Opinión
Hipergentrificación

Por Pablo Batalla
Periodista
La primera y última vez que estuve en la librería Pérgamo, Pablo Cerezo me habló de la "hipergentrificación" del barrio de Salamanca, de donde pronto va a marcharse esa que es la librería más antigua de Madrid, con ochenta años de historia. Ya había estado a punto de desaparecer cuando los anteriores dueños se jubilaron, pero Pablo y su equipo se hicieron cargo de ella y la salvaron. Ahora las dueñas del local no les renuevan el contrato, y lo que hoy se pide por un local en el barrio es una cuantía que no hay manera humana de pagar; y Pérgamo, entonces, hace las maletas. Abrirá de nuevo, pero probablemente en otro barrio. El de Salamanca se está, sí, hipergentrificando, concepto curioso que Pablo me ilustró aquel día. Afecta a gente que es del barrio de toda la vida: gente adinerada, altos funcionarios y militares, notarios, registradores, abogados del Estado, diplomáticos, catedráticos y así, que no van a acabar precisamente debajo de un puente, pero que ya no pueden permitirse los precios que van subiendo hasta la estratosfera los nuevos residentes del barrio, esos oligarcas latinoamericanos —parece que, sobre todo, mexicanos, venezolanos y colombianos— que llevan unos años desembarcando en Madrid.
No es que tenga que darnos ninguna pena que esa gente haga las maletas. El problema es que se instalarán en barrios que gentrificarán a su vez, y de donde otros tendrán que irse, y así sucesivamente, hasta afectar a los últimos de la pirámide de la vivienda, los nadies que sí deben preocuparnos, y a los que ya se expulsa hasta de la provincia. Según el padrón municipal, en 2025 más de 120.000 personas dejaron la ciudad de Madrid por otros municipios españoles; casi la mitad, para irse a otro de la propia Comunidad. En Illescas (Toledo), había 17.312 personas empadronadas en 2007; en 2024 había 32.159. La ciudad que el ayusismo vende como acogedora como ninguna es en realidad tremendamente hostil; una centrifugadora de desahuciados, aunque también sea una aspiradora de trabajadores precarios. Ellos también se instalan en sitios como Illescas. Lo novedoso es que lo sea ya para gente que cobra del orden de siete mil euros al mes. Que ya son euros. Pero es que hay gente que tiene muchos, muchísimos euros. Y no es cosa solo de Madrid: en Asturias, el Consejo General del Notariado estima que solo el 47% de las adquisiciones de vivienda se financian con hipoteca; es decir, más de la mitad se pagan sin hipoteca. Y en Gijón, ahora mismo, un piso medio de ochenta metros no baja de los doscientos mil euros.
Los geógrafos lo llaman supergentrificación. El término lo acuñó en 2003 la británica Loretta Lees al estudiar Brooklyn Heights, un barrio neoyorquino que ya se había aburguesado en los sesenta y que, a pocos minutos de Wall Street, empezó a ser comprado al contado por los financifiers, los nuevos ricos de las finanzas globales, que no necesitaban ni hipoteca. Lees reconstruyó la vida de una casa: un joven abogado la compró en 1962 por 28.000 dólares; en los noventa, una corredora de Wall Street pagó por ella casi 600.000 en efectivo, la reformó a lo grande y, apenas un año después, la vendió por más de 1,75 millones. Es la segunda vuelta de tuerca: ya no son las clases medias que colonizan un barrio obrero, sino una élite global que desaloja a la vieja burguesía. Lees hablaba del "poder del capital para impulsar oleadas sucesivas de transformación". La nueva oleada es esta, y le sobran las librerías, aunque sea la librería a la que iba Federico Trillo. En qué se convertirá el local no lo sabemos, pero posiblemente en una vivienda. Una modificación del Plan General de Ordenación Urbana de Madrid aprobada en 2023 abrió la puerta a que los locales en planta baja de edificios residenciales puedan cambiar su uso a vivienda: el sector ve el barrio de Salamanca como uno de los entornos con mayor potencial de este proceso de toda España.
Pérgamo bajará la persiana el 17 de noviembre. Seis días antes se celebra el Día de las Librerías, que este año, como recordaba Pablo Cerezo, coincide con una huelga general. Buena fecha para hacernos la pregunta que Pablo hace: si queremos una ciudad para quien la habita o para quien puede pagarla al contado.

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