinio. Y las consecuencias, inimaginables: según una lista publicada por el Gobierno, 34.961 inmuebles fueron inmatriculados a favor del Iglesia católica en el periodo 1998-2015. La Iglesia reconoció que casi un millar no les pertenecía. ¿Cuántos fueron devueltos? No se sabe. En cualquier caso, una cifra insignificante. El papa tampoco se ha referido a este asunto en sus discursos en España ni se conoce una posición pública suya respecto al tema. En cambio, los avances en el proceso de devolución de los inmuebles tuvieron lugar durante la época de Francisco con la publicación del listado referido y el compromiso de la Iglesia de devolución de los inmuebles irregulares.
Finalmente, un tercer elemento es la vieja cuestión pendiente de la autofinanciación de la Iglesia católica. Desde la instauración de la democracia en España, la Iglesia recibe una exorbitante ayuda económica con cargo a los presupuestos generales del Estado, que pagan los ciudadanos/as, creyentes católicos, creyentes de otras religiones y no creyentes. La ayuda se incrementa anualmente. El papa debe ser consciente de que se vulneran el principio de separación de Iglesia y Estado y el principio de igualdad religiosa, ya que solo la Iglesia católica se beneficia de esta ayuda estatal directa y no las otras confesiones religiosas. En este asunto ambos papas se han lavado las manos y no han hecho alusión a la financiación estatal de la Iglesia católica.
Doctrina de la Iglesia católica
En la doctrina eclesiástica el papa actual permanece varado; no mueve un pie ni pronuncia una palabra. Quieto y mudo. A lo único que se ha atrevido, sin ser original, porque ya lo hizo Francisco, es a nombrar a una mujer como prefecta del discaterio de comunicación. Se trata de un cargo de gestión, alta gestión, pero solo eso. La verdadera reforma que piden a gritos en las estructuras de la Iglesia y fuera de ella es el reconocimiento eclesial de las mujeres como sacerdotisas o al menos diáconas. Ya León XIV se pronunció sobre el asunto negativamente. Y es muy ilustrativo que no haya querido reunirse con los movimientos feministas católicos. En cambio, Francisco dio un paso al frente y sometió a estudio la posibilidad de nombrar diáconas a las mujeres, que su sucesor ha interrumpido.
Aquí surge una pregunta. ¿Qué es prioritario para el Papa: su convicción de que el mensaje de Jesucristo fue la exclusiva ordenación de varones o la necesidad de coser las divisiones en la Iglesia y no adoptar una nueva doctrina que separará aún más las posiciones enfrentadas? No es una pregunta extraña. León XIV se ha referido frecuentemente a la necesidad de la unión de los católicos con la mente puesta en el combativo sector conservador; unión que es uno de los principios básicos de su pontificado.
León XIV ha reafirmado la exigencia del celibato, aunque no forma parte de la doctrina de la Iglesia. En cambio, Francisco, que mantuvo el celibato, no obstante se planteó y ordenó estudiar la posibilidad de eximir de esta exigencia a los sacerdotes en determinadas regiones del planeta.
León XIV ha dado marcha atrás sobre las bendiciones espirituales de las parejas del mismo sexo; bendiciones que inició Francisco, a pesar de la protesta de los sectores conservadores.
La conclusión es que el nuevo pontífice ha cercenado los valientes pasos iniciados por Francisco. Eran pasos iniciales, que han sido truncados.
Por lo demás, en materia doctrinal fuerte, como el aborto y la eutanasia, tanto Francisco como León XIV siguen la doctrina tradicional de la Iglesia. Negativa de plano al aborto en cualesquiera de sus circunstancias y a la eutanasia, a la que contraponen los cuidados paliativos.
El Papa en las Cortes españolas
Un líder de una confesión religiosa, por muy importante que sea, no debe subir a la tribuna de la más alta institución política del Estado a pronunciar un discurso, porque atenta al principio de la separación de la Iglesia y el Estado y al principio de la aconfesionalidad del Estado español (art. 16 de la Constitución). Es que el papa es también jefe de Estado, me dirán. Sí, de acuerdo, pero no habló de cuestiones políticas como jefe político, sino de cuestiones morales y religiosas, además de políticas.
Pero, ya puestos, con León XIV en la tribuna de las Cortes, qué buena ocasión para que pidiera perdón por el alineamiento de la Iglesia católica con los golpistas de 1936 contra la república española y durante los cuarenta años de la dictadura franquista. Sus predecesores, Pío XI Y Pío XII, respaldaron al régimen fascista y permitieron que en España la Iglesia católica se convirtiera en el sostén ideológico del nuevo régimen. Pío XI llamó "cruzada" a la rebelión contra la democracia. La estrecha e indivisible unión de la Iglesia y el Estado fascista era visibilizada por la gente de todo el territorio nacional, al contemplar al Caudillo de España llevado bajo palio y recibiendo el incienso del canónigo de protocolo de las diócesis.
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