Opinión
Gente de otra pasta, gente con alma

Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
Agradecidos deberían estar el PP y VOX, que no sé por qué los escribo separados cuando ya son lo mismo, un pack tipo charcutería, a los acampados en la Puerta del Sol y otras plazas de España. Agradecidos al humilde, y también gigante, Sindicato de Inquilinas que, junto a la anciana Maricarmen que en paz descanse como símbolo de su lucha, consiguieron en cuatro días lo que ellos no han conseguido en toda la legislatura: la convocatoria anticipada de elecciones. Su objetivo desde el minuto uno, de acoso y derribo.
Cuando digo todos ellos, me refiero a sus "Señorías", diputados y senadores, que, por el bien de la ciudadanía, no han hecho otra cosa que boicotear y votar en contra de cualquier iniciativa, incendiando las instituciones en su insano intento de hacerlas ingobernables. "Cuanto peor, mejor." O la famosa frase de Montoro, desaparecido judicialmente porque su caso lleva otra velocidad: "Que caiga España, que ya la levantaremos nosotros". Montoro, modelo ético, un adelantado de la motosierra del impresentable insultador Milei, al que ahora no quieren ni saludar, pidiendo sacrificios como hoy también ya piden sus herederos con pensiones - Figaredo de VOX y Ester Muñoz, portavoz del PP - y derechos.
Todos ellos, porque van unidos en el fracasado objetivo, hermanados, comprados, a sueldo, son también los medios de comunicación que por más que han trabajado mintiendo y manipulando, no han conseguido que el presidente del gobierno convocara elecciones. ¡Menudo fiasco para los millones de euros invertidos en pagar plumillas, tertulianos, publicidad y mentiras en las redes sociales! Todo pagado. Nada, rien de rien, unos ineptos, unos fracasados.
Igual que todos esos jueces, por desgracia una mayoría de la judicatura española, pues, como bien dijo Iñaki Gabilondo, "La justicia española no es ciega, es tuerta; ve muy bien por un ojo: el derecho". Teniendo su máxima demostración reciente en el juicio y condena al fiscal general del Estado, a David Sánchez y en la estrambótica y delirante causa contra Begoña Gómez. Delirante sí, pero consentida y auspiciada por las instancias superiores, pues, tal y como lo percibimos los ciudadanos - ahí están las encuestas para su sonrojo -, la justicia española es parcial y tiene ideología. "Un cachondeo", según dijo Pacheco, entonces alcalde de Jerez, hace ya 41 años, pero ahora mucho peor.
Sin embargo, con su inmenso e incuestionable poder, divino, nunca erróneo ni sancionable – lo último que estaban preparando el PPVOX es el disparatado y canalla enjuiciamiento por traición del propio presidente por lo de Ceuta, porque quieren verlo entre rejas - tampoco han conseguido acabar con la legislatura. Hay que ser muy miopes y mezquinos para ver "traición" en Ceuta, siendo tan forofos de Trump y Netanyahu, y no verla en sus votos en contra de los decretos de la vivienda. Ni de la subida de las pensiones, ni del salario mínimo. Si esos políticos y jueces fueran trabajadores de una empresa - su única empresa es cambiar el gobierno elegido democráticamente cuando no les gusta o no favorece sus intereses, suyos o de sus pagadores - habrían sido despedidos de inmediato. A la puta calle.
Fracasados, insisto, pues no han sido ellos los que lo han logrado. Por cierto, redundando en la nula credibilidad de la justicia española: ¿Cómo es posible que el caso de Ceuta, con su enorme trascendencia política, nacional e internacional, lo lleve una jueza que ha sido concejala del PP en Madrid? Primero teniente alcalde, después, con Esperanza Aguirre, fue nombrada vocal del Consejo Asesor contra la Violencia de Género y, para remate dadivoso, también fue consejera de la Asamblea de Caja Madrid a propuesta del PP. ¿Te basta... o te hago un croquis? ¡Alucinante!
¿Cómo es posible que en las fiestas y plazas de toros unos descerebrados coreen permanentemente "Pedro Sánchez, hijo de puta", que en cuanto le ponen un micrófono a Abascal suelte que el presidente es "un psicópata", mientras Pablo Hasel lleva cinco años y siete meses en la cárcel por cantar que Juan Carlos I es un ladrón y un sinvergüenza? Por favor, explicádmelo para que confíe en esta justicia tahúr, para que siga creyendo en este sucedáneo trilero de democracia.
No, no han sido ellos. Han sido un grupo de personas, mayoritariamente jóvenes, nobles y honestos, pacíficos y pacifistas, que además de llevar años luchando jurídicamente para impedir desahucios, se plantan en la puerta de Maricarmen con gritos y pancartas: "¡La vivienda es un derecho, no un negocio!" "Desahuciar a los especuladores, no a las mujeres." "Ni una Maricarmen más." "Los desahucios matan."
Hasta que llega la policía de Marlaska y carga, moliéndoles a palos, algo parecido a cuando charlan amigablemente con Vito Quiles y lo llevan en un coche policial a su casa. ¡Qué asquito, madre! Los arrastran por el suelo, de los pelos, les sacuden con la porra con todas sus fuerzas y, los que más se resisten, acaban en comisaría. Intocable Ley Mordaza. Noches en un calabozo, hasta que un juez - ¡Imagínate el percal! - te deja libre, abriendo una causa que puede acabar con una sanción de miles de euros o, si el policía alega que le has pegado en el forcejeo, en prisión.
Por un rifirrafe semejante en una manifestación contra un desahucio, al exdiputado de Podemos Alberto Rodríguez, le quitaron el acta de diputado, que es lo más sagrado que hay en una democracia. Un diputado elegido por el pueblo, expulsado del Congreso. ¿Verdad, señora Meritxell Batet? ¿Verdad, jueces del Supremo? ¿Verdad, señor Marchena?
¿Qué les molestaría tanto de este hombre, sus rastas? ¿O la frase "Lo llaman democracia y no lo es", por culpa, fundamentalmente, de personas como ellos? ¡Qué duro es aceptar a un diputado con "esas pintas", comparado con sus togas, sus medallones y sus puntillas! ¿Pero esto qué es? Cuando el Constitucional anuló esa injusta y extravagante sentencia, habían pasado dos años y tres meses y ya había acabado la legislatura.
Por lo que me pregunto: ¿Qué necesidad tiene uno de esos jóvenes en ir a protestar contra el desahucio de una persona que ni siquiera conocen, con el riesgo de que te rompan dos costillas o una pelota te reviente un ojo? ¿Qué beneficio sacan? ¿Qué necesidad de irte a dormir durante meses a una plaza en una tienda de campaña, compatibilizándolo con tus estudios o tu trabajo, tirado en el suelo, en condiciones bastante lamentables, con lluvia y frío, y con el miedo a que un grupo de neonazis te dé un navajazo? Contéstame: ¿Tú lo harías? Probablemente no. A mi edad, yo tampoco. Y mira que lo siento. Por eso lo que me queda es mi total apoyo, que personalmente les voy dando algunas tardes cuando puedo, ir a las manifestaciones y expresar públicamente mi gran admiración por su valentía y ejemplo.
¿Y por qué lo hacen ellos entonces, con tanto riesgo? Pues te lo voy a decir: ¡Porque son gente de otra pasta, gente con alma! Personas que se rebelan contra la injusticia. Seres humanos incorformistas, cargados de esperanza, de sueños y utopías, que quieren un mundo mejor. Luchadores, rebeldes, que no se resignan ni aceptan la sociedad tan injusta y desigual que les hemos legado y quieren cambiarla. Resetearla. No desde la pasividad y el conformismo, el silencio o la crítica verborreica de barra de bar, los gritos y los insultos en los toros, sino desde el activismo democrático y la lucha solidaria. Nuestras conquistas sociales, nuestros logros ciudadanos, siempre se han conseguido gracias a hombres y mujeres como ellos. No a un tipo, un fantoche, con una gorra y un chaleco montado en un caballo, como aquel señorito de remotos tiempos.
Hay tres tipos de personas: aquellos a los que la injusticia les remueve por dentro, no la aceptan y se rebelan; los que, ni fu ni fa, porque solo van a lo suyo, y los que la promueven, se aprovechan y viven de ella.
Los jóvenes que acampan en las plazas, pertenecen al primer grupo. Los que especulan y se enriquecen con la vivienda, los fondos buitres y los partidos que les favorecen y amparan, son del tercero. Tan inhumanos, que ni siquiera permitieron un minuto de silencio por la muerte de Maricarmen. No se les pedía dinero para una corona de flores, ni siquiera un padrenuestro o recitar unos versos, solo un compasivo minuto de silencio. Las alimañas del monte, tienen más corazón que ellos.
Los acampados no son terroristas, ni criminales pertrechados de cuchillos como nos quieren hacer ver Almeida y Ayuso. No son perroflautas harapientos y piojosos, que te obligan a cerrar con mentiras sobre salubridad el metro de Sol. Todo lo contrario. Limpios, cívicos y perfectamente organizados. Como si vivieran en un ático. Pertrechados, no de cuchillos, sino de esperanza, ideas y proyectos. Jóvenes bien formados e informados, concienciados, más altruistas que nadie. Cuando entrevistan a sus portavoces en la televisión o a cualquiera de los acampados, lo explican y se expresan cien mil veces mejor que los antes citados, que solo dicen estupideces a través de un pinganillo y, si les dejan sin él, hacen el más absoluto ridículo. Patético.
Ya quisieran Ayuso, Abascal, Feijóo y toda esa caterva, incluyendo a los de los insultos y las pulseritas, tener un gramo de dignidad y de compromiso social que tienen estos jóvenes. Jamás lo tuvieron ni lo tendrán, porque no saben lo que es eso, más allá de la defensa de los poderosos. Es lo único que saben hacer: trabajar para las 200 familias más ricas de España. ¿Será verdad que Cayetana Álvarez de Toledo, marquesa de Casa Fuerte, va de número dos del PP, detrás de Feijoo? Pues más claro... agua. Cuando el mayor acto de rebeldía que se le recuerda y con el que pasará a la historia del clasismo y la banalidad política, fue protestar por la vestimenta de Baltasar en la cabalgata de los Reyes Magos. Ahora tú, fachapobre, que sueñas con que un día te premien con un marquesado por ser, como bien llaman en Colombia, un jalabolas, vas corriendo y votas a la marquesa. Tan estirada y altiva. La antítesis de esa voz del pueblo, las calles y las plazas, cargada de razón y honestidad, de valentía, de una dignidad incontestable, imprescindible, poderosa. Capaz de convocar una huelga general que pondrá el país patas arriba en defensa de la justicia social y del derecho a la vivienda. Un ejemplo admirable. Con vosotros y vosotras el mundo es mejor. Con vosotras y vosotros mantenemos la esperanza en el ser humano. Ni un paso atrás. ¡Adelante!
En contraste, lamentable, ante tanta generosidad vuestra, con esa oportunidad histórica, un poco desperdiciada, de la gente en las calles y las plazas: ¡Qué pena que no haya dado tiempo a presentaros a las elecciones generales! ¡Porque el primer voto, absolutamente convencido y agradecido... sería el mío!


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