Opinión
Incendios, capitalismo y desinformación

Por Miquel Ramos
Periodista
Es agotador andar sobre la basura que van dejando algunos por el camino cada vez que hay alguna situación extrema, borrando cualquier rastro de certeza, de objetividad y de consenso. Los bulos, las cochinas mentiras y las patéticas actuaciones ante los incendios no son nuevas, sino que se han convertido en el ingrediente habitual de todo acontecimiento trágico y excepcional, donde algunos siempre encuentran una buena ocasión para sacar provecho. Lo que sea menos asumir lo que se pudo y se debería haber hecho y no se hizo. Nos hacen perder el tiempo desmontando sus bulos para que no hablemos de sus responsabilidades.
Los gestores que durante años han aplicado políticas ecocidas, han pauperizado los servicios públicos y han negado el cambio climático tratan de desviar la atención con todo tipo de patrañas que son amplificadas por todo el ecosistema mediático a su servicio y regado de dinero público. Eso, ligado a su eterna campaña de deslegitimar las instituciones cada vez que no gobiernan, ha creado un ambiente irrespirable donde todo vale. Como dijo el arquitecto de las extremas derechas Steve Bannon, hay que inundarlo todo de mierda.
No hay catástrofe, suceso o desgracia que la derecha no lea como una oportunidad. No hay límites morales, no hay responsabilidad que estén dispuestos a asumir, ninguna intención de renunciar a su poder y a sus privilegios, aunque esto cueste vidas. Lo vimos con la pandemia de la covid-19, con la DANA, con accidentes ferroviarios, con incendios anteriores y con los presentes, y lo llevamos viendo toda la vida con sus guerras. Mientras la mayoría observa impotente la destrucción, otros hacen sus cálculos de rentabilidad, fabrican sus marcos y lanzan sus consignas que luego, su ejército de seguidores repite hasta la saciedad.
Lo más desesperante es que, llegados a este punto, dato ya no mata relato. Se construyó tal burbuja, una cámara de eco tan grande, que no hay manera de que un convencido dude o empiece a pensar que está siendo engañado, por mucho que le restrieguen mil informes científicos y mil verdades por la cara. Han concentrado a una masa de creyentes capaces de cambiar el rumbo de un país, y sus hojas parroquiales, esos medios afines y bien subvencionados, son parte imprescindible de esta estafa. La derecha ha asumido que su batalla no va de propuestas sino de relato, de construir una realidad alternativa en la que todas sus miserias son culpa de los demás.
La explotación sin límites del planeta y el desmantelamiento de los servicios públicos son parte del capitalismo sin frenos que sufrimos, pero necesita justificarse y explicarse de manera que no se toque nada, que todo siga igual. Todo sistema requiere construir una serie de consensos que le permitan no solo sobrevivir, sino ser aceptado como el único o el mejor posible. Lo que llaman batalla cultural, en este caso, no es tanto un combate de ideas diferentes para mejorar nuestras vidas sino un envenenamiento progresivo del sentido común para abrazar los dogmas del neoliberalismo. Y esto pasa también hoy por difundir todo tipo de conspiranoias, y no por ignorancia, sino por pura ideología, por pura maldad. Hoy, los incendios son culpa del ‘fanatismo climático’, del ecologismo, del wokismo o de la todopoderosa e inquietante Agenda2030, estos últimos, contenedores habituales donde depositar la culpa de cualquier mal. Ya tienen su marco y lo van a repetir hasta la saciedad.
El capitalismo que rige nuestras vidas y que crea estas ciénagas de la posverdad no está dispuesto a dar ni un paso atrás. No tiene moral, no entiende de responsabilidad ni de empatía, de solidaridad ni de justicia social, entiende el planeta y la humanidad como recursos sin límites y a su servicio, dure lo que dure. Es un depredador cortoplacista capaz de exprimir hasta la última gota de sangre del planeta y de sus habitantes haciendo a unos pocos cada vez más ricos y poderosos a costa de la mayoría y de la habitabilidad de este mundo. Esa es su batalla cultural, no lo olvidemos, por mucho que jueguen constantemente a sus particulares políticas de identidad trufadas de miedos, odios y de su patético patrioterismo barato.

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