Opinión
Inviable "prioridad nacional", señorito Iván

Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
Es verdad que una imagen vale más que mil palabras. Diez imágenes, igual a diez mil palabras. Lo que equivaldría a una docena de artículos como éste. O a cuarto y mitad de un auto judicial.
Son las diez imágenes de las últimas apariciones de Santiago Abascal. Era la campaña electoral - Extremadura, Castilla y León y Andalucía para finalizar - y en la ronda de partidos que hace la TVE, le sacaban para que soltara su disparate. Su exabrupto. Llámalo insulto. Su vómito de rencor. Su provocación. A cuál más grave y nauseabunda según se iban acercando las elecciones.
De las diez imágenes observadas, lo que más me llama la atención de entrada, es que todos los que le rodean son hombres. Una piña de machos machos, bien prietas las filas y las chaquetas, ibéricos, de pura raza, todos cortados por el mismo patrón.
¿Y sus mujeres dónde andan? ¡En casa! ¿Dónde quieres que estén a estas horas, si todavía no hemos tenido tiempo de sacarlas? En casa, como Dios manda, cuidando de los niños y preparando la comida para que cuando vuelvan los maríos de arreglar España tomándose unas cañas, la mesa esté servida.
Una santa, la mujer, digo, esperando a su hombre, que llega siempre tarde, porque en el bar se les calienta la boca - que si encarcelar a Pedro Sánchez, que si echarlo directamente a una cuneta, que si "plomo, plomo y plomo" - y vuelan las horas sin darte cuenta. Porque en España hay mucho que arreglar. Mucho que arreglar porque todo está fatal. Normal que lleguen a las tantas. Con la comida recalentada veinte veces y los niños llorando hasta que se ganan unos buenos zapatillazos. - ¡Qué son las cuatro, Pelayo, por favor, vente ya! -. ¡Todo sea por la Patria, Jimena! Y no vuelvas a llamarme al móvil cuando estoy reunido con la gente del partido, trabajando, que me avergüenzas.
Santiago Abascal, que me recuerda, sin su inteligencia y habilidad matando ciervos, a un furtivo de mi sierra llamado Pecholobo, se adelanta medio metro del grupo. Y, le pregunten lo que le pregunten, suelta su eructo ideológico. Impertérrito y marcial, barbilla en alto, como le hubieran enseñado en la mili, de haberla hecho: ¡Wuuuuaggg! La troupe que le acompaña asiente con la cabeza. Natural, porque todos se alimentan de la misma comida pasada de caducidad.
Es un grupo homogéneo. Igual que se dedican a la política, podrían ser galgueros. Dedicarse a la caza de la liebre con galgo. Galgueros falsos, solo de pose. Con sus barbitas recortadas, sus gorras, su fachaleco, sus pulseritas, su pantalón de pana gorda y su camisa blanca de cuadros. Si no vienen de correr los galgos, fijo que vienen de montar a caballo. Oler, huelen. A sudor. Añejo, suyo o del caballo, al que llaman Caudillo, porque el pachuli que se echaron temprano no oculta los olores a rancio. O quizás se trate del sorteo de los puestos de la montería, tras rezar la Salve Montera, y estén muy cabreados porque ya - ¡con tanta paguita a los parados! - no encuentran secretarios que se carguen los bártulos para llevárselos al puesto del cortadero, por encima del collado del Mulero: los rifles, los macutos, los prismáticos y las cartucheras repletas de doradas balas 300 Winchester Magnum, las sillas, la merienda, el palo acabado en horquilla y la whiskera.
A mí, Santiago Abascal, me recuerda también al señorito Iván. Aunque a años luz de su señorío y su arte de vividor, pues uno es hijo de una marquesa y Abascal el símbolo cutre del chiringuito nacional, de la mamandurria de Esperanza, su madrina. Me recuerda al señorito Iván de Los santos inocentes. Dos obras maestras, novela y película. En la película, el papel del señorito Iván lo interpreta a la perfección Juan Diego. El papel de su vida. Porque lo borda. Juan Diego fue un actor extraordinario. Con una deslumbrante capacidad interpretativa: era comunista, un hombre íntegro, un luchador vitalicio de los "imprescindibles" del poema "Hay hombres que luchan un día y son buenos", y, sin embargo, interpreta a su antagonista, al señorito Iván, como Dios.
Según escribo, recuerdo su respuesta en una entrevista: "Llevo dentro a un fascista y a un asesino." Más quisiera Abascal tener un ápice, una gota, de la dignidad del actor Juan Diego interpretando al señorito Iván.
La actitud condescendiente de la señora marquesa - recuerden la escena repartiendo unas monedas a sus criados que agachan la cabeza - es una actitud paternalista y de falsa preocupación hacia sus sirvientes. Quiere mostrarles cariño, sí, pero no le sale, porque puede más su desdén clasista, por lo que solo le quedan las monedas, es decir, la caridad humillante y pordiosera.
Es la misma actitud que veo en estos señoros de la extrema derecha. La marquesa simboliza el inmovilismo de la época, casi feudal. La época, el medievo, a la que estos de las gorras nos quieren de nuevo llevar. Es decir, retroceder, involucionar, al no entender que, por suerte, esa etapa cavernícola la hemos conseguido superar.
Al señorito Iván, que tanto me recuerda Abascal con su fundación Disenso de trasferencias millonarias y su asesor personal ganando al mes 26.700 €, le importa todo eso un comino. Él va a lo suyo. Encarnando la soberbia y el cinismo, la crueldad y la deshumanización absoluta de sus criados. Y lo que duele, igual que veo ahora a muchos habitantes del mundo rural, es el servilismo de Paco el Bajo, el guarda, capaz de inmolarse, con su pierna tronzá, por el señorito Iván.
Los veo defendiendo a los grandes terratenientes, como si las fincas y los palacios fueran suyos, aunque subsistan gracias a la pensión que, a la mínima que nos descuidemos, los de los chalecos rebajarán a tope o suprimirán. Modelo Trump, al que les gusta alabar e imitar.
Los nuevos Pacos los Bajos, que ingresan por cualquier dolencia en el hospital público, les operan con una cirugía costosísima, y al regresar a la aldea, tras un mes, dicen: -Joéeee, que me han puesto una válvula en el corazón. Y me han dejado nuevo, atendiéndome como a un rey y sin pagar un duro. Ahorrando cuartos.
Pobre Paco el Bajo, con el modelo Vox/Trump, te hubieras ido al carajo, al cementerio, por no poder pagarlo. Lástima de Paco, que defiende a muerte a los señoritos, sin saber que todos esos servicios públicos que ahora disfruta legítimamente, se van a acabar.
Los defiendes como si fueras uno de ellos porque te has creído las mentiras que andan diciendo: que si van a prohibir la caza, que si te van a quitar las subvenciones, que si te van a subir los impuestos, que si no te van a dejar cortar leña ni descorchar ni coger níscalos. Cuando, lo que de verdad quieren, es que vuelva Paco el Bajo, que ahora será tu hijo o tu nieto, para seguir rastreando, con la nariz pegada al suelo, sus perdices alicortadas o sus ciervos.
¿Cómo no se van a marchar los jóvenes de los pueblos si la alternativa que les dais es seguir sirviendo al señorito Iván? En el siglo XXI. Cuando hay alternativas, que nunca pasan por perder la dignidad: los retenes de incendio fijos, no temporales como donde gobiernan ellos, el turismo rural con sus actividades, aquí sí los caballos, los guías de senderismo, de flora, de fauna, de berrea, de pájaros; la artesanía, los productos naturales de calidad, la posibilidad de trabajar on line con buenas conexiones, viviendo en una vivienda asequible y con servicios en igualdad de condiciones que en la ciudad.
El nuevo exabrupto lo llaman "Prioridad nacional". Cuando Paco el Bajo oye en la radio "Los españoles primero", piensa: - ¡Estos son a los que hay que votar! Luego en casa, su Régula, que es cien mil veces más lista que él, le dice: - ¿No ves que los únicos pastores que quedan en el campo son marroquíes, pues ningún español soporta ya esas condiciones de trabajo y de vida? ¿Que el único bar abierto lo lleva Nicoleta, la rumana, y como lo cierre nos quedamos sin tener donde juntarnos? ¿No te has dado cuenta de que si no fuera por los hijos de los ecuatorianos nos cerraban la escuela? ¿O que si no estuviera Antonela, la colombiana, a tus padres no los cuidaba nadie? Agradecidos deberíamos estar de que hayan venido antes de que todo esto muera. ¿Por qué no van a tener los mismos derechos que nosotros, Paco, animal? La prioridad nacional se la daba yo a ellos en los invernaderos de Almería.
Yo estuve trabajando de profesor en Suiza durante tres años. Funcionario dependiente de la embajada de España. En Lausanne, en la orilla del lago Leman, donde se reflejan las cumbres nevadas de los Alpes hasta dejarte sin respiración. Una experiencia maravillosa. Allí nació nuestro hijo Rafael, como ya conté un día. Y aunque Suiza tiene mucho que criticar, por supuesto, nosotros solo podemos estar agradecidos.
En esa época, Suiza tenía 5 millones de habitantes, de los cuales 1 millón eran inmigrantes. Es decir, un 20 %. Italianos, españoles, yugoslavos, portugueses, chilenos, argentinos, tunecinos. En España, según el INE, en el año 2025 los extranjeros suponían el 14%.
En nuestra estancia en Suiza, jamás tuvimos, ni mi familia ni las de otros extranjeros que conocíamos, un trato discriminatorio por razón de origen. Todas y todos recibíamos los mismos servicios, en igualdad, y no hacerlo suponía un delito. La máxima era: A los mismos deberes, los mismos derechos. Un pilar básico de la justicia social, la ciudadanía y la dignidad humana.
Si hubiéramos escuchado entonces: "Los suizos primero", nos hubiéramos echado las manos a la cabeza. Vivíamos en Suiza y no en el apartheid de Johannesburgo, con un tipo 28 años encarcelado, llamado Mandela.
La otra tarde, al cruzar a la carrera un paso de cebra abarrotado de gente, un joven negro, cargado con una enorme mochila, tropezó con un adoquín y cayó de bruces a la acera. Se dio un buen golpe en la cara y empezó a sangrar por la nariz y por una brecha en la ceja. Un grupo de personas, al verlo caer y quedar allí tirado, conmocionado, acudió de inmediato en su ayuda: una señora le puso un pañuelo en la nariz, otra le colocaba el extremo de la mochila como almohada, un señor que dijo ser médico, le levantó las piernas, le tomaba el pulso y le miraba el fondo del ojo, una chica le abría una botella de agua. Un espectáculo de bondad y solidaridad. Ejemplar. De empatía y orgullo nacional. De “prioridad” vital. Nadie preguntó de dónde era. Si era español o extranjero. Si tenía los papeles en regla. Igual que nadie dudó que había que llevarle urgentemente a un hospital, para ser atendido como un ser humano cualquiera. Un abuelo, un héroe anónimo, levantó el brazo y paró un taxi exhibiendo un billete de veinte euros. Los más jóvenes le ayudaron a incorporarse y el propio médico se montó en el taxi con él, diciendo: - ¡Al hospital más cercano, rápido!
Blanco o negro, nacional o extranjero, cristiano, musulmán o ateo. Para la gente buena, de corazón noble, humana, no importa. Es lo que nos enseñaron nuestros padres y madres. A ser generosos, civilizados, solidarios, sobre todo con los más débiles y necesitados.
Todo lo contrario a los de la gorra. Que han envenenado España y se les escapa la deshumanización y la vileza por la boca. La bilis, de sus vísceras. Personas buenas, que son la mayoría de este país, que no atienden a la llamada al odio de esos impresentables con su cántico de "prioridad nacional". ¡Ay, milana bonita, si el Azarías levantara la cabeza!

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