Opinión
Ni frente, ni amplio

Por Pablo Batalla
Periodista
-Actualizado a
Vuelve la cantinela. Antonio Maíllo, coordinador federal de Izquierda Unida, preveía el otro día, para este mes de enero que comienza, "una nueva propuesta de frente amplio que supere experiencias" pasadas. Uno ya se cae de sueño solo de leerlo, de escucharlo. Llevamos años oyendo hablar de ese "frente amplio" que se parece un poco a esas bolsas de patatas fritas que más que embolsar patatas, embolsan aire. El nombre grandilocuente del reclamo, resplandeciente de gravedad histórica, envuelve un éter de espectros de Azaña, Negrín, Pasionaria y Durruti, pero las patatas reales del siglo XXI que reúne no llegan a las muelas.
A las próximas elecciones autonómicas de Aragón van a presentarse nada menos que tres listas distintas de una izquierda que otras ocasiones ha concurrido unida: la de IU/Sumar, la de la Chunta Aragonesista y la de Podemos. En un momento en el que las últimas encuestas ya le predicen a la suma de PP y Vox que sobrepase el 50% de los votos, es de una irresponsabilidad inconcebible que no se unan. Pero, si se unieran, sería absurdo llamarlo "frente amplio". Los frentes —populares, amplios, "de liberación" o cualquier apellido que se les ponga— son alianzas de organizaciones realmente diferentes, que por eso merecen el apellido amplio. En el Frente Amplio más conocido, el uruguayo, converge una veintena de formaciones entre las que se cuentan el Partido Socialista, el Comunista y el Demócrata-Cristiano. Lo nuestro es (no) poner de acuerdo a Mortadelo con Filemón y a Pepe Gotera con Otilio. Y hay que hacerlo, pero ni es un frente, ni es amplio, sino el mínimo exigible de no diseccionar pelos por la mitad, ni partir en dos el átomo.
Con los nombres políticos suele suceder eso. Expresan una aspiración, más que una realidad. Izquierda Unida nunca fue la unidad de la izquierda, Podemos no pudo, Sumar no suma, etcétera. Pero lo del frente amplio es particularmente sangrante en su distancia entre lo que promete el AliExpress de nuestra autocomplacencia y lo que llegaría. Ondeamos la bandera tricolor de la Segunda República, pero nos parecemos mucho más a la generación de la Primera, aquel popurrí de grupúsculos febriles y malavenidos del que Estanislao Figueras dijera eso de: "Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros". Con todo, al menos ellos contendían en torno a diferencias ideológicas reales. La pelea entre federales y centralistas era una señora pelea, digna de ser peleada, y que era lógico que se recrudeciera al conquistar el poder y la capacidad real de transformar España en uno u otro sentido. Nosotros no podemos aducir ni siquiera eso. No nos divide el poder que no tenemos, ni nos separan nuestras ideas: las tenemos distintas, pero conviven sin demasiado problema dentro de las organizaciones concretas que se pelean. Es una prosaica vanidad de influencers y caciquillos lo que está en juego. Es esto que cuenta alguien que sabe de ello, lo que está en juego: "Los cupos de preguntas parlamentarias de Sumar son un desastre: no son por prioridad política, sino por cuota. Y entonces, en una semana gordísima de polémicas (corrupción, Mazón y la DANA…), el grupo está remitiendo una pregunta sobre una carretera en Teruel (con todo el respeto a Teruel y Aragón), para que la Chunta no se pique y se vaya de la coalición. Así no se puede hacer nada. No es serio". Si nosotros estamos hasta ahí de nosotros mismos, cómo no estarán los que no son "nosotros"; ese electorado al que podría seducirle una candidatura sólida de izquierdas, que contuviese diversidad, pero la condensase en un discurso unificado, sencillo, predecible; pero sin tiempo, ni ganas, de seguir el culebrón de encuentros y desencuentros de nuestra isla de las tentaciones, ni mucho menos de responsabilizarse de él; de gastarse las perras en el SMS que salve a fulanito o a menganita. Nos debemos a gente que quiere —que nos exige— que resolvamos sus problemas, y no que les pidamos que resuelvan los nuestros.
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