Opinión
Lo que las hambrunas del siglo XIX nos cuentan de la crisis de vivienda del siglo XXI

Investigador científico, Incipit-CSIC
-Actualizado a
La crisis de vivienda es el principal problema de España -y de buena parte del mundo. Según algunos opinadores de la derecha, la culpa se debe exclusivamente a la falta de inmuebles y cualquier crítica a la especulación es ideológica e irrelevante.
Estos días me acuerdo mucho de las crisis del siglo XIX, no de vivienda, sino de alimento. Y me acuerdo de ellas porque los paralelismos con nuestra actual coyuntura resultan muy elocuentes.
Partamos de un punto de acuerdo con los liberales: el problema de la vivienda tiene que ver con falta de oferta en lugares tensionados. Hay más gente que busca casas que casas disponibles. Así comenzaron las crisis de subsistencias en el siglo XIX: con una reducción en la oferta de alimentos. Ahora bien, como todo historiador sabe, las hambrunas raramente son un fenómeno exclusivamente natural. Es decir, la escasez ciertamente la causan malas cosechas, a su vez debidas a factores climáticos o biológicos, como las sequías o las plagas, pero la hambruna no le sigue necesariamente. Y cuando se vuelve inevitable, la magnitud del hambre depende mucho de factores sociales y políticos.
El caso de la India resulta especialmente ilustrativo. Entre 1850 y 1899 murieron en la India cerca de 15 millones de personas debido a hambrunas provocada por la sequía. Aunque el subcontinente se había enfrentado a crisis severas en el pasado, ningún período fue tan mortífero como el del colonialismo británico. ¿Qué lo hizo diferente? Entre otras cosas, que los británicos impusieron un modelo estrictamente capitalista de libre mercado: acción estatal reducida al mínimo, libertad absoluta para comerciar con bienes de primera necesidad.
El grano, conceptualizado como una mercancía más, se vendía al mejor postor, incluso en épocas de crisis. Muchos se lucraron exportando alimentos mientras la gente moría de hambre. La situación era muy diferente a la de períodos anteriores: a la ideología capitalista se unieron los nuevos medios de transporte y la incipiente globalización que facilitaban que el cereal abandonara las aldeas por destinos más lucrativos. Debido a ello, nos recuerda el historiador Jürgen Oesterhammel, incluso fluctuaciones mínimas en la producción agrícola podían llevar a subidas de precios que volvían prohibitivos los alimentos básicos.
Por otro lado, los crecientes réditos económicos de la agricultura capitalizada y globalizada llevaron a la privatización de tierras comunes, de las que dependía la subsistencia de muchos, y a la acumulación en manos de unos pocos de grandes extensiones de terreno. Aquellos que carecían de tierra y propiedades -un número cada vez mayor bajo el modelo colonial capitalista- sufrieron infinitamente más que el resto y mucho más de lo que habían sufrido sus antepasados en crisis previas.
En el caso de Irlanda, la hambruna de 1845-1852 tuvo como principal responsable la plaga de la patata, el pilar de la nutrición en el país. Pero también aquí las cuestiones ideológicas tuvieron un papel importante: las autoridades británicas se negaron a intervenir el mercado agrícola porque habría dañado los intereses de terratenientes y comerciantes. Y tampoco se preocuparon por proporcionar ayuda a la población necesitada: el reparto de alimentos fue escaso e intermitente. El resultado: un millón de muertos, dos millones de emigrados.
Los defensores del ladrillo critican el intervencionismo estatal como contraproducente. Pero lo cierto es que la intervención del Estado -una combinación de asistencia pública vigorosa y limitaciones a las compraventas especulativas- habría salvado millones de vidas en las hambrunas del siglo XIX. Aunque no hubiera puesto fin a las crisis, habría aminorado su impacto. Hoy en cuestiones de vivienda no nos enfrentamos solo a la escasez. El acaparamiento en manos de unos pocos, la privatización de recursos públicos, las operaciones especulativas y la conversión de bienes locales de primera necesidad en activos globales también afectan seriamente al acceso a la vivienda -como sucedió con al arroz y las patatas en el siglo XIX. Y no es un problema local ni nacional, sino global: porque global es el sistema capitalista que domina las economías del planeta.
Puede que atravesemos una época de malas cosechas, por decirlo metafóricamente, y que necesitemos más cereal para alimentarnos adecuadamente, pero la hambruna que padecemos no es culpa de la sequía ni de las plagas, sino de los especuladores de grano y de los gobiernos neoliberales que practican el laissez faire. Exactamente igual que en el siglo XIX. Y negar esto, por mucho que insistan los opinadores de la derecha, sí es pura ideología.
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