Opinión
Ganar, ganar y ganar

Por Pablo Batalla
Periodista
"Yo admiro mucho a Salvador Allende, pero lo que menos admiro de él —admirándolo también— es su final", le digo. Él es un centroizquierdista cada vez más centrista y menos izquierdista. Detesta a Sánchez con toda su alma; supura antisanchismo por los poros. Pero se enfada si le dicen que ha dejado de ser de izquierdas. Con lo que él admira a Allende, a Gerardo Iglesias, a Pepe Mujica o, de los de ahora, a Boric, tan aseadito, tan exquisitamente protocolario, tan amable con Kast, porque hay que respetar al adversario que nos ha ganado democráticamente, aunque sus ideas y las nuestras estén en las antípodas.
Yo admiro a Allende, le digo; y a Gerardo, y a Mujica, y Boric me ha acabado cayendo un poco gordo, pero, en fin, también lo considero de los míos, alguien a quien, si fuera chileno, votaría. Pero a veces pienso que hay algo un poco averiado en que nos guste Allende, porque se suicidó; a Gerardo, porque se descalabró en la mina; a Mujica, porque le gustaba tan poco el poder que vivía en una cabaña, y todo el mundo lo quería. Que tal vez nos encanta que la izquierda haga estética —estética cristiana para más señas—, pero empiece a desagradarnos en cuanto se pone a hacer, no estética, sino política. La política siempre mancha, y nos gusta lo inmaculado, y entonces nos gustan mucho los perdedores. Un bel morir tutta una vita onora. Ninguna muerte tan bella como la de Salvador Allende radiando que mucho más temprano que tarde de nuevo se abrirán las grandes alamedas por las que pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. Pero tenemos que preferir que las alamedas nunca se cierren, cueste lo que cueste mantenerlas abiertas.
Hay que querer ganar. Siempre hemos debido querer ganar, pero ahora se hace directamente cuestión de vida o muerte el que ganemos: depende de ello el jodido planeta. Y hay que rebajar un tanto la gazmoñería cristiana. Entre el bello suicidio de Salvador Allende y la degeneración execrable de un Daniel Ortega hay una autopista de siete u ocho carriles de términos medios. Aquel por el que corrió, por ejemplo, el coche decidido de Juan Negrín. Gutmaro González Bravo acaba de publicar un estupendo libro, Cómo terminó la guerra civil española, sobre los enredos del SIPM de Franco para acelerar la caída de la República, utilizando la propaganda, la diplomacia y la descomposición del enemigo desde dentro. Casado y Besteiro fueron dos de los peones de aquel habilidoso ajedrez. Besteiro también gusta mucho a ese tipo de progresista: qué majo Besteiro, qué ejemplar, quedándose en Madrid para que lo mataran como a un perro en una cárcel infecta, en lugar de escapar. ¿Por qué cuesta trabajo darse cuenta de lo idiota que es este pensamiento?
Busquemos, sí, Allendes que mantengan las alamedas abiertas, en lugar de ser magníficos y trágicos bardos de su cierre; Gerardos que descalabren en lugar de descalabrarse; Mujicas que no caigan bien a los que fueron sus carceleros; Borics que no saluden a un nazi deleznable como Kast en el rellano de la escalera. Hay que ganar, ganar y ganar. Eso es el fútbol, decía el de Hortaleza, y eso es también la política. Yo quiero un Maradona que meta los goles que haya que meter aunque sea con la mano.
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