Opinión
Un husky a cuarenta grados

Por Juan Losa
Periodista
Dicen del husky siberiano que puede dormir sobre la nieve a unos 30 grados bajo cero. Su tupido pelaje, fruto de un largo proceso evolutivo, le permite no ya sobrevivir, sino disfrutar de una vida plena en el Ártico conforme a los dictados de su propia naturaleza. Una naturaleza, por cierto, muy similar a la de sus congéneres más meridionales, consistente en defecar en la tundra, robarle el bocadillo a algún pobre esquimal y buscar pelea, entretenimiento o fornicio con otro ejemplar de idéntica –o parecida– condición.
Les cuento esto porque el pasado miércoles, camino del trabajo, me crucé con un husky en la Gran Vía de Madrid, a la altura del Stradivarius. El ambiente tórrido de la capital, sus cuarenta grados a la sombra, convertían al animal en un espejismo ártico entre escaparates y chinos con flus flus. Bastaba sostenerle la mirada para adivinar la desesperación y la fragilidad de estar vivo, como si la búsqueda de sentido hubiera dejado de ser metafísica para convertirse, a causa del calor, en una cuestión fisiológica.
El caso es que el husky me miró. O eso me pareció a mí. Y en su mirada quedé reflejado. Los dos estábamos allí por razones que no habíamos elegido. Él, a merced de un amo ajeno a lo del bienestar animal, los derechos perrunos y el sentido común. Yo, sometido a los rigores del periodismo contemporáneo, que como saben es un amo poco indulgente y malpagador, que obliga a sus siervos a perseguir una actualidad desnortada, frenética y plagada de bulardos como tu cabeza.
Ya en la redacción, pensé fuertemente en el silencio. Pero no en uno cualquiera, un silencio improductivo, como cuando nieva en la ciudad y todo se detiene. Un estado en el que no sucede nada, una actualidad sin actualidad. La maquinaria del periodismo se detiene. Y con ella, yo. Imaginé entonces una realidad en la que los jueces abandonaban el mazo, los corruptos la impunidad y Figaredo se convertía en un helado de hielo con forma de mano, con los dedos bien extendidos y la palma hacia abajo.
Luego me dijeron que había sufrido un episodio de alteración cognitiva inducida por estrés térmico. Lo supe al despertar, tras ser agredido con sospechoso ímpetu por un compañero que, con el pretexto devolverme el hálito, aprovechó la coyuntura para saldar viejas cuentas. Recobrado el sentido, mi superior me dijo que me pusiera manos a la obra que estaban sucediendo cosas y había que contárselas a la ciudadanía española. Y traté de contarlo todo como buenamente pude. Todo salvo lo del husky que me había cruzado, tan frágil y doliente, con su corazón helado.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.