Opinión
Gaza no cabe en el alto el fuego

Por Itxaso Domínguez
Analista especializada en Oriente Próximo y Norte de África
Durante semanas, la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán ha vuelto a ocuparlo casi todo. Los mapas se ampliaron. Se habló de misiles, bases militares, drones, petróleo, mercados y de una región al borde de una nueva explosión. Luego llegaron los comunicados, las negociaciones y esa palabra que la diplomacia repite incluso cuando apenas sostiene la realidad: alto el fuego.
Pero en Palestina no se ha cerrado nada. Gaza sigue ahí. No como un asunto pendiente, sino como el lugar donde la violencia se vuelve más visible y, al mismo tiempo, más fácil de desplazar. Mientras se discute cómo contener la guerra regional, la población palestina sigue viviendo bajo bombardeos, hambre, desplazamiento, ruinas y control militar. La palabra alto el fuego funciona menos como una garantía para la vida civil que como una forma de administrar la intensidad de la violencia.
Esa es la trampa. Se habla de alto el fuego cuando ya no hay una ofensiva con la misma intensidad que antes, aunque sigan cayendo bombas y la violencia protagonice cada suspiro. Se habla de desescalada cuando Israel mantiene tropas sobre gran parte de Gaza y el resto de territorios bajo ocupación. Se habla de reconstrucción mientras el derecho a reconstruir casas, hospitales, escuelas y redes de agua queda condicionado a exigencias políticas y de seguridad. Se habla de futuro, pero el presente sigue siendo insoportable.
La guerra contra Irán ha servido también para desplazar la mirada. Durante esos días, Gaza volvió a aparecer como un daño lateral de una arquitectura regional más amplia. Pero lo que allí ocurre no es una consecuencia secundaria de la tensión entre potencias. Es una política sostenida de destrucción, fragmentación y subordinación de la vida palestina. Y precisamente por eso resulta tan peligroso aceptar que el problema empieza y termina con la palabra alto el fuego.
En Gaza, un alto el fuego que no detiene los ataques, que no garantiza la entrada suficiente de ayuda, que no permite el retorno seguro de las personas desplazadas y que no impide la expansión del control militar tiene un valor muy limitado. Puede reducir la escala de la masacre durante algunos días o semanas. Puede hacerla menos visible. Puede permitir que algunas capitales respiren. Pero no cambia la relación de poder que produce la destrucción.
La discusión sobre la reconstrucción muestra con claridad esta lógica. Gaza necesita reconstrucción inmediata, no como premio por buena conducta política, sino como obligación ante una población devastada. Sin embargo, los planes que se presentan como pragmáticos tienden a convertir la reconstrucción en una moneda de cambio. Primero la desmilitarización. Primero una autoridad aceptable. Primero la reorganización de la seguridad. Después, quizá, agua, electricidad, hospitales, escuelas y viviendas.
El mensaje de fondo es brutal: las necesidades básicas de la población palestina pueden esperar hasta que se obtenga el resultado político deseado. La destrucción causada por Israel aparece entonces como una situación que los palestinos deben resolver aceptando condiciones externas. La víctima queda obligada a demostrar que merece sobrevivir.
Este modo de ordenar Gaza no se separa del resto de la región. Israel sigue tratando la fuerza militar como una forma permanente de gobierno: en Gaza, en Líbano, en Irán. En Líbano, la supuesta contención tampoco ha impedido los ataques israelíes ni la voluntad de mantener capacidad de intervención sobre el sur, e incluso más allá, del país. En Irán, la amenaza se invoca para justificar nuevas operaciones. En Palestina, la seguridad israelí funciona como una fórmula capaz de absorberlo todo: la ocupación, el bloqueo, el castigo colectivo y la negación de una vida política propia.
Por eso la palabra desescalada exige tanta cautela. Puede haber negociaciones entre Washington y Teherán. Puede haber pausas parciales. Puede haber menos fuego en algunos momentos y más en otros. Pero si Gaza sigue asfixiada y Líbano sigue bajo amenaza, no estamos ante una salida política. Estamos ante una gestión selectiva de la guerra. Algunas violencias preocupan porque afectan a Estados, bases militares, rutas comerciales o mercados. Otras se toleran porque recaen sobre pueblos a los que se ha acostumbrado a tratar como administrables.
Europa participa en esa ficción cuando confunde prudencia con pasividad. Condena algunos excesos, pide moderación, habla de ayuda humanitaria y evita ejercer presión política proporcional al nivel de destrucción. Reconoce la gravedad de la situación, pero sigue tratando a Israel como un socio al que hay que persuadir, no como un Estado al que hay que exigir responsabilidades. Esa distancia entre el diagnóstico y la acción es parte del problema.
El alto el fuego no debería cerrar la conversación sobre Palestina. Debería abrirla de nuevo, con más claridad. Porque si algunas capitales respiran mientras Gaza sigue siendo bombardeada, sitiada y condicionada, entonces la palabra paz ha sido vaciada de contenido. La pregunta no es si hay menos fuego que antes. La pregunta es quién sigue viviendo bajo la posibilidad constante de ser desplazado, encerrado, bombardeado o privado de lo mínimo para sobrevivir.
Gaza no necesita una pausa en la violencia para volver a ser destruida después. Necesita el fin de la impunidad que permite presentar la supervivencia palestina como un problema de seguridad. Necesita reconstrucción sin chantaje, ayuda sin castigo, derechos sin condiciones y presión internacional real sobre Israel. Por no hablar de la descolonización a la que tiene derecho el pueblo palestino en su conjunto. Todo lo demás es gestión de la catástrofe. Y la catástrofe, en Palestina, lleva demasiado tiempo siendo administrada como si fuera una solución.

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