Opinión
Con Franco vivíamos mejor (III). Las perdices
Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
-Actualizado a
Cuando cumplí ocho años, el viejo ya me sacó a pastorear. No me pagaban, pero a mi padre le daban una propina. Una propineja: – ¡Y esto por el zagal, que es muy espabilado y lo mismo un día hay que darle estudios, jajaja!
Pero no sé si el administrador lo decía en serio o por socarronería. Porque, visto nuestro lamentable estado de vida en aquel chozo y con la escuela más cercana a veinte kilómetros de la finca, hablar de escuela era como nombrarle a un conejo la bicha. ¡Qué cojonazos tienen los ricos con sus bromas!
Eran tantas las ovejas del amo, más de seiscientas, que no parábamos de afanar. Lana, leche y corderos. Ni un rato de asueto. Aunque el trabajo que yo vivía con entusiasmo, era el de las cacerías de perdices. Especialmente cuando teníamos el honor de que viniera el Generalísimo. El Generalísimo Franco. El Hacedor de todo lo que pasaba en nuestras vidas. Yo jamás lo vi, porque mi trabajo era de ojeador. Ya sabes, colocarte en un extremo de la finca e ir avanzando junto a todos los ojeadores, en mano, golpeando una lata, para levantar las perdices de los encames y que volaran en dirección a los puestos. La mano, al milímetro: ni avanzar de más, ni quedarse retrasado. Que algún bofetón me gané por romper la línea del ojeo con mis prisas y mis nervios para ver al Caudillo. Dios verdadero en la tierra perdicera. Pero nunca llegué a ver a ese hombre. Estaba prohibido. Prohibido acercarse. Por seguridad, decían. Y eso que iba armado hasta los dientes. Con cuatro escopetas. El no verlo, por prohibido, generó en mí una fabulación sobre ese hombre, como si fuera algo inmaterial, fantasmagórico, maléfico. Cosas de los chicos.
Cuando ya estábamos cerca de los puestos, el guarda nos obligaba a volvernos por los mismos pasos, para dar tiempo a los cazadores a cambiar de puesto y comenzar otro ojeo. A los señores los veíamos de lejos. Por lo que los ojeadores cuchicheaban: – ¡Ese, ese! Ese es el puesto del Generalísimo. ¿Acaso no lo ves, que es ese bajito? ¿Estás ciego o qué?
A lo que vamos. En una cacería, el Caudillo – matarilerilerile – mató ochocientas perdices. ¿Increíble, verdad? Pues créanselo, porque para algo llevaba cuatro secretarios al objeto de cargar las escopetas a toda velocidad. Disparar, ¡Pum, pum!, entregarle la escopeta a un secretario y recibir otra ya cargada para no dejar que se pase ni un pájaro: ¡Pum, pum! Después colocaban las miles de perdices en el patio empedrado del caserón de los amos, muy bien alineadas, el retratista les hacía las fotos de rigor y se tomaban un almuerzo de postín para recuperar las fuerzas y hablar de sus negocios. A los ojeadores, alejados a unas eras, nos obsequiaban con un vaso de limoná y un puñao de tostones.
A la mañana siguiente íbamos mi padre, el guarda y yo a recoger las perdices muertas que se habían perdido el día anterior: heridas, alicortadas o con las patas rotas.
¿Saben, ustedes, cuántas vendimiábamos? Nunca menos de doscientas. Era lo que más me gustaba. Sobre todo, porque el guarda, al acabar la rebusca, y a pesar de estar prohibido, nos regalaba un par de perdices. Las más feúchas. Deshechas de los perdigones, engangrenás de sangre negra y plumas resecas. – ¿Menuda alegría para mi madre, pensarán, al poder llenar el puchero para escapar del hambre? Pues siento decirles que no. Porque, para entonces, mi madre ya estaba muerta.
Mi madre no llegó a cocinar esas perdices que mataba el Generalísimo y que nosotros rebuscábamos al día siguiente, porque murió de parto. El embarazo fue bien, si se podía calificar de "bien" la vida en ese chozo, en ese páramo y en esa época gloriosa. Hacía años que había acabado la guerra, pero no las consecuencias. Porque, ¿quiénes perpetuaron tanta injusticia, tanta desigualdad, tanta miseria?
El agua de boca había que ir a buscarla a un manantial de agua colorá – ferruginosa –, por el mucho hierro de la tierra donde se asentaba la naciente, de manera que había que dejarla en reposo antes de beberla. Para no beberte el hierro. Óxido y naranja. Que no es que fuera malo para la salud, qué va, era más por el color y por el sabor que se pegaba al paladar. Pero nos la bebíamos. Mi padre, Melquíades el Cojo, si le hacíamos ascos, decía que era muy buena para la sangre. Que así la sangre era más brillante y más roja.
El manantial estaba en unas junqueras, a unos trescientos metros del chozo donde vivíamos, y ya alguien, antes de llegar nosotros, lo había saneado, haciendo una pequeña poza con cemento de la que salía una goma de butano con un chorrillo de agua. No muy abundante, pero que no se secaba en todo el año.
El chorrillo formaba unos charcos en la tierra arcillosa a lo largo de varios metros de caída y luego ya el agua se metía por las grietas del suelo, sedientas, que se la bebían enterita. Por eso el guarda y el mayoral de la finca decidieron que fuera allí la ubicación de nuestro chozo. De retamas. Por estar cerca del agua. ¿Por qué no lo colocaron más cerca y así habríamos tenido agua para lavarnos y para beber evitando desplazamientos? Pues la razón que nos dieron los jefes, es la misma que pensamos nosotros. El manantial con esos charquillos era el bebedero de las perdices. Sobre todo en verano, cuando no había ni una gota por aquellos andurriales, y habían nacido los perdigones. Docena por perdiz. De haber puesto nuestra morada cerca, las perdices, que son muy bravas, al menos las de entonces, porque las de ahora son todas de granja, perdices de mentira, falsas, no se habrían acercado a beber. Sintiendo gente alrededor, mi madre, mis dos hermanas y yo, la perra, habrían abandonado el bebedero. Es decir, alejaron el chozo para no molestar a las perdices.
Tampoco son tanto trescientos metros. Pero si estás de nueve meses y vas cargada con un cántaro de treinta litros, son treinta kilos de peso. Más el cántaro. Que pesa más cuando está mojado. Para eso es de barro, para beberse el frescor del agua. Cavilaciones mías en el encierro del chozo los días de lluvia, pensando en ella, en el desamparo que nos trajo su muerte. Un chozo chico, minúsculo y, sin embargo ahora, sin ella, con un inmenso vacío. Para llegar a la conclusión de que se murió no por esa distancia ni por culpa de nadie – mucho menos de los dueños que solo querían nuestro bien –, sino porque estaba de Dios que tenía que morirse. El Dios del llano. El Dios de los chozos. Que decide cuando ha llegado tu hora. Una hora mala y traicionera porque le pilló sin fuerza. Desfallecida. Las fuerzas para apretar. El lenguaje, que es muy sabio, ya lo dice claramente: desfallecer, de fallecimiento, porque el parto se había torcío. Que en puridad quiere decir que el muchacho se ha atravesado en la madre y no quiere bajar por su canal.
¡Cómo no sería de fuerte el dolor que le dio en el manantial, que dejó caer el cántaro, estallando a sus pies! Con lo que ella era de cuidadosa. Que habría dado la vida por ese cántaro de barro. Y, en verdad, bien que la dio. La vida. Por un puto cántaro. Amasado con la arcilla de la tierra que nos estaba matando.
Al tiempo que estalló, con mucho estropicio, sintió una gran humedad por sus partes y, al quitarse las bragas que hacían de sujeción, le salieron unos cuajarones como puños de grandes. Prueba de que la avería ya se había formado ahí adentro. En la madre. En la matriz. Una avería gorda. Bien gorda. Descomunal.
– ¿Cómo se te ocurre, mujer, cargarte ese cántaro estando ya fuera de cuentas? –, le preguntó mi padre, cuando llegó al atardecer de pastorear las borras. Sin clarificar si su disgusto era por la rotura de la cántara o por la rotura de su esposa. Quizás de entrada, nada más llegar y contárselo mi Reme, que era muy chivata y habladora, fuera por la cántara. Aunque cuando atizó la lumbre para que hubiera más luz, porque los candiles esa noche no alumbraban, y vio sobre el camastro de paja un buen charco de sangre, le cambió la expresión de la cara. Empalideció y se quedó mudo. ¿Cómo podía pensar él que su mujer, la Angelita, iba a fallarle en su cuarto parto? Una mujer que le había parido tres hijos mejor que cualquier animal de aquellas sierras de las que el miedo, las venganzas y el hambre los habían expulsado.
Eso te pasa, cabrero, por haber cambiado el monte por el raso. Las cabras por las ovejas. La jara por la avena. Sí, estamos de acuerdo, Melquíades. Pedazo de cojo cabrón. Pero no puedes comparar las ganas que tenía de vivir tu Angelita, hace años, que ahora. La ilusión perdida de la Angelita. Entonces, apenas si sabía de lo que iba la vida. Ahora, con tantas penalidades y fatigas en estos tiempos de paz y progreso que había traído ese Dios escopetero, ya se ha enterado demasiado bien de lo que va esta historia. Esta amarga historia. ¿La vida para ella? Un engaño. Una decepción. Un timo. A no ser que fueras uno de ellos. Un gerifalte del Régimen. De los vencedores, y no una perdedora miserable como tú. Ganadores aprovechados y perdedores arrastraos. Por eso, yo creo, que no tuvo fuerzas ni ganas para apretar y parir a ese niño. Porque era un niño. Le fallaron las fuerzas. Desfallecimiento. De haberlas tenido, lo hubiera parido como Dios manda. Tal y como dijeron los dueños, la señora y el señor, alejados y ajenos a sus miserias, cuando se enteraron del suceso.
¿Sabe usted por qué se quedó sin fuerzas? Porque las fuerzas se le fueron en el desangre. Esa hemorragia, robándole sus ansias. – ¡Aprieta, Angelita, mujer! Si no lo haces ya por ti, hazlo por tus hijos –. La sangre inundando la manta. La sangre inundando el chozo. La sangre inundando la finca de Valdelobos. La sangre anegando el llano. El llano del poderoso Dios del espanto.
Se fue igual que vino, en silencio, sin un lamento. Con su herida honda, de las profundidades de su vientre y de las profundidades de la tierra. De las entrañas de la tierra y la injusticia. Su cuerpo desangrado como un planeta.
Al chozo, tan alejado de la civilización, acudieron el guarda y el mayoral. En el Land Rover. Con las dos criadas de la casa de los señores. Pero nada se podía hacer ya. Nuestro llanto sin consuelo. Mis hermanas costureras sin madre, yo un pastorcillo huérfano. Cuando el médico acudió, solo pudo certificar su fallecimiento. Sin extremaunción. Pues bastaba con su defunción extrema. El alarido del llano con su mortaja de tiniebla. La estepa en la que unas perdices valen mucho más que una madre. Viva o muerta.
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