Opinión
Frankenstein y la IA: el problema no es la tecnología

Por Marga Ferré
Presidenta de Transform Europe
La IA puede matarnos a todos, hay que frenarla, da miedo… Son los mensajes que desde dentro de las mismas empresas estadounidenses que ostentan su oligopolio, nos alertan para que compartamos el miedo ante su propia creación. Es como si se les hubiera despertado el complejo de Frankenstein, temerosos de que la criatura que han creado les acabe destruyendo a ellos y a su negocio. Alertan de los riesgos de su Inteligencia Artificial como si el problema fuera solo técnico, como si la IA fuera la malvada. Nos narran sus miedos como si el problema fuera la tecnología y no ellos; como si el problema no fuera la propiedad y la lógica que los guía.
Ahí es cuando me acorde de Horkheimer.
Tomar el orden existente como un hecho natural, sin cuestionarse las estructuras de poder que lo sostienen es lo que Max Horkheimer llamaría la “razón instrumental”, es decir, esa razón, esa forma de pensar, que solo se pregunta por los medios más eficaces para alcanzar fines dados, sin cuestionar nunca la legitimidad de esos fines, o para qué se usa, en este caso, la tecnología.
A pesar de que cada vez que oigo hablar a un tecno-oligarca me entran ganas de hacerme ludita y ponerme a romper telares, sé que el problema está en otro sitio. Está en un lugar, este occidente en el que vivimos, donde se acepta de manera acrítica una racionalidad instrumental que produce monstruos y que, además, es tomada como la única racionalidad posible.
Se nos olvida que el capital privado que desarrolla la tecnología no se pregunta si reduce el sufrimiento humano, si libera el tiempo para la creación y el cuidado, si acorta las desigualdades o mejora la vida de las personas. Para su modo de pensar, con profundas raíces en el Imperialismo europeo de los siglos XVIII y XIX, quien controla la tecnología controla el mundo. Para ellos y la forma en la que se piensan, es una cuestión de poder y dominio ya que la “razón instrumental” que los rige hace que crean que quien posee la técnica más avanzada no solo tiene ventaja estratégica: encarna la forma misma de racionalidad que el sistema reconoce como legítima.
Por eso, para el capitalismo occidental la pérdida del monopolio tecnológico no se vive como una oportunidad de cooperación, sino como una castración existencial. En el imaginario de las burguesías occidentales, si China u otra potencia domina la Inteligencia Artificial o los chips avanzados, deja de ser “racional” que Estados Unidos lidere el orden global. Y cuando la razón ya no basta, su dialéctica empuja hacia la fuerza bruta, ya que la guerra se convierte en el último recurso para ocultar la pérdida de superioridad técnica. Me atrevo a imaginar que si Horkheimer viviera hoy diría que los monstruos que la modernidad produjo no se han ido, permanecen en las anquilosadas mentes de las élites del capitalismo occidental.
Por eso vuelvo a su “Crítica de la razón instrumental”, porque aceptar que la IA solo debe desarrollarse en forma de monopolios privados es el síntoma de una forma de racionalidad que ha olvidado preguntarse el porqué de las cosas.
Un buen amigo suyo, Herbert Marcuse, nos regaló otra idea en la que encuentro enorme belleza y, además, disrupción (tan necesaria en estos tiempos monocordes). Marcuse nos dice que la tecnología contiene en sí misma una promesa de liberación que el capitalismo ha secuestrado, pero no destruido. Para él, la tecnología porta una promesa incumplida que, bajo las condiciones del capitalismo, ha sido apropiada por intereses privados que son los mismos que tienen todo que perder si esa tecnología se libera.
Ante este panorama cabe que nos preguntemos ¿qué queda, entonces, de esa promesa incumplida?; ¿es posible una tecnología que no sirva para dominar, sino para cuidar? Y me respondo que sí, claro que sí. Lo afirmo positivamente porque la idea de que ciertas producciones humanas son demasiado importantes para la vida como para ser dejadas en manos privadas no es una idea de esta loca que les escribe: es la lógica que llevó a crear universidades públicas, sistemas de salud universales, infraestructuras comunes. No veo por qué no podemos aplicar esa lógica a la tecnología.
Podríamos trabajar menos horas, tener más tiempo libre, generar conocimiento más compartido, un desarrollo más sostenible, liberarnos de la carga de trabajo extenuante. Si no lo hacemos es porque la tecnología está constreñida a las relaciones de poder bajo las cuales se desarrolla.
Lo que quiero decir es que el problema no es tecnológico, sino político: una IA bajo un régimen de orientación común y decisión colectiva, podría significar que millones de personas dejen de realizar trabajos duros y tengan tiempo para cuidar, aprender, crear, participar en la vida política de sus comunidades. La diferencia no está en la tecnología, está en quién la posee, quién decide para qué se usa y cómo se distribuyen sus frutos.
No me llamen ingenua, estas ideas ya se están poniendo en marcha. La necesidad de un marco internacional de regulación de una IA ética se está construyendo en otros lugares: en la India, todo un movimiento revindica una Carta de Derechos Digitales, se ha creado la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO) que aglutina a 30 países del mundo y que propone un marco regulatorio de la IA acorde a la Carta de las Naciones Unidas; la propia Asamblea General de la ONU ha creado el Órgano Asesor de Alto Nivel sobre la IA que está trabajando en protocolos universales como los que guiaron las Cumbres contra el Cambio Climático, los países BRICS están lanzando programas de cooperación de IA de código abierto…
Lo que quiero señalar es que es uno de los grandes debates de nuestra época que a Europa no llegan, castrándonos la mirada y cegando la posibilidad de futuros que desafíen a los tecno-oligarcas. Por eso escribo estas líneas, para ratificar que un llamamiento a una IA ética es el gran debate de nuestro siglo y para que nos animemos a entrar en él sin complejos. Y sin oligarcas.


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