Opinión
González Amador y Díaz Ayuso tienen derecho

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Volvamos a las páginas del Crematorio de Rafael Chirbes, en concreto, al hospital de Misent, donde está ingresado Ramón Collado, socio guindilla y mulo de Rubén Bertomeu al que el mafioso Traian ha intentado quemar vivo. Ahí, con la piel envuelta en paños y el orgullo triturado como una masa fina bajo la picadora, Ramón se acuerda de Rubén y del derecho innato que lo ha llevado a querer tirar de sus albardas con poder y dinero; Ramón se compara con él y piensa que mientras el uno está comiendo ostras bretonas en un yate sobre el Mediterráneo, el otro está ahí, tumbado y dolorido, pudriéndose entre las masillas inconsistentes de sus propias costras. Pero no cree que se haya equivocado, qué va, y de ahí emana el poderío del pasaje; Ramón ve lo suyo como una derrota lógica, como un peaje pagable, como la consecuencia mundana al intento de dejar de ser precisamente mundano. Ha perdido, sin más. ¿Siente envidia? Claro que sí, porque querría haber ganado; pero no fantasea con tirar el tapete del enfado porque aceptó en su momento las normas de la mesa. Lo que nunca se perdonaría es haber pasado de largo, haber mirado para otro lado, haber hecho como que no existía la oportunidad de forrarse así, mira qué fácil parecía, solo poniendo ladrillos uno encima de otro y pegando alguna que otra paliza entre rayita y rayita de cocaína. De forma inconsciente, Ramón indulta a Bertomeu. Porque lo admira: quien pudiera tener su dinero, su influencia, su mujer – lo piensa, literalmente –; cómo no perdonar sus crímenes, si él los habría cometido aún peores de haber tenido oportunidad.
Para comprender Madrid y a Isabel Díaz Ayuso hay que ponerse primero en la piel incinerada de Rubén Collado y entender que la mentalidad del votante neoconservador promedio es piadosamente parecida a la del personaje chirbiano. En el madrileñismo castizo de clase media-alta, donde están los extrarradios del poder financiero y político –grandes agentes inmobiliarios, empresarios medios, comisionistas sanitarios; todos ellos vehículos impulsados por la gasolina que emana de la capitalidad de la ciudad, único activo con el que realmente cuenta–, se aceptan las reglas del juego que ha controlado la presidenta y su comisionista maridín; la corrupción, o presunta corrupción, en esos círculos estrambóticos no penaliza porque es así como comprenden que funciona la fortuna, pájaro de barro que solo se amasa cuando se pasea con un pie muy cerca del límite del acantilado legal y moral. ¿Alguien sería capaz de decirme, desde el terreno ético e ignorando por completo el Código Penal, dónde acaba el olfateo de oportunidades y empieza el uso de información privilegiada?, ¿alguien sabría exactamente cuándo una llamada para presionar a un cliente o proveedor se tensa tanto que puede ser considerada coacción?, ¿quién se atrevería a poner clarísimamente la línea entre empresario y mafioso, cuando sabemos por la prensa económica que los supuestos primeros son condenados a diario por jugar con las normas técnicamente exclusivas de los segundos?
En el empresariado guindilla madrileño no hay ni habrá una condena a las trapacerías que el clan Amador-Ayuso pergeña porque comprenden que los límites no son claros y se pueden saltar; son normas no escritas que las oportunidades se aprovechan, sean cuales sean y sin importar de qué lado del barranco vengan. Si se da la oportunidad de comisionar un pastizal del mayor proveedor de la Comunidad que preside tu novia, se hace; si surge mudarse a un atiquito de seis kilos pagados por el contribuyente, pues ya está. Quién pudiera, amigo. Están en su derecho, claro que sí. El empresariado guindilla y el votante neoconservador promedio que sustenta electoralmente a Ayuso no se conmociona al leer el periódico porque haría lo mismo de estar en la piel de cualquiera del entorno de la presidenta; de hecho, quizá muchos lo hagan, pero a otra escala, a la suya, igual que Ramón Collado trata de hacer como Rubén Bertomeu desde su particular nivel. Madrid es una región podrida que ahora ha encontrado en la oposición al sanchismo la excusa ideológica –moral, te dirían ellos– para trapacear alegremente, enseñando sus vergüenzas. Antes también se hacía, pero ahora han guardado los pasamontañas en el armario.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.