Opinión
Gernika, el valor político de pedir perdón

Historiadora, investigadora del CEDID-UAB y coordinadora del Archivo Histórico de la Fundació Carles Pi i Sunyer
-Actualizado a
El pasado 28 de noviembre de 2025, España vivió uno de los días más relevantes para la memoria histórica del país. ¿Saben qué pasó? Una pista: Gernika. ¿Se acuerdan de haber leído algún artículo? ¿Escuchado alguna crónica? ¿Visto algunas imágenes? Segunda pista: el presidente de la República Federal de Alemania.
Cierto es que la noticia pasó casi desapercibida. No hubo grandes titulares, no hubo tertulias radiofónicas ni televisivas relatando la noticia. Ni noticias estridentes ni una larga conversación pública que prolongara este hecho en el debate político. Quizá porque ocurrió en un mundo instalado en la inmediatez, donde los gestos que no producen conflicto inmediato ni rédito electoral se disuelven con rapidez. Y sin embargo, aquel acto silencioso, sobrio y deliberadamente contenido fue uno de los gestos políticos más importantes que se han producido en España y Europa en los últimos tiempos en materia de memoria histórica.
El presidente de la República Federal de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, el máximo representante político del país germano, acudió a Gernika a pedir perdón públicamente. Y no lo hizo como quien cumple un trámite protocolario. Lo hizo como jefe del Estado alemán que aquel 26 de abril de 1937 bombardeó el pueblo vasco desde el aire. Lo hizo consciente de que pisaba un lugar que condensa uno de los símbolos más notorios de la violencia contra la población civil del siglo XX. Aquél fatídico día, la Legión Cóndor alemana ensayó la guerra moderna al servicio del golpe franquista. Un pueblo aniquilado, centenares de vidas destruidas y la constatación que el bombardeo indiscriminado contra la población civil entraba en las nuevas "técnicas militares de guerra". Gernika no sería la única. Barcelona, se convertiría también, a partir de febrero de 1937, en la ciudad más bombardeada hasta la entrada del ejército franquista el 26 de enero de 1939. No hay mes sin bombardeo, no hay semana sin registro de alarma aérea. Meses y meses viviendo bajo unas "alas negras" que lo teñían todo de rojo. Miedo, hambre, víctimas, heridos, destrucción…
Ante todo ello, Steinmeier vino a Gernika y agachó la cabeza en señal de respeto y perdón. El gesto fue aún más elocuente por su forma. No hubo grandes discursos ni declaraciones enfáticas. Hubo silencio, recogimiento, una ofrenda floral y un encuentro con supervivientes y representantes de la memoria. En un tiempo de política performativa y de exceso de palabra, esa contención fue en sí misma una declaración de principios. La memoria, parecía decir Steinmeier, no necesita espectáculo, necesita verdad, reconocimiento y responsabilidad.
Y un conmovedor silencio presidiendo este acto de memoria histórica. Mientras Steinmeier, acompañado del rey Felipe VI, rendía honor ante el mausoleo dedicado a las víctimas del bombardeo en el cementerio de Gernika, sólo la música podía deslizarse en tal memorable momento. Gernika, una bellísima pieza compuesta por Pablo Sorozábal y dedicada al infausto episodio, sonaba imponiendo emoción y recuerdo. Y tras las notas finales, cinco toques de campana largos y profundos de la única campana original que sobrevivió a las bombas nazis. Silencio, música y memoria. Sobrecogedor. Revelador.
Reconocer la culpa no es un acto simbólico menor. Tampoco es un gesto vacío. En el caso alemán, forma parte de una arquitectura política y moral construida durante décadas: la Vergangenheitsbewältigung, el largo y complejo proceso de afrontamiento del pasado. Un modelo que entiende que la democracia no se consolida a pesar de su historia, sino precisamente a través de una relación honesta y exigente con ella. En Alemania, la memoria histórica no es una política sectorial ni un campo de disputa coyuntural; es una política de Estado sostenida en el tiempo, asumida institucionalmente y proyectada también hacia el exterior.
La visita a Gernika debe leerse en ese marco. No es un gesto aislado ni una concesión diplomática. Es la prolongación lógica de una concepción de la memoria que no se detiene en las fronteras nacionales y que asume que la responsabilidad histórica no prescribe ni se limita al propio territorio. Alemania no bombardeó Gernika "por error" ni como un daño colateral de la guerra; lo hizo como parte activa de un proyecto político y militar que hoy reconoce como criminal. Nombrar esa responsabilidad es, en sí mismo, un acto de pedagogía democrática.
Alemania nos lleva años de ventaja. Años de trabajo consciente en pro de una memoria histórica y de un país que ha mirado su pasado para aprender de él. Para no volver a caer en el error. Pero ello sólo se consigue explicándolo, hablando de ello, no escondiéndolo a las generaciones jóvenes. Abriendo los ojos a una Alemania que existió y reconociendo que no quieren que vuelva a existir.
En palabras del propio presidente Steinmeier: "Alemania es consciente de su responsabilidad histórica. La reconocemos y sentimos la obligación de trabajar hoy por la paz, la democracia y contra la violencia. No soy el primer alemán que viene aquí y lo expresa 'in situ'. Pero creo que es bueno para nuestras relaciones mutuas que, por primera vez, un presidente federal alemán reconozca aquí, en persona, la responsabilidad por los hechos de entonces".
De esta declaración, dos comentarios. Primero, ciertamente no era el primer alemán que se dirigía al pueblo de Gernika. Es importante recordar la carta que un lejano 27 de marzo de 1997, el entonces presidente de la República Federal de Alemania, Roman Herzog, dirigió al pueblo vasco: "[…] Para ustedes sigue siendo presente lo que para la mayoría de nosotros es pasado. […] Yo quiero asumir este pasado y reconocer expresamente la culpa de los aviones alemanes involucrados. […] Comparto con ustedes el luto por los muertos y heridos. Les ofrezco mi mano abierta en ruego por la reconciliación". Este reconocimiento y esta mano abierta es la que el pasado mes de noviembre ejerció públicamente Steinmeier.
Y segundo comentario. Herzog abrió las manos a las condolencias y al duelo, pero lo hizo a distancia y por carta. Steinmeier fue el primero en presidir un acto de perdón político reconociendo "la responsabilidad por los hechos de entonces". Cierto es. Esta era la primera vez, en 88 años, que el más alto representante de Alemania pisaba Gernika. Nunca, desde aquel 26 de abril de 1937, la voz política del país germano había hecho este gesto in situ. ¿No creen que esto merecía portadas, titulares, crónicas, o algún artículo? ¿De verdad? Sorprendentemente, poco eco mediático tuvo. Poco se explicó de este episodio crucial para la memoria histórica de España y Alemania. ¿Y saben lo más curioso de todo? Que si una repasa la prensa internacional de aquellos días se da cuenta que fue ampliamente reseñado, explicado e ilustrado.
Gernika ofrece una lección que va más allá del caso alemán. En un mundo que parece deslizarse hacia la normalización de la fuerza y la impunidad, pedir perdón es un acto profundamente político. Reconocer la culpa no es un gesto del pasado; es una apuesta por el futuro. La memoria histórica, cuando se ejerce con rigor y valentía, no divide: establece límites, fija responsabilidades y refuerza los cimientos democráticos.
Tal vez por eso la visita de Steinmeier pasó casi desapercibida. Porque no encajaba en el ritmo frenético de la actualidad ni en la lógica del enfrentamiento permanente. Pero precisamente por eso merece ser recuperada, analizada y reivindicada. En tiempos de ruido, el silencio de Gernika fue una lección de política democrática. Una lección que España debería haber explicado más.

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