Opinión
Hablar sobre el burka como demócratas

Por Joaquín Urias
Profesor de Derecho Constitucional y exletrado del Tribunal constitucional
-Actualizado a
Y de pronto llegó el burka. Un día lo anunció Feijóo, al siguiente lo propuso VOX y de pronto las redes sociales se llenaron de mensajes exaltados. En cuestión de horas miles de personas se han vuelto expertas en la historia, el sentido y el uso del burka y el niqab musulmanes. Inmediatamente no han dudado en lanzarse a gritos al debate público, exigiendo que se prohiba de una vez ese terrible atentado contra la mujer. La más radical es gente que apenas se había preocupado hasta ahora por los derechos de las mujeres; si acaso, se había indignado antes con la llegada de mujeres transexuales, pero poco más. No importa. Ha bastado que Abascal dé la orden para que periodistas, juristas, opinadoras y otras personas de orden se crean la Pasionaria o la Simone de Beauvoir de la lucha contra los moros.
La mayoría de religiones tiene disposiciones discriminatorias contra la mujer. Lo de mantenerla callada y sometida a su marido parece ser un lugar común a casi todas ellas. La plasmación de esta alienación en formas de vestir que las invisibiliza repugna a cualquier demócrata. Aún así, la mayoría de españoles y españolas no ha visto nunca un burka de cerca. La práctica totalidad de quienes se exaltan estos días apenas ha vislumbrado a lo sumo de lejos el niqab de alguna turista árabe rica, pero cree que es un debate urgente. Harán lo que haga falta para prohibir de inmediato está práctica centenaria, insultando o agrediendo a quien ponga pegas, aunque sean constitucionales.
El debate, promovido desde la ultraderecha, llega en el momento más delicado de nuestra democracia. Por el modo en que se desarrolla, está resultando extraordinariamente dañino para un sistema basado en las libertades. Para VOX y sus socios de lo que se trata es de presentar posturas maximalistas y xenófobas como si fueran de sentido común… y gran parte de la ciudadanía razonable las compra de manera acrítica.
Es sabido que una de las características del fascismo es la de ofrecer soluciones simples a problemas complejos. Otra, inventar problemas inexistentes que hacen a la población sentirse en peligro y unida frente a una minoría a la que fácilmente se culpa de todos los males. Los términos de este debate provocado siguen perfectamente esta estrategia.
El Partido Popular y VOX proponen multar a cualquier mujer musulmana que vaya completamente tapada por la calle. Frente a esa propuesta, la duda no debe ser si el burka está bien o no, sino si tal prohibición es posible, adecuada y necesaria. Ninguna persona demócrata puede estar a favor de alienar y cancelar a las mujeres de manera tan evidente y terrible. Partimos todos y todas de que el burka es una prenda odiosa y discriminadora impuesta a la mujer. Pero esa evidencia no es suficiente para validar por sí sola las multas propuesta. Una cosa es la maldad del velo y otra la discusión acerca de cómo combatirla. Se mezclan ambas para radicalizar la sociedad y evitar escuchar otras voces. En el fondo, la idea que se quiere extender es que quien no esté dispuesto a sacar una antorcha para quemar a nuestros enemigos es un traidor vendido a ellos.
En vez de eso, en una sociedad democrática abierta todos y todas deberíamos hacernos algunas pregunta antes de formarnos una opinión sobre la iniciativa en discusión.
¿Por qué se habla del burka ahora? ¿Por qué parece necesario discutir de ello justo en este momento? El burka lleva décadas siendo un problema… en los países en los que se usa. Casi nadie de quienes se califican de defensores o defensoras de la mujer ha dicho nada hasta ahora. Aun así, su uso no ha aumentado, ni mucho menos, en España. No se ven ahora más burkas que antes en nuestras calles ni hay una situación nueva que regular. La única respuesta posible es que en este momento es cuando le interesa a la ultraderecha. La islamofobia y el odio (o miedo) a los inmigrantes han calado tanto como para que incluso personas que se consideran a sí mismas demócratas estén dispuestas a discutir sobre el tema. Esa es la única razón, pero ello no vuelve necesariamente inútil el debate, si se hace de manera razonable. Y ahí viene entonces la siguiente pregunta.
¿Qué se conseguiría prohibiendo el burka? La propuesta en discusión pretende multar a las mujeres que lo lleven en público. Así, si se lo ponen por voluntad propia, dejarán de hacerlo por miedo a las multas. Un razonamiento perfecto… salvo si partimos de que el problema del burka es que las mujeres que lo usan no lo hacen libremente. Si la decisión no es de ellas, no se entiende por qué castigarlas a ellas.
También podría ser para que los maridos e imanes que las obligan a ello dejaran de hacerlo asustados ellos por las multas. En ese caso ¿cuál sería el resultado más probable? ¿que los hombres machistas que obligan a sus mujeres a ir tapadas les permitan por fin salir enseñando la cara o que ni siquiera las dejen salir de casa?
En un debate libre puede haber personas, incluso feministas, que crean que es mejor que esas mujeres musulmanas ni siquiera puedan salir a la calle. Pueden argumentarlo, por ejemplo, diciendo que eso volvería la situación general tan insostenible que al final estallaría. Otras personas, igualmente feministas, pueden oponer que no es justo imponer a esas mujeres ya sometidas un daño mayor del que ahora sufren. Es un debate para el que no hay una respuesta clara. Sin embargo, simplemente no estamos hablando en estos términos. En estos días la opinión pública no dispute de cuál es la solución al problema del burka. A fin de cuentas, al fascismo no le interesan las soluciones, sino que la gente grite y discuta como hordas, esparciendo odio y orgullo identitario. Son el nutriente donde crecen la xenofobia y sus votos.
En un debate democrático racional, después de acordar cuál es el problema y cuáles las posibles soluciones, se pensaría en qué es lo que se puede hacer y qué lo que no dentro de nuestro marco legal.
Algo que no se puede hacer es prohibir específicamente las prácticas de una religión. Una ley que explícitamente se dirigiera exclusivamente contra dos prendas concretas propias de una religión sería discriminatoria. Los países que han impuesto prohibiciones similares lo han hecho con declaraciones generales —al menos en teoría— a cualquier prenda similar de cualquier religión. El legislador puede decidir que sólo se prohíban prendas que tapan completamente el rostro de la mujer, pero no puede prohibirlo solo cuando lo hace un musulmán y permitir que las mujeres de otras confesiones lleven en público velos similares tal y como hacían antiguamente algunas católicas, hindúes y otras religiones durante el duelo o en sus bodas. Si se prohíbe, debe ser para proteger a la mujer, no para perseguir a una religión específica.
Más allá, el legislador debe buscar una motivación que haga constitucionalmente legítima tal intromisión en los elementos de una religión. No puede hacerlo por razones de seguridad pública. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ya ha declarado que antes de prohibir el burka por tales motivos se pueden buscar soluciones menos lesivas como el permitir que los policías puedan ver los rostros de las mujeres tapadas cuando lo pidan por cuestiones de seguridad o identificación. Habría que buscar una motivación que quizás pudiera descansar en la igualdad de la mujer, aunque ahí podría surgir el problema de justificar qué prácticas discriminatoria se prohíben —las hay en todas las religiones— y cuáles no. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha aceptado prohibiciones similares en Bélgica basadas en los valores constitucionales, pero de una parte la frecuencia de estas prendas en nuestro país difícilmente permiten una justificación similar; de otra, es necesario delimitar la forma y extensión de las sanciones: el mismo tribunal condenó a Bélgica por no permitir el acceso de una mujer velada a un tribunal.
En fin, la cuestión jurídica es delicada y resulta evidente que, aunque habría manera de castigar determinados comportamientos, la propuesta simplona de prohibir el burka y multar a quien lo use no tiene un acomodo constitucional fácil.
Todas estas cuestiones se están obviando. La derecha y sus agitadores no están dispuestos a abrir un debate de matices, porque no les interesa mejorar la vida de las mujeres de ninguna religión. Lo suyo son los mensajes simplones, insultantes y grandilocuentes.
La izquierda, por su parte, está noqueada y parece preferir no abrir ningún tipo de debate, temerosa de que la población no sea capaz de entender todos estos matices. Es verdad que los propagandistas del odio lo hacen difícil, pero negarse a explicar las cosas es, una vez más, permitir que el fascismo —y esta vez es el de verdad— gane la batalla.


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