Opinión
Homo Trumpus, homo Netanyahus

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Cerca de Casablanca, en la costa de Marruecos, han encontrado restos fósiles de un posible antepasado del homo sapiens con más de 770.000 años de antigüedad. Más o menos al tiempo que los antropólogos iban desenterrando huesos, en la otra orilla del mar, en Washington, otro antepasado del homo sapiens, cubierto con pantalones, chaqueta y corbata, ejecutaba pantomimas y danzas tribales para gran regocijo de su tribu. De la Casablanca prehistórica a la Casa Blanca del tercer milenio no es que la humanidad haya adelantado mucho: ni en desarrollo cerebral, ni en educación, ni en empatía, ni en buenas costumbres. El homo antecessor se cubría la cara con pigmentos para mimetizarse con el paisaje durante sus expediciones de caza, mientras que el homo trumpus (primo hermano del homo netanyahus) se embadurna el jeto con espray naranja y se peina a portazos.
Cómo es que el homo antecessor ha ido degenerando milenio a milenio hasta desembocar en el homo trumpus o en el homo netanyahus es un misterio impenetrable para la antropología, aunque quizá no lo sea tanto desde el momento en que advertimos que tampoco es que haya mucha diferencia entre una cachiporra y una bomba nuclear. Una mata de cerca, cara a cara, y la otra es capaz de volatilizar una ciudad de cinco millones de habitantes, pero el principio rector es el mismo: sal de esa puta cueva o te machaco. Lo de homo ya suena bastante machorro, vale, pero lo de sapiens resulta un adjetivo demasiado optimista para un primate que a lo largo de la historia y la prehistoria se ha dedicado principalmente a exterminar especies, desertizar hábitats y aniquilar congéneres. Sapiens, lo que se dice sapiens, eran Aristóteles, Isaac Newton, Marie Curie, Johann Sebastian Bach o Miguel de Cervantes.
Al homo trumpus le apetece el petróleo del otro lado del mar y no se corta un pelo: toda esa farfolla de la diplomacia y el derecho internacional se la trae al fresco, lo mismo que a Julio César, Carlomagno, Felipe II o Napoleón, que ni sabían lo que era el derecho internacional y se limpiaban el culo con la diplomacia. Al homo netanyahus le da por arrasar Gaza y se porta exactamente igual que Gengis Kan incendiando las estepas de Asia Central, asesinando niños y civilizando a su modo. La única manera de dialogar con un homo trumpus o un homo netanyahus (disculpen la redundancia) es la cachiporra, la bomba nuclear, el lenguaje de las hostias, el único idioma que entienden desde hace dos millones y pico de años.
La ceremonia del homo trumpus burlándose del presidente francés y de los atletas transgénero durante una rueda de prensa demuestra no tanto que la política internacional ha regresado al Paleolítico inferior, sino que nunca salió de la cueva. Quienes lamentan el grotesco espectáculo de contemplar a este homínido cítrico dando saltitos y haciendo el imbécil, olvidan que a este homínido lo han votado millones de compatriotas y lo aplauden muchos más millones de homínidos fuera de su tribu, encantados con la exhibición de poderío irreflexivo que supone dejar el botón rojo al alcance de semejante botarate. El homo trumpus (primo hermano del homo netanyahus) es el claro vencedor en la carrera evolutiva, siempre y cuando entendamos que la carrera va hacia atrás y la evolución no se sabe dónde. Por ejemplo, a montar un complejo hotelero en las ruinas de Gaza, sobre los fósiles de cientos de miles de seres humanos que, tal vez, los antropólogos del futuro desenterrarán asombrados de que el homo sapiens, en pleno siglo XXI, fuese tan poco sapiens.
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