Opinión
Garamendi el diligente

Por David Torres
Escritor
A Garamendi, en algunas fotos, se lo ve ligeramente inclinado hacia la derecha, masajeándose la cintura, como si acabara de cargar él solo un saco de cemento de cien kilos y le doliera la espalda. Jamás protesta, sin embargo, porque el jefe de la patronal no es uno de esos operarios flácidos y quejicas que a la primera de cambio piden la baja, sino un currante todoterreno de los que cantaba Luis Aguilé, de los que tiran palante así llueve, truene o haga un sol de justicia. A ver, tampoco es que Garamendi tenga que colocar ladrillos a cuarenta grados a la sombra, pero acarrear los cien kilos de cacicadas e insensateces que suelta en cada comparecencia debe de pesar lo suyo, como si llevara a todas horas un saco de cemento incorporado en la jeta. El tío tiene 68 años encima y está como nuevo, intacto, prácticamente sin estrenar, como para seguir trabajando otros 68. Ahí, dando ejemplo.
Porque Garamendi, el diligente, predica la cultura del esfuerzo sin practicarla, un "haz lo que yo diga, pero no digas que hago la siesta", digno de una letra de Alaska. Los resultados a la vista están: cuatro años consecutivos de subida salarial propia, un 14% de incremento desde 2021, lo que arroja un balance de 403.000 euros brutos. No todo el mundo puede manejar semejante dineral y salir indemne de la apuesta. Yo, por ejemplo, no sabría qué hacer con tantos billetes; lo mismo me ponía a invertir en fondos buitre, montaba un circuito de Fórmula 1 en el comedor, me hacía con una caja fuerte rellena de collares o -lo más probable- me ahogaba vivo entre chistorras. Para gestionar semejante pastizal sin corromperse ni caer en la depravación, hay que estar hecho de una pasta especial, hay que estar acostumbrado desde pequeñito, como Garamendi, que jugaba con barcos mercantes de cuarenta mil toneladas de la Compañía Marítima del Nervión, mientras los otros niños -que tenían la suerte de no ser hijos de papá- se limitaban a doblar barquitos de papel y a ponerlos a navegar rumbo a una alcantarilla.
Con la lucha encarnizada que mantiene Garamendi día a día para mejorar los beneficios de los empresarios y las condiciones de los trabajadores, no es raro que los riñones se resientan. Lo verdaderamente raro es que, a estas alturas de las negociaciones, no se le haya roto el lomo por tres sitios. Pese a ello, se ha criticado sin razón sus últimas declaraciones sobre el absentismo laboral y la penuria que supone asumir los gastos de una baja por enfermedad, pero es que la gente no tiene la menor idea de cómo funciona el mundo, la economía y la atareada espalda de Garamendi. A ver si se piensan que las pirámides de Egipto se levantaron solas.
Los afortunados que tienen un trabajo remunerado y un sueldo a fin de mes no saben la suerte que tienen. A los más flojos no les basta con dormir ocho horas seguidas o parar en seco el domingo, sino que además quieren vacaciones pagadas. Ahí, a la sopa boba. Espera a ver si andando el tiempo, en cuanto tengamos una derecha de verdad a los mandos, no nos ponen a currar como a los chinos del Todo a Cien, desde los ocho años hasta la caja de pino. O como a los cocineros de Jordi Cruz, que se quejan de vicio. Todavía no hemos llegado a la prohibición de faltar al curro por defunción de un familiar o propia, pero estamos en ello. Más que llegar, en realidad, estamos volviendo a aquel pasaje de Los santos inocentes, cuando a Paco el Bajo se le troncha el peroné, el médico va a darle la baja y el señorito Iván le dice: "No me seas maricón, Paco". Al final el médico se lava las manos con una frase digna de la CEOE en bloque: "Tuya es la burra". Se ve que el pobre tonto de Azarías es el modelo de trabajador que andan buscando y, de seguir así, lo mismo lo encuentran debajo de un árbol. Milana bonita.

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