Opinión
¿Quién innova para que ellos no agredan?

Periodista
Hay delitos que dejan huellas. ADN. Lesiones. Cámaras. Testigos. Y luego están los diseñados para borrarlas. Entre ellos, la sumisión química. En España ya supera los 350 casos al año. Casi una agresión al día. En 2015 fueron 28. Hoy son veinte veces más. No es casualidad. Cuando el consentimiento dejó de poder discutirse, algunos encontraron otra solución: hacerlo desaparecer. Saben que el rastro de muchas de estas drogas se va rápido. Y que si no recuerdan, no pueden denunciar. A veces solo esperan a que beban más alcohol de la cuenta. El objetivo es el mismo: convertir la vulnerabilidad en una oportunidad.
Empiezan San Fermín, las ferias y las fiestas del verano. Y, con ellas, el mismo catálogo de supervivencia para mujeres: protégete de ser drogada con tapas para vasos, usa coleteros que se despliegan y cubren la copa, usa cañitas o tiras reactivas para detectar drogas, usa llaveros y protectores portátiles para festivales, activa la geolocalización, haz cursos de defensa personal, avisos de ‘no vuelvas sola’... Todo un mercado de seguridad y consejos para nosotras. ¿Y para ellos? ¿Hay tapas? ¿Coleteros? Es la demostración de que no tenemos la misma libertad.
¿Dónde están las innovaciones para que los hombres no droguen, no presionen y no agredan? ¿Dónde hay programas obligatorios de educación afectivo-sexual en entornos de ocio? ¿Dónde los dispositivos para que aprendan el consentimiento? ¿Y campañas directas a ellos? ¿Y formación de grupos de amigos para intervenir cuando uno de ellos cruza límites? ¿Y avisos donde les digan que emborrachar a una mujer para abusar no es ligar, que es violencia?
Esta diferencia importa. Porque cuando toda la prevención recae sobre las mujeres, también lo hace una parte de la culpa: que no estuviste atenta, que no te cuidaste demasiado, que no hiciste lo que debías hacer… En la sumisión química es devastador. Se exige a las víctimas una memoria que no pueden tener. Donde la desaparición de las pruebas es una ventaja para quien agrede.
Y el colmo es que estas iniciativas tampoco protegen en todas las circunstancias. Giselle Pelicot no es un caso excepcional. Otras mujeres, también españolas, han sido drogadas por sus propios esposos para ser violadas por terceros. Algunos venden sus cuerpos en internet. Otros suben fotografías de ellas inconscientes a foros y canales pornográficos. ¿Recuerdan aquella academia de violadores? El chat de los 32.000 italianos que compartieron fotos íntimas de sus esposas, otro de 400 españoles, otro de 66.000 portugueses, otro de 70.000 alemanes, otros de argentinos, de coreanos… Pues hay más. Hace unos días, en el Reino Unido, otros 400 hombres; pero estos dieron un paso más. Formaban una red internacional. Se han abierto catorce investigaciones paralelas. Europol anuncia que es la primera operación internacional contra las agresiones por sumisión química en comunidades misóginas online. Una operación "sin precedentes". Entre los países, también está España.
Lo grave es que no son solo los que abusan o graban a mujeres drogadas. Están también los que ven y los que callan. Mucha tapa para el vaso, mucha tecnología y mucho invento para nosotras. Pero en 2026 seguimos sin inventar lo más importante: una sociedad que deje de cargar sobre las mujeres la responsabilidad de protegerse y empiece, de una vez, a educar a algunos hombres para que no ejerzan violencia.

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