Opinión
Los huevos de Rubiales

Por Anibal Malvar
Periodista
Ya sé que el título es un chiste fácil, despiadada lectora. Y cero original. Seguro que lo estoy copiando, en exacta enunciación o parecida, de algún columnista enemigo. Pero es que los huevos de Luis Rubiales ratifican de manera irrefutable la teoría de la navaja de Guillermo de Ockham, y hay que escribir sobre ellos.
Con lo de la navaja no insinuamos que haya que cortarle los testículos al expresidente de la Federación de Fútbol. Lo de la navaja de Ockham es un postulado filosófico del siglo XIV según el cual, en igualdad de condiciones, la solución más simple suele ser la más correcta (como han exiliado la filosofía de los colegios, ahora los columnistas nos vemos obligados a explicar estas obviedades para que nuestras jóvenes no se sientan tentadas a emascular a Rubiales ni a sus novios inspiradas en las aceradas teorías de Ockham: servidumbres del acceso universal al desconocimiento).
Pero regresemos a la consubstanciación epistemológica de los cojones de Rubiales y a su catalogación dentro de nuestra teosofía cognitiva y ontológica, para que nos entendamos todos.
Como tengo cuerpo medio de Ortega y Gasset y medio de Pérez Reverte, me atrevo a escribir que el dolor de los huevos de Rubiales es hoy la agonía del macho de España.
Excluyendo los de Rasputín, no recuerdo huevos en la historia universal tan trascendentes como los de Luis Rubiales. Es digno de que lo fichen Dani Esteve o PornHub.
Los huevos de Luis Rubiales marcaron su primer gran hito el 20 de agosto de 2023, día en que la selección femenina de fútbol ganó el Mundial de Australia. Acompañado en el palco por las bicéfalas reinas Sofía y Letizia, y por la dulce princesita Leonor, el presidente de la Real Federación no dudó en coreografiar su celebración del título con esta elegante y tradicional danza española: adelantó y atrasó la pelvis con movimientos convulsos, posó la palma abierta de la mano sobre su pene cual paloma enfurecida, y arrastró la lengua entre los labios en actitud evidentemente dialogante. No hay nada más caballeroso que celebrar una hazaña femenina agarrándose los huevos.
España difundió aquel día una imagen muy torera y muy Vox, y solo faltó que las virginales miembras de la casa real aplaudieran a Rubiales al grito de "Olé, tus huevos", delante de cientos de millones de telespectadoras de todo el mundo. Marca España. Marcapaquete España.
Después del nada sutil tocamiento televisivo, vino el beso de Rubiales a Jenni Hermoso. ¿Cómo no vas a poder besar a una simple futbolista después de haberte sobado las partes delante de toda la Casa Real De Las Chicas sin que ningún cónsul honorario te haya reprochado nada? Quizá es que nadie le dio importancia. Si Letizia hubiera celebrado el triunfo futbolero con tocamientos similares, salvando anatomías, el escándalo nos habría abocado a la república.
Como el karma es muy cabrón, ahora que Luis Rubiales intentaba enjabonarse la entrepierna con un libro exculpatorio, viene un propio y le arroja huevos (de los de gallina, de los caros) durante la presentación de su magna obra literaria. Todo en Rubiales son huevos, desde el principio hasta el fin.
Algunos medios y muchos tuits nos hicieron creer que el avícola terrorista que había atentado contra Rubiales era de extrema izquierda, un muyahidín feminazi adiestrado en cuevas galapagareñas por Jenni, Ione e Irene, Los Ángeles de Stalin en jerga policial. Después supimos que el agresor era un simple tío de Rubiales, que también es neonazi y estaba cabreado por no se sabe qué, como todos los neonazis.
Hay que escribir mucho sobre los huevos de Rubiales, porque los huevos de Rubiales dan para más de una tesis doctoral sobre España. Los ingleses tienen la navaja de Ockham, pero nosotros tenemos los cojones de Rubiales. A ver quién nos gana en feminismo y racionalidad. Y en estatura filosófica.

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