Opinión
Fronteras, poder y movilidad humana en el siglo XXI

Por Oussama Chakkor
Psicólogo social experto en migraciones y movimiento en la organización Action Aid España
Ceuta como escenario del espectáculo post-moderno:
La crisis de Ceuta no puede comprenderse únicamente mediante indicadores de llegadas, controles fronterizos o estadísticas migratorias. Constituye un fenómeno complejo donde convergen desigualdades globales, relaciones poscoloniales, estrategias geopolíticas, políticas de seguridad y profundas transformaciones del Estado contemporáneo.
Las fronteras ya no representan únicamente líneas territoriales que delimitan la soberanía de los Estados. Se han convertido en espacios donde se decide quién puede circular, quién merece protección, quién puede acceder a derechos y quién queda expuesto a la exclusión o incluso a la muerte. Desde esta perspectiva, la frontera constituye un dispositivo político que organiza la movilidad humana de manera profundamente desigual. Por ejemplo, Étienne Balibar argumenta que las fronteras están en todas partes, las fronteras contemporáneas ya no coinciden únicamente con el límite físico entre Estados, las fronteras se desplazan, aparecen en aeropuertos, consulados, bases de datos biométricas, centros de internamiento, acuerdos internacionales e incluso dentro del propio territorio europeo. La externalización en este sentido constituye precisamente una manifestación de este fenómeno.
La frontera europea ya no comienza únicamente en Ceuta, empieza también en Nuadibú, Dakar, Tánger o Trípoli mediante acuerdos de cooperación y dispositivos de vigilancia. Esta expansión poscolonial modifica y cuestiona a su vez profundamente el concepto tradicional de soberanía. La frontera deja de ser una línea en un mapa para convertirse en una red transnacional de control.
Todo eso, es el reflejo de dinámicas históricas de Estados “modernos” de vigilancia y control según Michel Foucault. Estados que ejercen el poder no solo mediante la ley o la coerción, sino también administrando poblaciones a través de dispositivos de seguridad. Las políticas migratorias contemporáneas en este sentido constituyen uno de los ejemplos más visibles de esta forma de gobernanza. En este sistema de vigilancia y control, las personas migrantes son clasificadas, registradas, identificadas biométricamente, sometidas a procedimientos diferenciados y gestionadas mediante complejos sistemas administrativos, tecnológicos y de control, de tal forma que la frontera se convierte así en un laboratorio privilegiado de la biopolítica contemporánea. Por otra parte, la gestión de la movilidad ya no depende únicamente del uso de la fuerza, también se articula mediante algoritmos, bases de datos, inteligencia artificial, vigilancia satelital, cooperación policial y análisis predictivos del riesgo. Esta transformación explica la creciente tecnificación de la política migratoria europea y el protagonismo adquirido por agencias como Frontex.
Y dentro de todo este alboroto, se pierde el migrante como individuo para convertirse en una amenaza. Según el sociólogo británico Bauman las sociedades contemporáneas gestionan gran parte de sus incertidumbres proyectándolas sobre figuras consideradas externas al cuerpo social. En un contexto marcado por la precariedad laboral, la inseguridad económica, el debilitamiento del Estado del bienestar y la pérdida de confianza en las instituciones, la figura del migrante se deshumaniza y se convierte con frecuencia en el depositario simbólico de los miedos colectivos. La inseguridad generada por procesos económicos globales es desplazada hacia un enemigo visible y fácilmente identificable que es, en este caso, el extranjero.
Esto explica que la crisis de Ceuta, presentada inicialmente como una cuestión humanitaria, se transformó rápidamente en un problema de seguridad nacional mediante discursos que presentan la movilidad humana como una amenaza para la identidad, el bienestar o la estabilidad política. Esta lógica alimenta la polarización y dificulta la búsqueda de soluciones estructurales, al desplazar el debate desde las causas de la desigualdad hacia el control de quienes la padecen.
El problema aquí no es el migrante; el migrante se convierte en el símbolo sobre el que se proyectan los miedos y las frustraciones de sociedades cada vez más inseguras, la migración en este sentido es un mecanismo de defensa de las sociedades occidentales.
Las personas migrantes procedentes de África continúan enfrentándose a procesos de racialización, exclusión y deshumanización que condicionan su acceso a derechos en la frontera. Fronteras que se convierten en un espacio de reproducción de relaciones históricas de poder y donde los sistemas coloniales construyen jerarquías que legitiman la subordinación de determinados pueblos. Aunque el contexto actual difiere del colonialismo clásico, muchas dinámicas contemporáneas reproducen relaciones históricas de desigualdad entre el Norte y el Sur global.
Ese campamento poscolonial que rige las fronteras aspira a la deshumanización y constituye una condición previa para aceptar y legitimar social y políticamente la violencia institucional. Cuando determinadas personas dejan de ser percibidas como iguales en dignidad, resulta políticamente más sencillo justificar devoluciones colectivas, internamientos, violencia fronteriza o la normalización de las muertes en el mar. La crisis de Ceuta refleja esta tensión entre la universalidad proclamada de los derechos humanos y la desigual distribución práctica de esos derechos. Todo eso indica claramente lo problemático que es el paradigma de las fronteras contemporáneas que reproducen, bajo nuevas formas, jerarquías históricas entre quienes pueden circular libremente y quienes deben arriesgar su vida para hacerlo.
Por otro lado, los sucesos de Ceuta señalan claramente que las sociedades contemporáneas tienden a convertir determinadas crisis en espectáculos mediáticos que ocultan sus verdaderas causas estructurales. Ahora el debate público está solo focalizado en las imágenes de llegadas masivas, imágenes de miles de personas cruzando hacia Ceuta que producen una intensa reacción política y emocional. Sin embargo, en ningún momento ha generado un debate equivalente sobre las razones que llevan a miles de jóvenes a considerar el mar menos peligroso que permanecer en su país. La cuestión es que no se trata únicamente de preguntarse por qué llegan, la cuestión fundamental es por qué tantas personas sienten que ya no pueden quedarse. El espectáculo de la frontera puede ocultar las estructuras económicas y políticas que producen la migración.
Este marco teórico conduce a una conclusión central sobre el panorama de Ceuta: Ceuta no es únicamente una frontera física. Es un espacio donde confluyen relaciones de poder, desigualdades históricas y decisiones políticas que determinan quién puede ejercer efectivamente el derecho a la movilidad y quién queda sometido a un régimen de excepción. Comprender esta complejidad resulta imprescindible para diseñar políticas migratorias compatibles con los derechos humanos y con los principios fundacionales de la Unión Europea.


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