Opinión
El 'heroin chic', la teta y las cincuenta puñaladas

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
-Actualizado a
Llevo casi toda mi vida contando calorías. Desde los dieciseis años, para ser exacta, cuando un compañero de clase me levantó la sudadera para comprobar el grosor de mis muslos y me miró con cara de desaprobación. No he tenido, ni tengo, ni creo que pueda llegar a tener nunca, una relación sana o realmente disfrutona con la comida. Me he pasado veranos enteros sin probar un helado y cumpleaños y celebraciones calculando la manera de compensar el trocito de tarta, el bocado al turrón de chocolate o los dos canapés del aperitivo. He practicado todo tipos de ayunos, hecho ejercicio hasta la extenuación y llevado durante años ropa dos tallas más grande porque estaba convencida de que era la que me correspondía, a pesar de lo que me dijeran familia, amigos y hasta las dependientas de las tiendas. He mentido, mucho, sobre si he comido o no y sobre todo he mentido al hablar de cómo me sentía realmente, siempre a la defensiva pero a la vez siempre risueña, disimulando el hambre y la vergüenza. Y lo que es peor, he hablado de forma despectiva sobre mi cuerpo, mi peso, sobre lo gorda que estaba o lo fea que me siento delante de mi hija, sin darme cuenta del daño que nos hacía a las dos con ello.
Les cuento todo esto, no como queja, sino más bien como un ejercicio público de autoconciencia y aceptación de mis contradicciones y máculas como ser humano, como madre y como feminista. Porque a lo largo de todos estos años he reflexionado, leído y formado sobre las presiones y los estereotipos de género, lo que me ha permitido racionalizar en parte toda esta mierda y también entenderme mejor y buscar ayuda. Pero es difícil. Porque todo está en nuestra contra y vivimos rodeadas de imágenes y de mensajes en los que se nos deja claro que si queremos que se nos tenga en cuenta, si queremos hacernos de valer, más nos vale estar delgadas. Porque el body positive no fue más que un breve sueño, un espejismo al que se sumó el mundo de la moda y el cine a regañadientes y que se desvaneció en el mismo instante en el que dejamos que el discurso reaccionario copara toda la conversación pública.
Y una de las consecuencias de este regreso al Howards End de lo rancio es el retorno del heroin chic, ese culto a la delgadez extrema, esa sublimación del cuerpo femenino desnutrido y enfermo, patrocinado esta vez por la industria farmacéutica y amadrinado por el glamour de un Hollywood que no disimula su felicidad ante los cuerpos casi inexistentes de sus estrellas femeninas. Pero las que fuimos adolescentes en los noventa sabemos que esto es solo el principio de una liturgia aún más brutal. Pues el mundo del heroin chic fue solo la antesala de la ofensiva misógina de los años dos mil con sus pantalones de tiro bajo para poder presumir de cómo nos sobresalían los huesos de la cadera y en los que ni la prensa ni el cine se cortaban a la hora de reírse del cuerpo de las mujeres. “Gorda” se convirtió en el peor insulto que se le podía decir a una mujer, pasando a ser una tara imperdonable y la excusa para poder hacer bullying, reírse y cuestionar los logros femeninos. Solo tenemos que recordar los casos de Britney Spears o Janet Jackson, y la alegría con la que nos sumamos a ese akelarre misógino dosmilero, para entender que estamos jugando de nuevo con el fuego patriarcal y reaccionario que nos hizo creer que Bridget Jones era una persona ridícula porque no cabía en una talla 36 y que enseñar una teta en la televisión era peor que invadir un país ilegalmente y provocar un millón de muertos.
El hambre es un mecanismo de control de masas muy eficaz, esto lo saben bien muchos gobiernos -Franco y en estos momentos Netanyahu se pueden coronar como auténticos expertos en la materia- pero también de control individual, de ahí que sea una de las herramientas favoritas de todo líder sectario que se precie. Sabemos, por ejemplo, que Charles Manson mataba de hambre a La Familia y que utilizaba la comida como forma de establecer jerarquías -las mujeres y los niños se tenían que conformar con las sobras y comer solo cuando los hombres hubieran terminado- y que Keith Raniere, fundador de la secta NXIVM, obligaba a las mujeres de su culto a seguir una estricta dieta hipocalórica que era en realidad el preámbulo del abuso y la explotación sexual a los que las sometía. Porque pasar hambre de forma voluntaria exige un gran autocontrol y un esfuerzo enorme que nos deja también exhaustas y vulnerables, por eso se nos ha querido convencer de que perder nuestra vida, nuestro tiempo y poner en riesgo nuestra salud -física y mental- para ser dueñas de un cuerpo mínimo, es sinónimo de éxito, belleza y juventud -pues es un cuerpo que imita el de la prepubertad- pero también de haber alcanzado un mayor grado de superioridad moral con respecto al resto de mujeres que no lo han logrado, las cuales, por esta falaz regla de tres, se convierten en seres indisciplinados y sospechosos. Una perversa y embustera lógica que tiene como objetivo disciplinar y controlar el cuerpo y las mentes de las mujeres, y que ha regresado justo cuando la marea reaccionaria comienza a poner en peligro muchos de los avances del feminismo.
Nada es, por tanto, accidental, ni las modas surgen tampoco de manera espontánea porque, si bien es verdad que en parte este remake del heroin chic ha venido de la mano del nacimiento de nuevos fármacos que suprimen la sensación de hambre -y también la del placer que sentimos al comer, todo un símbolo del mundo que nos quieren imponer-, no es menos cierto que la principal pieza a batir de la Reacción somos las mujeres, por lo que no nos debe extrañar que vuelvan a enarbolar la bandera de la feminidad clásica, ese constructo con el que volver a encerrarnos en nuestros cuerpos -delgados, discretos, pasivos- y en nuestras casas.
La fantasía reaccionaria se está extendiendo además a toda velocidad impulsada artificialmente por el algoritmo y los bots, pero también por ciertos medios de comunicación desesperados por recuperar unas audiencias que se les escurren entre los dedos. Pero siguen siendo las redes sociales el lugar favorito para dar rienda suelta, de forma anónima y cobarde principalmente, a la frustración y el rencor patriarcal y donde se ensayan todos los días nuevos ataques contra los derechos conquistados por las mujeres. Los nostálgicos de la impunidad machista ya van, y perdónenme la expresión, a calzón quitado, pues sienten que ya no tienen la necesidad de disimular su odio misógino, un odio del que participan además tanto gacetilleros aspirantes a columnista de raza, copa de Soberano y puro como imitadores patrios de Charlie Kirk y un Partido Popular inmerso en una pelea suicida para disputarle el espacio reaccionario a VOX.
Podemos así trazar un hilo que une la violencia verbal misógina -cada día más visceral- con el regreso y la apología de estereotipos dañinos y limitantes y, finalmente, con la justificación de la violencia física hacia las mujeres. De ahí el intento indisimulado y procaz de manipular a la opinión pública que hemos vivido en estas últimas semanas y que tiene como objetivo cambiar el foco a la hora de hablar, y por tanto de concebir, entender, explicar y abordar, la violencia de género. Mediante datos sesgados, mentiras y casos aislados se quiere hacer pasar cínicamente a los maltratadores como víctimas, todo esto en vísperas del 25N y en un país que ha visto morir asesinadas en los últimos once meses a treinta y ocho mujeres y a tres menores de edad y donde cada día se interponen quinientas setenta denuncias por violencia machista. Y el asesinato machista de María del Pilar el pasado 15 de noviembre en Alpedrete ha marcado además un peligroso punto de inflexión en esta guerra contra las mujeres: mientras el alcalde del PP y los hijos de la víctima salían raudos a defender el nombre y el honor del padre y asesino, invisibilizando con ello a la víctima y su sufrimiento, en las redes y en algunos medios de comunicación se comenzaron a hacer auténticos ejercicios de contorsionismo retórico y ético para justicar esas malditas cincuenta puñaladas.
Aunque afortunadamente la propaganda misógina todavía no ha logrado romper el consenso social mayoritario de rechazo hacia la violencia de género, no podemos seguir minusvalorando el peligro que nos acecha. Porque a la Reacción las mujeres le gustamos delgaditas, discretas, calladitas y sumisas y ya apenas disimulan que, si no aceptamos el rol que nos quieren imponer, no es que les importe mucho vernos muertas.
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