Opinión
Hay gente buena

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Ver cada domingo el nuevo capítulo de The Pitt se ha convertido en mi actividad sadomasoquista predilecta: no soporto más de quince minutos de serie sin sentir que una ponzoña de hipocondría fertilizada con los casos tratados por el equipo de Robby me hiela las manos y me empuja a moverme, a encenderme un cigarro en el balcón, a calentarme en la cocina una tila de dos bolsitas, a toquetearme las glándulas linfáticas en busca de un tumor que me mate en quince meses; sin embargo, sumergirme en lo que el protagonista de la serie define como la fosa de las urgencias me reconcilia de alguna forma incauta y humana – nada hay más incauto que lo humano – con el mundo tras el cristal del ventanuco en el que se refleja mi televisor. Me hace pensar que de verdad hay gente que hace lo correcto. Que hay gente buena.
Sentí algo parecido en otro hospital, este real. La semana pasada, una muela que me reventé hace cinco meses en una fiesta – ya sé que debía haber ido al dentista, mi abuela me ha regañado – se puso tontorrona y me provocó un dolor indescriptible, os juro que el más intenso que he sentido en toda mi vida, que se replicó por los nervios de la mandíbula hasta el cuello y la sien, doblándome entre escalofríos en el sofá y paralizándome; estaba tan dolorido que las venas de la cara se marcaban y me hacían parecer un cajetín de cables abandonado en las afueras de una urbanización de la Sagra.
Comprendí algunas cosas gracias a la joven médica que me trató. El hospital estaba viejo y destartalado, pero ella me atendía como si nada con sus gafas redondas enormes y sus manos cubiertas por guantes azules y su pin colorido enganchado en el bolsillo de la pechera y su oficio exquisito de las manos; me miraba divertida, compasiva, comprensiva, inteligente; me respondía con seguridad, con palabras cortas, quitándole hierro al asunto aunque tratándome como al adulto funcional que me gustaría ser. Estaba haciendo lo correcto, lo bueno, lo que debía; me ponía ampollas antiinflamatorias que sabía que no me harían mucho efecto, corría para atender a ancianos que ingresaban con crisis de ansiedad a los que no podía dar más consuelo que el de la distracción leve de la muerte, esquivaba a la carrera cubos amarillos que recogían las goteras como cascadas de aquel hospital casi en ruinas. Porque todo estaba en ruinas a su alrededor. Todo. Y no solo el hospital. También lo de fuera. Todo. Todo en ruinas. Allí, en el barrio de en frente, a tres mil kilómetros al noreste, al otro lado del Mediterráneo. Todo. Pero qué le importaba a ella y a su pin. Todo estaba en ruinas, pero seguía haciendo lo correcto, igual que Robby en el foso de Pittsburgh, porque hay personas a las que nada de lo que pase ahí fuera les sirve de excusa para dejar de hacerlo. En estos momentos, quizá os consuele un poco saber que no solo existen en la ficción.
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