Opinión
Hungría decide si consolida su modelo iliberal
Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
-Actualizado a
Hungría enfrenta una elección decisiva que puede cementar la autocratización o abrir un camino a la recuperación democrática. Esta es una afirmación que se repite de manera sistemática en casi cualquier análisis sobre las elecciones legislativas del 12 de abril. Sin embargo, conviene introducir un matiz fundamental desde el inicio: los dos principales contendientes no representan mundos ideológicos opuestos, sino que emergen de una misma matriz política. Tanto FIDESZ como TISZA hunden sus raíces en un nacionalismo conservador que, con matices, ha estructurado la política húngara en las últimas décadas. Lo que está en juego, por tanto, no es una alternancia clásica entre bloques ideológicos, sino una disputa fratricida dentro de un mismo espacio político, que refleja una tensión más amplia que es la que atraviesa hoy a las derechas europeas entre quienes aceptan las reglas del juego democrático y quienes están dispuestos a reconfigurarlas.
En este contexto, la campaña electoral se ha articulado en torno a cuatro grandes ejes, economía, migración, guerra y soberanismo, que funcionan tanto como temas de política pública como marcos de movilización electoral.
En el plano económico, el gobierno de Viktor Orbán ha centrado su discurso en la estabilidad y la protección frente a un entorno internacional incierto. La inflación, el impacto de la guerra en Ucrania y las tensiones energéticas han sido utilizadas para reforzar la idea de un Estado que actúa como escudo frente a las crisis globales. Frente a ello, TISZA, liderado por Péter Magyar, ha evitado entrar en una discusión técnica sobre modelos económicos y ha situado el foco en la calidad del sistema, cómo se distribuyen los recursos, quién se beneficia de las políticas públicas y hasta qué punto las instituciones funcionan de manera transparente. La economía, así, se convierte en un terreno donde se confrontan no tanto recetas, sino diagnósticos sobre el funcionamiento del poder.
La migración sigue ocupando un lugar central en el discurso de FIDESZ. La narrativa securitaria, construida durante años, continúa apelando a la defensa de la identidad nacional y al control de las fronteras como elementos definitorios del proyecto político. TISZA, consciente del arraigo de este marco, ha optado por una estrategia de bajo perfil: introduce matices, evita los extremos retóricos y apunta hacia una gestión más pragmática, pero sin desactivar completamente el discurso dominante.
El tercer eje, la guerra en Ucrania, sitúa a Hungría en una posición singular dentro de la Unión Europea. Orbán ha mantenido una línea que combina la retórica de la paz con una clara resistencia a implicarse plenamente en las estrategias comunitarias de apoyo a Kiev. Esta ambivalencia, criticada por Bruselas, ha sido presentada internamente como una defensa de los intereses nacionales. TISZA, por su parte, intenta proyectar una imagen más alineada con sus socios europeos, aunque sin romper con una parte muy sustantiva de la opinión pública húngara.
El soberanismo, finalmente, actúa como el hilo conductor del discurso de FIDESZ. La idea de una Hungría que decide por sí misma frente a las presiones externas sigue siendo uno de los principales motores de movilización. TISZA no rompe ni rechaza el principio de soberanía, lo que hace, de manera inteligente, es redefinirlo, vinculándolo a la calidad institucional y a la capacidad del Estado para rendir cuentas.
En este escenario, la figura de Péter Magyar resulta clave para entender el momento político actual. Su ascenso en las encuestas no puede explicarse únicamente por el desgaste del gobierno, sino también por una estrategia cuidadosamente diseñada. Lejos de situarse como un opositor clásico, Magyar ha optado por disputar el terreno político de FIDESZ desde dentro. Su conocimiento del sistema, del que formó parte, le ha permitido identificar sus puntos débiles y, sobre todo, evitar las trampas discursivas que han lastrado a la oposición tradicional.
Su estrategia ha consistido en desplazar el eje del debate desde la confrontación ideológica a la cuestión de la integridad institucional. En lugar de plantear una alternativa radical, ha construido un discurso que interpela directamente a votantes conservadores desencantados, poniendo el acento en la corrupción, la opacidad y el uso patrimonial del Estado. Este enfoque le ha permitido ampliar su base electoral y aparecer como una opción creíble de cambio sin romper completamente con los marcos identitarios dominantes.
Ahora bien, la posibilidad de que ese impulso se traduzca en una victoria electoral está condicionada por el propio diseño del sistema. El Parlamento húngaro cuenta con 199 escaños, de los cuales 106 se eligen en distritos uninominales mediante mayoría simple, mientras que los 93 restantes se distribuyen en una circunscripción nacional proporcional. Este sistema mixto otorga un peso decisivo a los distritos, donde pequeñas diferencias pueden inclinar el resultado final. La configuración de esos distritos ha sido objeto de críticas por favorecer al partido gobernante, en lo que se ha señalado como un caso claro de gerrymandering. A ello se suma el acceso desigual a los recursos mediáticos y administrativos, lo que configura una competición profundamente asimétrica. En este contexto, las encuestas deben interpretarse con cautela, ya que una ventaja en voto popular no garantiza una mayoría parlamentaria. El resultado, de hecho, puede decidirse por márgenes mínimos en circunscripciones clave. En un sistema donde el partido ganador obtiene una ventaja adicional en la conversión de votos en escaños, la diferencia entre gobernar o no puede depender de un puñado de votos.
Pero incluso en el caso de una victoria de TISZA, el desafío no se agota en ganar las elecciones. Las reformas impulsadas durante los dieciséis años de gobierno de Orbán han consolidado un entramado institucional que requiere unas mayorías cualificadas para ser modificado. Sin una mayoría de dos tercios, la capacidad de revertir cambios en ámbitos clave que van desde el poder judicial hasta los organismos reguladores sería limitada.
A esta complejidad interna se suma un entorno internacional especialmente activo. Hungría se ha convertido en un espacio donde confluyen intereses de actores como Estados Unidos, Rusia e Israel, cada uno con sus propias agendas y narrativas. Esta dimensión geopolítica no solo influye en la posición internacional del país, sino que también se proyecta sobre la campaña electoral, amplificando determinados discursos y condicionando el debate público. Así, las campañas de desinformación, en este contexto, han adquirido un peso significativo. La circulación de contenidos polarizadores y la fragmentación del ecosistema mediático dificultan la formación de una opinión pública basada en información verificable, reforzando dinámicas de desconfianza y simplificación.
Así las cosas, el desenlace de estas elecciones permanece abierto, pero su significado trasciende las propias fronteras del país. Hungría se ha convertido en un laboratorio político donde se ha experimentado el tránsito desde una democracia liberal hacia formas de autoritarismo electoral. Si Orbán logra revalidar su mandato, ese modelo saldrá reforzado. Si, por el contrario, pierde el poder, se abrirá un proceso complejo en el que habrá que evaluar hasta qué punto las transformaciones realizadas son reversibles o si, por el contrario, son resilientes para continuar.
De este modo, lo que ocurra en estas elecciones no solo determinará el futuro político de Hungría, sino que ofrecerá pistas sobre la capacidad de las democracias europeas para responder a procesos de erosión interna que ya no se producen mediante rupturas abruptas, sino a través de transformaciones graduales, legales y profundamente eficaces.
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