Opinión
Las ideas que ahora parecen de sentido común

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
No me gusta opinar de eso que llamamos actualidad. Opiniones tengo, claro. Demasiadas, seguramente. De hecho, tengo un garito y a veces parezco camarera, así que podéis imaginar cuántas opiniones sin mucho fundamento vierto y escucho al día. Lo que no tengo son opiniones inmediatas con enjundia. Necesito que la actualidad deje de serlo un poco para poder articular algo sensato. Supongo que por eso me gustan tanto las viejas historias.
La crisis humanitaria que se está viviendo en Ceuta —seguro que sabéis de qué hablo— lo está inundando todo estos días. Leo noticias, me enveneno con la tele, me fascino con la radio, intento entender qué está pasando y, más allá de lo básico, no sé muy bien qué decir. Lo básico es bastante básico: en Ceuta hay personas viviendo en condiciones insoportables y sus derechos humanos tienen que estar garantizados con urgencia.
Pero el miércoles hubo varias movilizaciones en Bilbao y en una de ellas una mujer llevaba una pancarta que decía: "¿Y por qué a mí me multan si pongo una tienda en la playa?". Me dieron ganas de vomitar e hice lo que hacemos ahora cuando algo nos provoca ganas de potar: abrí Instagram.
Escribí dos frases para las historias: "Sinvergüenza, racista, ególatra, mezquina e inhumana. Hay que tener el corazón podrido para ver a personas acampadas en una frontera entre dos mundos y pensar: '¿Y por qué a mí me multan si pongo una tienda en la playa?'".
Lo publiqué y lo borré.
No había dejado de pensar que aquella mujer era una sinvergüenza, racista, ególatra, mezquina e inhumana en los treinta segundos que pasaron entre una cosa y la otra. Me sentí ridícula e ingenua porque enseguida entendí que esa mujer no estaba pensando realmente en acampar en las playas. De hecho, igual no ha acampado en su vida y probablemente no sepa ni montar una tienda. Yo tampoco sé, por cierto.
No estaba reclamando su derecho a acampar, ni muchísimo menos: quería ser ingeniosa y eso me dio todavía más asco. No solo es racista, sino que ha dedicado un rato de su vida a pensar cómo convertir el sufrimiento de otras personas en un chiste. Tuvo que comprar una cartulina, buscar un rotulador, pensar qué quería decir, encontrar la frase, escribirla. Igual incluso se la enseñó a alguien antes de salir de casa: "Mira qué he puesto". No lo sé. Igual me estoy inventando toda la escena, pero lo que sí sé es que para hacer ese chiste tienes que conseguir que desaparezca la gente.
En la pancarta no hay personas que duermen en una playa porque no tienen otro sitio. No hay chavales, no hay niñas, no hay miedo, no hay familias que no saben dónde están sus hijos e hijas, primos y primas, sobrinas, amigos.
El chiste pretende convertir a quien tiene muchísimo menos que tú en alguien que parece disfrutar de un privilegio que a ti te han negado. Este mecanismo tampoco es nuevo: "Les dan todo"; "Yo llevo toda la vida trabajando"; "A mí nadie me ayuda"; "Les ponen hasta hotel"; "Les dan una paga"; "Para ellos hay ayudas y para mi hijo con autismo, no". Son frases que hemos escuchado tantas veces que algunas ni siquiera consiguen parar una conversación. Se dicen mientras alguien pide otra ronda, mientras se espera el autobús, durante una comida familiar. Muchas veces quien las dice tampoco se considera racista. Eso siempre me fascina.
Llevamos años lamentando que vienen, que están volviendo, que cuidado, que determinados discursos que creíamos superados vuelven a aparecer, que la extrema derecha avanza, que no podemos dar los derechos por conquistados, que la historia puede repetirse. El miedo a que esos discursos vuelvan ya no tiene mucho sentido porque ya están aquí. Y, por supuesto, no me refiero solo a que estén en los partidos de extrema derecha. Ojalá fuera tan fácil. Ojalá bastara con mirar los resultados electorales, localizar una sigla, señalar a sus votantes y quedarnos tranquilas pensando que sabemos dónde está el problema. Están mucho más cerca.
Están en mi entorno. Y, antes de juzgarme, analiza el tuyo. En bromas que antes quizá provocaban un silencio incómodo y ahora consiguen una carcajada. En conversaciones en las que una decide no entrar porque está cansada. En grupos de WhatsApp. En gente que no votaría jamás a un partido de extrema derecha pero ha aceptado algunas de sus explicaciones. Incluso, supongo, estarán en cosas que digo yo y que todavía no sé reconocer.
Lo que más me preocupa es que esa maldita pancarta con aire playero no necesita ninguna explicación y es tremendo ver cómo algunas ideas han recorrido un camino larguísimo desde determinados espacios políticos hasta una cartulina escrita a rotulador y, cuando llegan ahí, ya no parecen ideología. Parecen, simplemente, sentido común.
No tengo todavía una opinión suficientemente ordenada sobre todo lo que está ocurriendo en Ceuta. Necesito que todo esto me empape. Necesito entender cosas. Necesito tiempo, pero hay una cosa para la que creo que ya he tenido tiempo suficiente: Nos pasamos años con miedo a que volvieran y, mientras mirábamos a ver por dónde venían, se sentaron a nuestro lado y empezaron a hacer chistes malos.


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