Opinión
El intelectual oportunista

Por Pablo Batalla
Periodista
Azorín fue un escritor con una obra excelsa y una vida poco edificante. Francisco Fuster la relata estupendamente en una biografía publicada el año pasado —Azorín: clásico y moderno— en la que vamos viendo los vaivenes políticos, bruscos y radicales, por los que fue pasando el literato. Anarquista en su juventud, de un año para otro se hizo conservador; un maurista que después fue, no maurista de Maura ni de Ossorio —líder del ala izquierda del movimiento—, sino de Juan de la Cierva, pope del ala derecha y uno de los ogros del movimiento obrero de la época, contra el que promovía la más dura represión. Su padrinazgo permitió a Azorín ser diputado durante varias legislaturas; un diputado discreto, que no se mataba a trabajar, que casi no dio un discurso y que solía no presentarse siquiera en la Cámara, como tampoco acostumbrará a presentarse más tarde en la RAE, en la que se partió los cuernos por entrar. También fue subsecretario de Instrucción Pública, puesto cuya poltrona ocupó con idéntica galbana. El Caballero Audaz —seudónimo del periodista José María Carretero Novillo— relataba así sus jornadas ilaborales:
«El personaje entraba en su despacho suntuoso, se sentaba ante su mesa magnífica, apoyaba un codo en el brazo del sillón y la mano en la mejilla y se estaba horas y horas absorto. A media mañana, cuando el oficial mayor entraba a traerle la firma, lo encontraba en la misma posición. El señor subsecretario no hablaba con nadie, no recibía visitas, ni dictaba ni le enviaban cartas de recomendación, ni siquiera se había ocupado de nombrar personal para su secretaría particular. […] Clavado en su sillón, la mano en la mejilla, las miradas fijas, era una esfinge, una estatua de la meditación. A la una exactamente […] tomaba su sombrero negro y su fino bastón y abandonaba su despacho».
El caso es que aquel conservador que escribía en Abc, en 1930, notando ya palpitar el futuro republicano del país (el olfato lo tenía fino), abandonó de pronto el periódico monárquico y se pasó al republicano El Sol. Y empezó a describirse como republicano federal, admirador de Pi y Margall; y ya llegada la República, a colmar de elogios a los socialistas y a los catalanistas… para luego empezar a distanciarse cuando las primeras elecciones, ya sin caciquismo, no lo hicieron diputado. Se quejaba Azorín entonces de que el nuevo régimen no contaba con los intelectuales: «La República la han hecho posible los intelectuales. Vosotros, los que ocupáis el poder, habéis sido los parteros de la República; pero permitidnos que os digamos que quienes la han engendrado hemos sido nosotros». Y en 1939, al tocar a su fin una guerra de la que ha huido el primer día, y que ha vivido en París, sabiendo que los dos bandos le podían tener ganas, lo encontramos escribiéndole a Franco para pedirle la «reintegración a la patria de la intelectualidad ausente». Retorna. Y el primer artículo que publica en Abc, al que se reincorpora en 1941, se titula «Elegía a José Antonio». Con el régimen franquista, no tendrá mayor problema hasta su muerte en 1967.
La cultura es peligrosa, decía Chirbes en una memorable entrevista: «Vivimos en una contradicción tremenda. Sin cultura eres un burro, eres un torpe, etcétera, etcétera; cualquiera puede hacer contigo lo que quiera, te engañan. Y con cultura estás a punto de ser un hijo de puta siempre, porque siempre estás a punto de venderte al poder, porque siempre estás en disposición de manejar a los que no la tienen, porque sabes los mecanismos y puedes pulsarlos o no pulsarlos y siempre estás con la tentación de pulsarlos».
El intelectual es, sí, una criatura peculiar; la suya una situación compleja, equívoca. Hace algo muy útil que sabe hacer poca gente, y que puede estar muy bien pagado: poner palabras bonitas a las cosas prosaicas, pulsar los mecanismos que hacen que el oro que caga el loro parezca oro de verdad. Pero que como modo de vida siempre es precario, porque siempre lo es el poder, su quién y su cómo. Cambian los que lo ejercen, cambia la manera de ejercerlo, cambian las palabras de moda que lo sostienen, y él, el intelectual, el maestro de las palabras, tiene que saber adaptar las alas a esas corrientes cambiantes, si quiere seguir volando; tener siempre afinado el fonendoscopio de lo que uno de ellos, Eugenio d’Ors —otro hombre que tuvo muchas chaquetas en el armario—, llamaba las «palpitaciones de los tiempos». Hoy vemos poblarse el cielo de azorines haciendo loopings. Está cambiando el viento, y hay que mover las alas: hacerse católico, decir nosequé de la izquierda y la patria, convencer a la nueva CEDA y a la nueva FET-JONS de que se olvide de los elogios que uno estuvo haciéndole al Frente Popular hasta hace media hora.
En lo literario, los dos por igual. En lo moral, más Chirbes y menos Azorín.

Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.